CUENTO
Señoras
entretenidas
Está en un rincón oscuro, adormilada.
Frente a ella, hacia el fondo, ve gente moviéndose entre luces que salpican
como manchas repentinas de color. La música, fuerte y movida, le parece reconocible y sin embargo, antipática. Saralía, con los ojos entrecerrados, duda si
está soñando o despertando. Ahora distingue el escenario, los músicos con sus
trajes tropicales, las mujeres
enfundadas en sedas brillosas. Se pregunta cuánto hace que se quedó
dormida. Mira las copas vacías sobre la mesa en la que eran ¿cinco? Cinco o
cuatro mujeres, el resto fue distribuido en otras mesas. Les sirvieron unos
platitos de comida fría, y vino blanco. Le llenaron varias veces su copa. Después cree
recordar que hubo un brindis. Tal vez fuera ¿champagne?, o algún espumante. Y los
músicos que tocaban boleros mientras las compañeras de mesa coreaban con
entusiasmo. Una pena. Ella hubiera querido escuchar sólo la voz del cantante,
especialmente cuando cantó Sombras nada
más y Bésame mucho. Una voz suave
y untosa, pero las otras se lo estropearon. Había vuelto a sus dieciséis años, cuando
bailó por primera vez con su novio, besándose y besándose como invitaba Cuco
Sánchez desde el long play. Y allí debió haberse quedado, entre sueños, acariciando
esos momentos dulces que la aislaban de la incomodidad presente.
Debe
hacer rato que está sola. El llamado del
baile atrajo a todas. ¿Cuánto faltará
para el regreso? Está aturdida por el volumen de la música y el estallido de
luces.
Arrinconada,
Saralía se pregunta qué la ha llevado hasta allí. ¿Qué necesidad?, se reprocha.
A ella, que hace como diez años no sale casi a ningún lado, y menos de noche. Si
tuviera que precisar la última vez que estuvo fuera de su casa después de la
medianoche, diría que fue el casamiento de su nieta Albertina, unos seis años
atrás. Cuando Albertina se casó ella tenía 66 años, de eso está segura. Ya
entonces, un esfuerzo enorme esperar que
los recién casados se sacaran las fotos con las abuelas, para poder retirarse.
Un suplicio el volumen de los parlantes. No pudo cruzar dos palabras con nadie
sin gritarse. Ni imaginar un diálogo. En cuanto terminó la sesión de fotos, se
escurrió hacia el estacionamiento, arrancó su auto y se volvió a casa, cobijada
por el silencio de una noche plagada de estrellas. Recuerda que detuvo el auto
al costado del camino, solitario a esa hora, y se bajó a respirar el aire
fresco y gozar la quietud del campo a oscuras. Qué remanso de paz después del
bullicio y la confusión. Se había quedado un rato recostada contra la puerta del Twingo,
contemplando la ubicación de la Cruz del Sur, oyendo el canto de los grillos y el
chistido ocasional de las lechuzas. Uno de esos instantes de plenitud que le
regalaba la vida, y que ella aprovechaba llenándose de una dicha no empañada por la nostalgia ni la soledad,
se solazaba aquella noche. Integrada a lo cósmico sin identidad, como una
hierba entre tantas, mecida por el susurro de la brisa, recuerda ahora no sin sarcasmo. Y de pronto - revive el instante- las luces de un auto que venía de frente, que
a pocos metros rebajaba la velocidad, daba la vuelta en “u” y se acercaba, no
sabía ella con ánimo de qué. Pero era intimidante. Cuando el auto estuvo muy
cerca, ya maniobrando para estacionar en la banquina, Saralía recuerda que se
apresuró a subir al Twingo y huir a
gran velocidad. Durante varios kilómetros, por un asfalto desparejo y poceado
de a trechos, mantuvo el acelerador casi
a fondo, y controló la marcha del otro, siempre detrás aunque un poco distante,
hasta que en una curva lo perdió de vista. El temblor hasta que llegó a la
primera rotonda y vio que ya nadie la seguía, la autopromesa de no conducir sola
de noche por caminos solitarios y de no exponerse a situaciones de riesgo, la
suposición de un intento de asalto, o secuestro, o quién sabe qué, hicieron trizas su experiencia de comunión metafísica.
Se sentía vulnerable, un poco estúpida y algo ñoña, cuando ya en casa se servía el vaso de whisky que le templaría
el ánimo.
Sus hijos nunca se enteraron de ese susto, y
Saralía justificó la venta del auto, poco tiempo después, amparándose en que
necesitaba ese dinero para completar la compra de un departamento en el centro
de la ciudad. De ambas cosas tendría tiempo para arrepentirse. La falta del
auto le quitó independencia y la mudanza de la zona semirrural a la ciudad, la
privó del contacto con la naturaleza a que estaba acostumbrada, y la obligó a
las incomodidades de la vecindad. En su edificio, vivían otras mujeres viudas
como ella o divorciadas, y si bien “eran una compañía y un apoyo en las
necesidades de la vejez” según su hija mayor, la atosigaban a veces con
invitaciones y visitas repentinas. Una
de ellas, Concepción Uriarte, se aparecía cada dos o tres tardes con propuestas
de entretenimiento de lo más diversas. Saralía aceptaba acompañarla a veces al
cine, muy de vez en cuando al teatro y jamás a las sesiones de bingo a las que
Concepción asistía con regularidad, siempre desconcertada por la buena suerte
ajena y la mala propia. Concepción era
algo infantil, a pesar de sus casi 80 años, y no distinguía gustos, juzgaba
Saralía. Asistía a cursos de todo tipo y nivel y volvía con entusiasmos fugaces
que se disipaban a la primera exigencia. Hacía poco se había incorporado a un
curso de comedia musical en un instituto cercano y le insistía a Saralía en las
virtudes de un bailarín joven y su mujer,
volcados desde lo clásico académico hacia formas más populares, repetía,
aleccionada por el discurso ajeno. El
instituto -inaugurado hacía poco en una casa antigua y tradicional de la ciudad,
con sus herrajes y carpintería a nuevo, las paredes blanqueadas del verdín de
años de abandono-, quedaba a unos pasos
del edificio donde vivían. Concepción arrastró a otras señoras a inscribirse y
participar. Hasta llegó a convencer a Mireya Barrios, del 4to.piso, una
divorciada taciturna y gris en sus cuarenta y pico. Cuando Saralía encontró a
su vecina del 4to una tarde en el ascensor, le costó reconocerla. Iba a la clase
con aros y colgantes haciendo juego, vestida a lo gitana, y la apabulló con una
euforia y excitación propias de una chiquilina desbordada de entusiasmo por el revuelo de gente nueva que los cursos traían
al barrio, antes tan aburrido. Saralía asentía, sorprendida de la súbita
transformación, aunque dándose cuenta de que la mujer estaba de cacería, tan
descaradamente como su largo encierro y forzada abstinencia se lo permitían La
vio marcharse, alborotada y sonriente al encuentro de Concepción, a quien, -imaginaba
Saralía-, dispensarían en el lugar el trato protector que se les suele dar a
las personas mayores antojadizas. Una especie de paciencia refinada. Un
préstamo de simpatía a corto plazo. Así lo notó el día que Concepción le
propuso encontrarse en el café del instituto. La excusa era admirar el fabuloso
vitraux del salón destinado a bar. Restaurado
y en todo su esplendor, el enorme vitral ostentaba el rebuscado diseño de pavos
reales y faisanes que convivían en un
paseo entre la fronda. La luz que filtraba,
enriquecida con este colorido, resultaba en un juego de pinceladas repentinas y cambiantes. Estaban sentadas en una de las mesas, cuando se acercaron
unas muchachas al mostrador y una de ellas hizo grandes aspavientos al saludar a
Concepción. La besuqueó, la trató de “gorda divina”, le prometió presentarle un
novio para llevarla a bailar, y la conminó a no faltar a ninguna de las clases,
que, sin ella, serían “un plomazo”, sentenció la chica. Concepción se relamía
con los elogios y halagada por esas fiestas, salió pavoneándose como una de las
aves del vitraux.
Pero eso había sucedido unos meses antes y
Saralía lamentaba que aquella ingenua
alegría de Concepción se tuviera que extinguir. Y ése era el motivo de esta salida. El porqué de
que ahora estuviera incómoda, con sueño y desganada, en medio de la algarabía
ajena. Se habían propuesto darle un
momento de solaz a Concepción antes de la dura prueba que enfrentaría en las
próximas semanas. Entre varias se habían reunido, al conocer la noticia, y habían
decidido hacer esta salida, sin decirle a Concepción los motivos, ya que no
parecía estar enterada o al menos no demostraba saberlo. Irene Saracedo, del 3º,
una de las pocas que conservaba marido - aunque el hombre sufría una suerte de
neurastenia crónica que le hacía intolerable el trato con los demás, y vivía
encerrado y en silencio-, tomaba la calle por su cuenta con cualquier excusa. Era
una morena menuda y rellenita, de unos 55 años, llena de energía y ganas de
divertirse. Fue ella quien compró con dos semanas de anticipación, quince
entradas para “El bailongo de los Tanos”,
un espectáculo con reminiscencias de las décadas del 50 a los 70. Muy
promocionado en la televisión y la radio, con un público que colmaba el teatro en cada
función, prometía ser el espectáculo ideal para esa suerte de despedida a
Concepción.
Saralía
no supo negarse. Su nieto mayor, Santiago, que hacía la sección judiciales en
el diario local, le había adelantado unas semanas antes la mala noticia: el
hijo único de Concepción, un comisario
retirado, sería llevado a juicio oral por el asesinato de dos adolescentes
cometido durante su gestión en la unidad a su cargo. El fiscal prometía pruebas
contundentes del hecho, y agravantes de malos tratos y torturas en casos
previos. Otros dos policías de rango menor estaban implicados, pero el peso de
la condena mayor caería sobre el principal responsable, el comisario Evaristo
Delfidio Uriarte. La prensa venía dando la información en dosis muy reducidas, lo
que explicaba la actitud de prescindencia de Concepción, aunque cabía pensar
que fingiera, o que estuviera esperando un milagro. Sin embargo, la inminencia
del juicio en los tribunales provinciales, ya estaba atrayendo a medios de
diversos puntos del país, y sería inocultable. Ninguna de las amigas del grupo de vecinas, se animaba a
planteárselo directamente a Concepción si ella no lo mencionaba. A Saralía la
noticia traída por su nieto la conmocionó de tal modo que por varios días prefirió
evitar a la pobre mujer.
Y así llegó la noche de la salida, el 15 de
septiembre. Durante el trayecto de la ciudad a Buenos Aires, a Saralía le pareció que ya se les había
olvidado, a las demás, cuál era el origen de la salida. Se sintió aislada y supo
que no estaba bien lo que había aceptado. Había accedido, presionada por la cortesía,
a una farsa, se cuestionaba mirando por la ventanilla hacia el campo llano por
donde corría la autopista. Poco era lo que conocía de Concepción. Que era viuda
desde hacía veinte años, que había llegado a vivir a la ciudad cuando su hijo
se incorporó como cadete a la Escuela de Policía, y que se llevaba bien con él,
pero no con la segunda mujer. La pareja vivía en una chacra en Brandsen, adonde
Concepción iba algunos fines de semana, si es que el hijo venía a buscarla, lo
cual no ocurría con mucha frecuencia. Los dos nietos, hijos del primer
matrimonio del comisario, poco se veían con la abuela, por sus muchas
ocupaciones, aunque “eran muy cariñosos”, aseguraba Concepción. Le había contado estas cosas en los primeros
encuentros como vecinas, y si bien se habían hecho amigas no eran muchas las
confidencias personales que intercambiaban. A esa altura de la vida, lo que se
calla es lo más confortable para estar acompañada, pensaba Saralía. Una estética
del comportamiento: no dejar al aire las heridas abiertas, ni las duras
cicatrices, no con cualquiera, ni en cualquier momento.
En el salón de luces tintileantes pasan
ofreciendo café y helados. Saralía acepta el café. Otro para mí, oye que piden
desde la mesa de enfrente. Es un hombre que parece haber estado observándola. ¿Me
habrá visto durmiendo, bamboleando la cabeza? ¿Habré babeado? –se pregunta
incómoda, pasándose la mano por la barbilla.
-
¿Me puedo sentar acá un
momento?
-
Claro, sí. Sí, cómo no –tomada de sorpresa, da su respuesta automatizada.
-
Me pareció verla …
aburrida, por eso me tomé el atrevimiento … pero si le incomoda me voy ya
mismo.
Saralía
hace un gesto vago que el hombre interpreta como un asentimiento. Es un
individuo de unos cincuenta o sesenta años, con algo anticuado entre el corte
del traje y el ancho de la corbata. Saralía infiere que en la poca luz, el
hombre debe haberla creído más joven.
-
A mí me trajeron mis
hermanas, tengo dos, un poquito mayores que yo. Piensan que me hace falta
distraerme, salir. Están allá ¿las ve? Bailando
con los músicos. Son esas señoras de azul, qué cosa, se vistieron casi iguales.
Muy guapas … sí, muy guapas. Mis hermanas son así, desprejuiciadas. No les
importan los años. Les gusta mucho la farra, el baile, todo esto para ellas es
… es fantástico.
-
Pero para usted no, ¿no
es cierto? –pregunta Saralía mirándolo a los ojos.
-
Bueno, hasta hace poco
para mí también. Lo que sucede es que … Bueno, mire, le voy a contar -el hombre
se resuelve de pronto, aproximando la silla-. Mi mujer, cuarenta años de
casados, bueno, 37, es casi lo mismo ¿no?, me dejó, así como le digo. Me de-jó.
Se fue de la casa hace tres meses, ¡tres meses ya!, con … bueno, eso no está probado, pero estamos
casi seguros, con el amigo de mi hijo, un muchacho de 28, creo, ni sé. Ni sé,
mire, si llega a los 28. Ella se fue, ¿se da cuenta? Ahora lo puedo contar, al
principio no podía ni hablar. Un matrimonio consolidado ¿me entiende? Todo
estaba bien entre nosotros, bah, como puede estar en una pareja de tantos años,
pero de todas maneras, con hijos ya grandecitos, profesionales. Mis dos hijos
son profesionales ¿vio? El varón,
veterinario; la nena, contadora. Los mandamos a la universidad y después
se quedaron a vivir nomás en La Plata. Nosotros somos de San Vicente, cerquita
¿conoce? Ah, conoce. Donde iba a descansar Perón ahí, sí. Una quinta grande,
linda. Bien cuidada la tienen. Como un museo es ahora. Por eso se conoce la
localidad, si no ni aparecía en los diarios, ¡imagínese!
Saralía
asiente. Se limita a levantar las cejas o a redondear los labios.
-
Bueno, como le contaba, me encontré de pronto
solo, con una carta que todavía no entiendo. Ella, Evelia, mi mujer, Eve le
decía yo, me decía que se iba, que dejaba todo. Mire, ¡de agarrarse la cabeza! ¡De
dársela contra las paredes, que fue lo que hice los primeros días! Pam, pam,
pam, me golpeaba hasta quedar idiota. Jubilado, como estoy, ¿qué otra cosa me
quedaba por hacer? Jubilado del Banco Nación ¿sabe? Sí, 40 años de servicio- se
admiraba al decirlo-. Bueh. Mis hermanas se enteraron y Severina, la mayor, que
es viuda, se vino a acompañarme y a
tratar de sacarme del pozo, porque yo no sabía dónde estaba ni quién era, ni
nada. Terrible. ¡Una mufa, una depre, como le dicen, terrible! Eeh ... Severina
se instaló en casa y con Serapia, mi
otra hermana -¿le parece raro?- Sí, mis padres buscaban nombre originales, para
destacarnos, ¿sabe?, para compensar el apellido muy repetido. Porque tanto mi
madre como mi padre son, bueno, eran, García. Nada que ver entre ellos, ni
primos, nada. Una buena política, ya lo creo. Preferían la “S” para las
mujeres. Para los varones la “A”. ¡Vaya a saber por qué! Argimiro, Astromerio, Aulitino. Bueno, en
fin. Por dónde iba, ¡Ah! Con Serapita, le decía, vinieron las dos a poner orden
y a darme ánimos. Pero es difícil, qué quiere que le diga. Todavía me parece
mentira.
-
¿El suyo? El nombre,
digo.
-
Ah, disculpe, no me
presenté. Aulitino. Soy el menor. Aulitino Onofre García. Con el segundo eran
más liberales.
-
Ah, Aulitino. Qué bien
–elogia Saralía, como en un consuelo
pueril.
-
Sí, un nombre …
especial, raro, pero qué sé yo, uno se acostumbra ¿no? Este … no sé qué le
estaba diciendo. Ah, sí, mis hermanas. Ellas hacen lo posible, me llevan a
comprar ropa, a conocer restaurants, a viajecitos de jubilados, pero qué quiere
que le diga, yo …. todavía estoy como en
el aire, a veces-. El hombre se masajea las sienes y la frente. - Pero cuénteme de usted. Qué barbaridad, hasta
ahora estoy hablando yo solo. Disculpe, eh, disculpe. Me embalo con lo mío. La
escucho.
Se acomoda en la silla, solícito, tratando de
recomponerse del torrente confidencial que acaba de atravesar.
Pasan
unos minutos. Saralía está concentrada, mirando el borde del mantel. De pronto,
levanta de a poco la cabeza, y extendiendo las manos:
-
Bien. A ver, por dónde puedo
empezar, sin asustarlo.
-
Nooo. Si a mí ya nada
me asusta. Diga nomás. Tranquila.
-
Yo soy viuda. Madre de
un único hijo. Ese único hijo está condenado por asesinato. Dos crímenes. En
pocos días más vendrá la sentencia final y será llevado a la cárcel de por
vida. Si, sí, perpetua. Es lo que le corresponde. Yo, que soy su madre, también
lo condeno -afirma, neutral y seca.
El
hombre está mudo. Ella no levanta la vista.
-
Mis amigas -continúa-,
ese grupo que usted habrá visto en la mesa, me han traído hoy acá para despedirme
de la vida tranquila, sin vergüenzas, que había vivido hasta ahora. ¿Comprende?
Quieren entretenerme. Así que … bueno, eso es para empezar, como le decía-. No
lo mira hasta llegar a la última frase. Entonces ve la intensa palidez del hombre.
Lo ve esforzándose por tragar saliva, decir algo. Ella aparta la mirada, y la
dirige hacia adelante, allá, en el escenario, donde está Concepción con pasos desacompasados pero alegre, tratando de
ponerse a tono con el ritmo del chá chá chá del “Orangután y la orangutana”.
Aulitino
García barbotea unas disculpas inconclusas, se le fruncen los labios y empieza
a retirar de a poco la silla.
-
Gracias igual por su
compañía –le tiende la mano Saralía-. La de él está sudorosa y blanda.
- Voy
a buscar algo fresco para tomar. ¿Le traigo a usted? –alcanza a articular.
-
Ya vienen mis amigas.
Nos vamos pronto. Le agradezco- contesta en una sonrisa soñolienta.
Al
poco rato, las luces se encienden. El grupo vuelve a juntarse y buscar abrigos
y carteras. Salen al fresco de la noche, a esperar el transporte que vendrá a
llevarlas.
Saralía,
respirando hondo, se acomoda en el asiento de la combi, los ojos muy abiertos.
Las otras se duermen antes de la mitad del trayecto. Ella mira el campo
iluminado por la luna, y piensa qué cosa simple y liberadora es la ficción.
II
El juicio oral al comisario Uriarte comenzó
dos meses después de lo previsto. Los diarios y los canales de televisión lo
difundieron puntualmente. Condena perpetua. Pero Concepción no llegó a
enterarse. Pocos días después de la despedida de sus amigas se desplomó
mientras bailaba salsa. Evaristo Delfidio asistió escoltado por guardias de
seguridad, al momento en que bajaban el cajón en el cementerio. Su mujer no lo
acompañó. Alguien comentó que ella lo
había abandonado antes del juicio, siguiendo a un amante más joven. - Era
previsible – dijo Saralía, sin explicar por qué.

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