viernes, 20 de mayo de 2016

Narrativa: cuento "vicuñas..." (1991)



Vicuñas en la alta noche


                                     

-       Les cuento. Anoche, serían las tres, pasó delante de mí un rebaño de vicuñas, mansas y suaves. Algunas me miraban con esos ojos de caramelo, muy tímidas; en seguida volcaban las pestañas y seguían avanzando, livianas y silenciosas, el largo cuello como apuntalando el aire. Fue tan hermoso – dijo mamá medio en éxtasis.
Virginia siguió mordisqueando su tostada con manteca y miel. La miel se derramaba por los bordes y le exigía la atención de la punta de la lengua, tarea en la que se concentraba prolija y despaciosamente. Yo estaba buscando en el diario las noticias que me interesaban y desplegué la tercer hoja. Las internacionales apenas las miré. En esos días todo era falso. Mamá se sirvió otro poco de café. Alcancé a ver la mirada soñadora, siempre algo triste, que atravesaba el ventanal hacia el jardincito de atrás. Era una mañana gris y opaca.
-       ¡Y no florece el crespón de China! – exclamó al fin, decepcionada, antes de lle-
varse las tazas. Virginia untó su última tostada. Al acabarla se desperezó con tal amplitud que rasgó la tela del camisón.
-       Tendré que aumentar de talle- dijo entre risueña y sorprendida, mirando sus pe-
chos saltando al aire.  
El paro de los profesores se prolongaría varias semanas más, anunciaban los gremios; de modo que tampoco ese mes habría exámenes, pensé dudando entre alegrarme o protestar. Miré la cartelera de los cines.
-       Me voy, chicas. La comida está en el horno. Si salen lleven llave. Voy a estar
ocupada hasta tarde – nos rozó la frente con los labios y salió. Llevaba puesto un vestido de tres veranos sin importarle nada. La envidié un poco. Además, le quedaba lindo.
Al llegar a la cocina vi el cartel pegado en la puerta del horno: “ternera fragante al laurel del bosque”. No era más que un pedazo de carne con dos hojitas de laurel en cada extremo, dentro de una asadera con cachaduras. ¡Qué gusto por las palabras! Cuando éramos chicas a veces resultaba divertido, además de combatir nuestra crónica inapetencia. Pero ahora … mamá parecía no darse cuenta que habíamos crecido.
Virginia gritó desde el baño. Se estaba acabando el agua y tenía la cabeza envuelta en una enorme cofia de espuma. Fui a encender el bombeador: no arrancaba. Un hombre en la casa, un hombre, eso es lo que hace falta. Virginia maldijo a la creación entera en los peores términos, mientras se enjuagaba el pelo en el hilo de agua que salía de una canilla del jardín. “Qué hace la vieja que no llama de una buena vez a un electricista. Decime qué hace”, me gritaba cabeza abajo al sacudirse la espuma que le burbujeaba en la nuca.
-       Trabaja –la tranquilicé-. Reparto de golosinas y afines. Es original, ya ves, y más poético que vender salchichones o quesos, no me digas.
Discutimos un rato por lo del electricista. Ella quería que me encargara yo, con la excusa de que soy mayor y aparento autoridad. Pero entre dieciocho y veinte años no hay mayor diferencia, le dije. Aparte, ella no tenía nada que hacer y yo sí. ¿Qué? Averiguar de una vez por todas de dónde salía el olor que había en la casa.
El viernes mamá volvió a hablar de las vicuñas. Le resultaba difícil, dijo, precisar el número de animales que integraban la manada. Aunque lentas en su marcha, se confundían en la penumbra del cuarto que alcanzaba a reflejarlas delante del espejo del que pasaban, hociqueando y tan coquetas, contaba arrobada. Lo que sí creía, dijo, era por el momento identificar a dos. Mientras el rebaño avanzaba ondulante, siempre había dos cabezas que giraban hacia la cama, y cuatro enormes ojos acaramelados se posaban entonces en los de ella, muy dulces.
-       Parece que me sonríen – agregó en el desayuno del domingo.
Semana tras semana de ese final del verano mamá fue variando, con mínimos detalles, la descripción del paso etéreo de las vicuñas en la madrugada. Se fue afirmando en la certeza de que dos eran reconocibles y simpatizaban con ella. Tal vez algún día se le acercaran, tenía la esperanza.
En esos días Virgina presentó a un amigo que trajo a comer. “Darío”, dijo extendiendo la mano a mamá y a mí. Estudiaba veterinaria; parecía  muy desenvuelto, el tipo de muchacho chistoso y simplón. Trajo una botella de vino tinto y se sentó a la mesa como si toda la vida hubiera comido en casa.
-       ¿También trabajás? – le preguntó mamá al servirle la segunda porción de budín
de berenjenas, o “pudding del violáceo obispo”, como lo bautizó una vez. El contestó, envarándose en la silla, que sí. La municipalidad le había dado un cargo en el zoológico después de una selección entre varios estudiantes -se jactaba al explicar, con el desagradable inconveniente de unir palabras y comida en el mismo espacio-. Miré de soslayo a mamá para divertirme con su indisimulable aversión, justo cuando Darío agregó, ya casi con la boca libre:
-       Me destinaron a rumiantes. Llamas, guanacos, vicuñas.
Mamá dio un respingo y lo miró con desconfianza. El no advirtió nada porque seguía llenándose de budín y explicaciones.
-       Las que más trabajo dan son las vicuñas, rebeldes, promiscuas. Malas madres,
como las cabras –añadió tragando un sorbo de vino sin limpiarse los labios.
Mamá se levantó antes del postre. Virginia y yo vimos la mirada rencorosa con que nos abarcó a los tres.
Luego de esa noche no hubo más desayunos con noticias sobre el paso de las vicuñas. Mamá ventilaba y arreglaba su cuarto antes de salir a repartir chicles y chupetines por toda la ciudad. Tampoco se habló más de Darío ni él volvió a casa.
 La sorpresa la tuvimos dos semanas después, un mediodía de domingo. El otoño había empezado a insinuarse en las floraciones de los palos borrachos y en las hojas doradas de los fresnos. Días antes, mamá se había quejado un poco de las habituales molestias del asma. Hacía rato que no se trataba: en los últimos años sus ataques  se habían ido espaciando casi hasta desaparecer. Esa noche habíamos salido a bailar, como todos los sábados, Virginia con sus amigos, yo con los míos. Volvimos después de las siete derecho a la cama. Cuando nos levantamos al mediodía, nos extrañó que no hubiera pan fresco, ni preparativos de almuerzo, y que en el mantel quedaran las migas de la cena. Virginia fue a buscar el diario al cuarto de mamá y casi en seguida oí sus gritos. Se dio cuenta   de que ella no dormía al ver el brazo rígido colgar desde la cama y teléfono y frascos en el piso. Según constató el médico, el ataque habría sido al amanecer. El corazón no resistió la falta de oxígeno.
Papá vino al entierro. Cuando todo terminó, dijo que por suerte sus dos hijas éramos lo suficiente maduras y responsables para vivir solas. Estaba orgulloso de nosotras, repetía palmeándonos los hombros. Vendría más seguido a visitarnos y se haría cargo de los gastos de la casa. La odiosa de su mujer nos despidió con una sonrisa de indulgencia  y franco alivio.

Ahora cuando velamos en la noche, Virginia y yo nos miramos un largo rato, indecisas, sin palabras. Al fin, alguna de las dos se resuelve y va. El ruido es muy leve, como un soplido, o un roce de madejas. A veces dudamos haberlo oído, tan cerca como aparece y al mismo tiempo tan distante. Yo he tratado de resistir, de dormirme y olvidar, pero algo me vence y voy.
Estoy segura, ahí echada en el lado de mamá, de que ellas están. Pasan sigilosamente delante de nosotras, entre la cama y el espejo. Pero se nos ocultan. ¿Por qué?
Me quedan los ojos enrojecidos de tanto mirar la oscuridad. También los de Virginia están brillantes y húmedos en las mañanas. Nos miramos y sabemos que ha sido cierto, por los ojos, y ese olor raro, acre y dulzón, del cuarto de mamá. Pero no hay dulzuras para nosotros, sólo esta vigilia en la penumbra con la espera y el miedo de otra noche sin vicuñas.


(Incorporado a la antología Desplazamientos, exilio y dictadura, compilada por Adrián Ferrero, EDULP, La Plata, 2016).
   



viernes, 6 de mayo de 2016

La obstinación de la rosa






Desafiando el frío, el opaco gris cielo del otoño
una roja rosa pequeña se yergue
altiva, solitaria
frente a la ventana del poeta.
Obstinada en su certeza,
los pétalos turgentes, inmaculado el encendido color
pasa los días erguida en su tallo desnudo
única y sola en el vasto jardín desfalleciente.
Es una rosa adolescente,
una rosa irónica y rebelde
- se dice el poeta al contemplarla día a día-
una pequeña rosa retadora del tiempo,
de la fragilidad y los lamentos
que durante siglos han augurado su desmayo
a la caída de la tarde.
Una rosa que desmiente  cuanta
inconstancia y vanidad le endilgaron las letras.
Ríe el poeta con la obstinación de la rosa
y al caer la tarde quema  sus tontas poesías
al pie de la ventana.

jueves, 5 de mayo de 2016

Poesía: Hombre que camina



Hombre de la avenida


Allá va otra vez y otra mañana el hombre
el caminante sin pausa.
El mismo paso, la misma barba,
el pelo largo, ya canoso y descuidado,
el cigarrillo en la boca, el cansancio en la mirada
la desolación en todo el cuerpo.
Anda por los bordes de la avenida, flanqueada por matorrales,
hacia arriba, hacia abajo
a toda hora.
Nunca la cruza
nunca habla con nadie, ni nada del afuera lo detiene.
Con ojos bajos y hombros desvalidos,
va todo él inundado de ausencia.

Se va el verano, llegan los vientos y despojos del invierno
cruje la escarcha bajo las suelas gastadas
y el hombre, que envejece, siempre caminando, de ida, de vuelta,
inclemente en su rutina. ¿Hay refugio para esta alma?
¿No hay un rincón donde  recueste su esperanza?

Ese andar incesante y sin destino,
Caminante incansable,
qué señal inquietante a tus testigos.