Es un blog donde incorporo textos escritos por mí, o de otros. Es esencialmente literario, con contenidos de poesías de humor para chicos, de otro humor para grandes y de ficción o mentiras verdaderas, en general.
lunes, 19 de agosto de 2013
Gatos y gatas en el recuerdo.
Domingo de julio, frío y recién soleado. Las primeras horas, grises, grises. Faltan pocos minutos para las doce. Tengo que ir a comprar comida para el gato. Está afuera. Lo he dejado que corra el riesgo y se defienda como pueda de los juegos bruscos, agresivos, de Quimey. Hasta ahora hay silencio, señal de que está a resguardo en algún árbol, o de que Quimey lo ha dejado en paz. Lo saqué hace unas horas por la ventana de esta habitación. Se resistió un poco, pero lo arrojé al pasto y salió, como siempre, a correr y buscar amparo o diversión. Quién conoce a los gatos. Cuando no ve a Quimey, clama para estar afuera. Lo saco y corre a la puerta de la cocina a gritar que le abra. Si Quimey está atado, va a jugar con su cola o metérsele entre las patas. A Moro, en cambio, ni lo mira. Se entienden entre cachorros.
No tengo una gran amistad con el gato, aunque tampoco estoy muy decidida a dejarlo en manos de otros. Es bonito, tan renegrido y lustroso, con los ojos muy verdes y grandes, redondísimos. Pero me molesta. A la mañana, ¡esa ronda por mis tobillos! Lo alejo con patadas cortas y suaves, pero vuelve. Después, cuando me ve escribiendo, se trepa y camina entre la falda y el teclado. Si estoy leyendo en el sillón, salta y se sube por todas partes. No le tengo paciencia. Trato de recordar cómo ha sido con otros gatos caseros.
Tamerlán
Tamerlán, el siamés que más tiempo estuvo en casa, creo -creo-, que era mejor tolerado. Recuerdo que se subía a la impresora, no dejaba salir el papel. A raíz de eso, de sus saltos y sus miradas celestes, escribí un cuento en homenaje a un aniversario de la muerte de Cortázar, 1994. Diez años. Dónde estará ese cuento. Recuerdo que se lo regalé y dediqué a Lalo Painceira. ¿Habrá copias? Tamerlan, después de 8 años, desapareció de casa por despecho. Fue por una gata que lo había estado rondando, apareciendo por la casa tras él, hasta que una mañana tuvo un día su cría ahí en la terraza. Luego los escondió en un hueco entre la mampostería y el balcón de la terraza. Pero fueron creciendo, y a pesar de que yo no les daba bolilla, se quedaban. Un día Tamerlán no estuvo más. Teníamos que irnos a Chapadmalal y la gata con sus hijitos seguía instalada. La dejé, con agua, solamente y con la esperanza de que al no vernos, se fuera. Cuando volví, por pocos días, y vi que seguían en casa, la familia gatuna fue subida a una caja de cartón y dejada bajo un árbol en el boulevard 82. Tamerlán nunca más volvió. Tengo fotos con él en la falda, leyendo, y otras de él solo, en el banco del jardín. El fue el único gato que viajó con nosotros a veranear a Chapadmalal. Dos canastos compré en el camino de regreso para encerrarlo y al final terminó en las faldas de Barbarita. Era tremendamente temperamental, y sus maullidos y gritos de reclamo alteraban la casa y el vecindario. Solía perderse en la bohardilla, pero a las 4 de la mañana, puntual, venía a despertarme para que le abriera la puerta de la terraza liberado ya para sus correrías.
Chagall
Otra gata fue Chagall, la que parecía de Angora, bellísima con su largo pelaje gris. La encontré, muy chiquita, en un árbol de la vuelta de casa en una de mis caminatas. Fui al supermercado a pedir una caja de cartón para ocultarla y entré con ella sin que la vieran. La atormentaban los tres perros de entonces, Goya, Moro y Ulrik, aunque no estoy segura si era Ulrik o Milton, o quizás fue en el interín entre la muerte de Milton -período en que sólo los tuve a Goya y Moro- y luego ... Se la regalé a Ramón, el jardinero. Pero fue antes de comprar el Alfa, no recuerdo haber tenido el auto y a Chagall, asi que la tuve y regalé antes de marzo del 2008. No recuerdo a Chagall dentro de casa, aunque sí la obligación matinal de limpiar su bandeja higiénica, algo que me irritaba tanto que entre eso y el miedo de que los perros la lastimaran, terminé regalándosela a Ramón. La había hecho castrar, recuerdo. Pero cuántos olvidos! ¿Cómo la llevé a la veterinaria para castrarla? ¿Fue en lo de Ana Bogdachevsky? ¿La traje ese mismo día? Me acuerdo de la castración de Goya, y de su larga internación en lo de Ana. Pero de la gata, no, ni siquiera de la peladura que debió haber tenido por varios días. A ella también la dejaba afuera, subida a los árboles, pero para hacerla bajar y guardarla, debía antes atar a los 3 perros y comunicárselo. Sólo así bajaba, comía y dormía en casa, adentro.
Eurídice
Tuvimos otro gato que resultó gata, negra. Eurídice. La que trajo Barbarita a casa. No se la veía entre los muebles y de pronto nos sorprendía dando un salto terrorífico. Esa gata tuvo cría y uno de los gatitos murió en las manos de Marcos. Fue en el año 1982. A las que sobrevivieron les puse Alfonsina y Victoria, ya que estábamos en plena campaña alfonsinista. Fue en medio de los festejos del aniversario de la ciudad, (el centenario) en Plaza Moreno, cuando Marcos le confesó a Kukuka que la muerte del gatito fue porque él le había apretado la cabeza o algo así. Igual, era el más debilucho. Las chicas lo encontraron muerto, en el jardín de la casa de 34 y se ocuparon del entierro.
Esa fue una experiencia que terminó mal, cuando antes de partir a Chapadmalal tuvimos que entregar a las tres gatas en un refugio para animales en Ensenada. Dios mío, qué triste fue. Todavía me duele la tristeza que le produjo a Barbarita, que tenía entonces 12 años, casi como ahora Renata.
Don Jaime
Este vivió en la casa de 7, en Tolosa. Fue, seguro, anterior a Tamerlán. No recuerdo cuál fue su destino. Sí que lo llamaba, cuando desaparecía, desde la terraza o el patio de aquella casa tan querida. Don Jaime era el típico gato barcino. Cómo llegó a casa, cómo desapareció, nada, estoy en blanco. Pero sí hay una foto de Don Jaime, en papel. A los vecinos les causaría gracia escuchar mi llamado a un tal Don Jaime a los cuatro vientos. (Lo releo y acabo de recordar: lo trajo Angela, que por entonces trabajaba en casa.)
Esto de enumerar los gatos, fue después, cuando leí lo que había escrito y me di cuenta de que habían sido varios, cada uno con su pequeña historia doméstica. Y sin embargo, yo casi no me considero dueña de gatos, sino de perros. La convivencia es con ellos. La de los gatos -salvo Tamerlán- ha sido algo ligero, como sin relieve, como el sinsonido de sus pasos en la casa.
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