martes, 18 de septiembre de 2012

Homenaje a una pasión





                                                                                     Villa Elisa, 14 de septiembre de 2012
Para El Día, de La Plata.

Hace pocos días recibimos la noticia del fallecimiento de la Prof. Carmen Victoria Verde Castro. En el plural asumo (en forma inconsulta pero seguramente consentida), la voz de los que fuimos sus alumnos en las aulas de la Facultad de Humanidades y del Instituto de Filología y Estudios clásicos, cuando este último funcionaba en una antigua y hermosa casona de la avenida 44. Entre la segunda mitad de la década del 60 y los primeros años de la del setenta, quienes  compartimos las  clases de Lengua y Cultura Griega en 3er. y 4to. año del Profesorado en Letras impartidas por Carmen Verde Castro,  tenemos un sello común: un amor incondicional por los trágicos griegos, por Homero y sus versos eternos, por la hazaña de Schliemann que se propuso descubrir Troya, por la cultura helénica toda, en fin. Claro que este amor había comenzado antes, cuando en primer año, el bondadoso Dr. Thiele, nos enseñaba, con infinita paciencia y simpatía, a declinar sustantivos y conjugar verbos, o cuando en segundo año, el inolvidable Atilio Gamerro nos seducía con sus traducciones y nos alivianaba las dificultades de la sintaxis griega, además de trasladarnos al paisaje de la Acrópolis y de los teatros cavados en las montañas donde se escucharían las voces de aquellos “versos escandidos”. Y ya con los conocimientos gramáticos consolidados, después de muchas horas de estudio, venían los cursos avanzados con Carmen Verde Castro. Ahí  llegaba el tiempo del desafío: traducir e interpretar no ya fragmentos, sino obras enteras. Se nos abrió el mundo de las estrategias políticas y militares, de los riesgos que plantea el despotismo, con Tucídides. Se hizo fuerte en nosotros el concepto de democracia y equilibrio en el poder, con el discurso de Pericles. Y  ya en cuarto año,  llegar a entender desde todos los ángulos posibles de interpretación, qué implicaba el concepto de tragedia en Esquilo, qué dimensión tenía para Sófocles el libre albedrío ante la decisión de los dioses, por qué Eurípides lograba mayor profundidad en la psicología de los personajes.  Cada clase de la profesora Verde Castro era un deslumbramiento: poseía una erudición inmensa sobre el mundo griego conjugada con una pasión tal, que provocaba en quienes la oíamos, enorme  admiración y respeto. Muchas veces, debo confesarlo, al volver a mi casa después de una de esas clases, me abrumaba el contraste con aquellas esferas de conocimiento que había estado vislumbrando, y las necesidades de un hogar con niñas pequeñas, pañales, llantos , mamaderas y horarios de comidas. El mundo se desbarrancaba un poco después de venir de griego IV. Otras compañeras, libres de estos menesteres, se hicieron sus discípulas. Pero era sumamente exigente: la misma exigencia que había tenido para con ella misma, la misma pasión que se volcó en exclusividad, a los estudios clásicos y que hicieron de ella una mujer solitaria y misteriosa.
Porque aquella profesora que abría sucesivas pantallas de luz hacia el mundo sabio y profundo de los griegos, era sin embargo, una persona de increíble modestia y hasta timidez. En Harvard u Oxford podría haber dado cátedra y recibido distinciones, dado el elevado nivel de sus conocimientos. Pero nunca quiso mayor trascendencia que sus clases en nuestra Universidad.
Mis amigas, enteradas por mí de la noticia, coinciden en la admiración y en la pena: valga este tributo a la memoria de quien, como muchos profesores y científicos platenses de nuestra Universidad, se brindan con tal dedicación y humildad que, en la grandeza de esa entrega pasan sin embargo, desapercibidos y olvidados. Dejamos por tanto, testimonio de nuestra gratitud y reconocimiento a la querida Carmen Verde Castro, “con quien tanto quisimos”, como dijo el poeta.

María Elena Aramburú

Los leños

                                                                            





                            Allá, al fondo del jardín,                            Arrinconados y en desorden
Se hermanan, en su espera
Los leños del invierno.
Los días y los soles
Que en ellos se detienen,
Van alivianando su peso,
Secando la médula y las venas
Haciéndolos cada vez más austeros
Más secos para el fuego.

Unos blanquean, otros enrojecen,
Y otros tiñen su verdor de manchones grisáceos
Como los que asoman
En rostros enfermos de amargura.

Los de cedro embriagan el aire
Con su resina aromática:
Un olor que es como un abrazo de recuerdos.

Otros liberan cortezas
Que inscriben en su anverso
Las cifras y las señas
De un libro inescrutable.

Testigos mudos
del tiempo, de los cielos
 y de honduras secretas de la tierra,
esperan, los leños esperan
el ardor, la luz
y luego la ceniza.