Vicuñas en la alta noche
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Les cuento. Anoche, serían
las tres, pasó delante de mí un rebaño de vicuñas, mansas y suaves. Algunas me
miraban con esos ojos de caramelo, muy tímidas; en seguida volcaban las
pestañas y seguían avanzando, livianas y silenciosas, el largo cuello como
apuntalando el aire. Fue tan hermoso – dijo mamá medio en éxtasis.
Virginia siguió mordisqueando su tostada con manteca y
miel. La miel se derramaba por los bordes y le exigía la atención de la punta
de la lengua, tarea en la que se concentraba prolija y despaciosamente. Yo
estaba buscando en el diario las noticias que me interesaban y desplegué la
tercer hoja. Las internacionales apenas las miré. En esos días todo era falso.
Mamá se sirvió otro poco de café. Alcancé a ver la mirada soñadora, siempre
algo triste, que atravesaba el ventanal hacia el jardincito de atrás. Era una
mañana gris y opaca.
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¡Y no florece el crespón de
China! – exclamó al fin, decepcionada, antes de lle-
varse las tazas. Virginia untó su última tostada. Al
acabarla se desperezó con tal amplitud que rasgó la tela del camisón.
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Tendré que aumentar de talle-
dijo entre risueña y sorprendida, mirando sus pe-
chos saltando al aire.
El paro de los profesores se prolongaría varias
semanas más, anunciaban los gremios; de modo que tampoco ese mes habría
exámenes, pensé dudando entre alegrarme o protestar. Miré la cartelera de los
cines.
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Me voy, chicas. La comida
está en el horno. Si salen lleven llave. Voy a estar
ocupada hasta tarde – nos rozó la frente con los
labios y salió. Llevaba puesto un vestido de tres veranos sin importarle nada.
La envidié un poco. Además, le quedaba lindo.
Al llegar a la cocina vi el cartel pegado en la puerta
del horno: “ternera fragante al laurel del bosque”. No era más que un pedazo de
carne con dos hojitas de laurel en cada extremo, dentro de una asadera con
cachaduras. ¡Qué gusto por las palabras! Cuando éramos chicas a veces resultaba
divertido, además de combatir nuestra crónica inapetencia. Pero ahora … mamá
parecía no darse cuenta que habíamos crecido.
Virginia gritó desde el baño. Se estaba acabando el
agua y tenía la cabeza envuelta en una enorme cofia de espuma. Fui a encender
el bombeador: no arrancaba. Un hombre en la casa, un hombre, eso es lo que hace
falta. Virginia maldijo a la creación entera en los peores términos, mientras
se enjuagaba el pelo en el hilo de agua que salía de una canilla del jardín.
“Qué hace la vieja que no llama de una buena vez a un electricista. Decime qué
hace”, me gritaba cabeza abajo al sacudirse la espuma que le burbujeaba en la
nuca.
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Trabaja –la tranquilicé-.
Reparto de golosinas y afines. Es original, ya ves, y más poético que vender
salchichones o quesos, no me digas.
Discutimos un rato por lo del electricista. Ella
quería que me encargara yo, con la excusa de que soy mayor y aparento
autoridad. Pero entre dieciocho y veinte años no hay mayor diferencia, le dije.
Aparte, ella no tenía nada que hacer y yo sí. ¿Qué? Averiguar de una vez por
todas de dónde salía el olor que había en la casa.
El viernes mamá volvió a hablar de las vicuñas. Le
resultaba difícil, dijo, precisar el número de animales que integraban la
manada. Aunque lentas en su marcha, se confundían en la penumbra del cuarto que
alcanzaba a reflejarlas delante del espejo del que pasaban, hociqueando y tan
coquetas, contaba arrobada. Lo que sí creía, dijo, era por el momento
identificar a dos. Mientras el rebaño avanzaba ondulante, siempre había dos
cabezas que giraban hacia la cama, y cuatro enormes ojos acaramelados se
posaban entonces en los de ella, muy dulces.
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Parece que me sonríen –
agregó en el desayuno del domingo.
Semana tras semana de ese final del verano mamá fue
variando, con mínimos detalles, la descripción del paso etéreo de las vicuñas
en la madrugada. Se fue afirmando en la certeza de que dos eran reconocibles y
simpatizaban con ella. Tal vez algún día se le acercaran, tenía la esperanza.

En esos días Virgina presentó a un amigo que trajo a
comer. “Darío”, dijo extendiendo la mano a mamá y a mí. Estudiaba veterinaria;
parecía muy desenvuelto, el tipo de
muchacho chistoso y simplón. Trajo una botella de vino tinto y se sentó a la
mesa como si toda la vida hubiera comido en casa.
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¿También trabajás? – le
preguntó mamá al servirle la segunda porción de budín
de berenjenas, o “pudding del violáceo obispo”, como
lo bautizó una vez. El contestó, envarándose en la silla, que sí. La
municipalidad le había dado un cargo en el zoológico después de una selección
entre varios estudiantes -se jactaba al explicar, con el desagradable
inconveniente de unir palabras y comida en el mismo espacio-. Miré de soslayo a
mamá para divertirme con su indisimulable aversión, justo cuando Darío agregó,
ya casi con la boca libre:
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Me destinaron a rumiantes.
Llamas, guanacos, vicuñas.
Mamá dio un respingo y lo miró con desconfianza. El no
advirtió nada porque seguía llenándose de budín y explicaciones.
-
Las que más trabajo dan son
las vicuñas, rebeldes, promiscuas. Malas madres,
como las cabras –añadió tragando un sorbo de vino sin
limpiarse los labios.
Mamá se levantó antes del postre. Virginia y yo vimos
la mirada rencorosa con que nos abarcó a los tres.
Luego de esa noche no hubo más desayunos con noticias
sobre el paso de las vicuñas. Mamá ventilaba y arreglaba su cuarto antes de
salir a repartir chicles y chupetines por toda la ciudad. Tampoco se habló más
de Darío ni él volvió a casa.
La sorpresa la
tuvimos dos semanas después, un mediodía de domingo. El otoño había empezado a
insinuarse en las floraciones de los palos borrachos y en las hojas doradas de
los fresnos. Días antes, mamá se había quejado un poco de las habituales
molestias del asma. Hacía rato que no se trataba: en los últimos años sus
ataques se habían ido espaciando casi
hasta desaparecer. Esa noche habíamos salido a bailar, como todos los sábados,
Virginia con sus amigos, yo con los míos. Volvimos después de las siete derecho
a la cama. Cuando nos levantamos al mediodía, nos extrañó que no hubiera pan
fresco, ni preparativos de almuerzo, y que en el mantel quedaran las migas de
la cena. Virginia fue a buscar el diario al cuarto de mamá y casi en seguida oí
sus gritos. Se dio cuenta de que ella
no dormía al ver el brazo rígido colgar desde la cama y teléfono y frascos en
el piso. Según constató el médico, el ataque habría sido al amanecer. El
corazón no resistió la falta de oxígeno.
Papá vino al entierro. Cuando todo terminó, dijo que
por suerte sus dos hijas éramos lo suficiente maduras y responsables para vivir
solas. Estaba orgulloso de nosotras, repetía palmeándonos los hombros. Vendría
más seguido a visitarnos y se haría cargo de los gastos de la casa. La odiosa
de su mujer nos despidió con una sonrisa de indulgencia y franco alivio.
Ahora cuando velamos en la noche, Virginia y yo nos
miramos un largo rato, indecisas, sin palabras. Al fin, alguna de las dos se
resuelve y va. El ruido es muy leve, como un soplido, o un roce de madejas. A
veces dudamos haberlo oído, tan cerca como aparece y al mismo tiempo tan
distante. Yo he tratado de resistir, de dormirme y olvidar, pero algo me vence
y voy.
Estoy segura, ahí echada en el lado de mamá, de que
ellas están. Pasan sigilosamente delante de nosotras, entre la cama y el
espejo. Pero se nos ocultan. ¿Por qué?
Me quedan los ojos enrojecidos de tanto mirar la
oscuridad. También los de Virginia están brillantes y húmedos en las mañanas.
Nos miramos y sabemos que ha sido cierto, por los ojos, y ese olor raro, acre y
dulzón, del cuarto de mamá. Pero no hay dulzuras para nosotros, sólo esta
vigilia en la penumbra con la espera y el miedo de otra noche sin vicuñas.
(Incorporado a la antología Desplazamientos, exilio y dictadura, compilada por Adrián Ferrero, EDULP, La Plata, 2016).


