jueves, 10 de octubre de 2013

Dedicatoria, olvido y sorpresa



Diario de octubre
Hoy, entre el 9 y el 10.


En el diario del 4 de octubre, consigné en Lecturas, que había buscado y consultado el libro de David Viñas, Literatura argentina y realidad política. Y que leí la parte correspondiente a Amalia. Ayer,8 de octubre, ya terminada por fin la novela,  volví a la bibloteca y me senté, otra vez, a leer a Viñas. Pero esta vez decidí abrir el libro desde la primera página. Y allí me llevé una sorpresa mayúscula. Debajo de mi firma con la fecha de adquisición -1985-, hay una dedicatoria ...de ¡¡¡¡David Viñas mismo!!!! La sorpresa fue, y es, porque tengo totalmente olvidadas las circunstancias en que lo hizo. Ahí me lo dedica llamándome "paciente lectora" y algo más sobre su propia obra, no está del todo clara la letra, en que dice algo así como "antiguas ideas", aunque no exactamente. De modo que lo debo haber estado conversando con él, y esto tiene que haber sido en 1987, año del concurso de las cátedras de Literatura argentina, en la facultad, en que fui jurado por graduados, y él por profesores. No tuve otra oportunidad de estar con Viñas charlando, salvo en aquellas duras sesiones de debate por los oponentes, en la facultad. Recuerdo las clases de oposición, las discusiones posteriores, las objeciones de Viñas y su ruego de postergar el dictamen una semana porque dijo "ser jurado es como ser Dios", con la responsabilidad que le adjudicaba a no dar un fallo equivocado. Y luego de esa semana, su reconocimiento, ante la mirada estupefacta del prof. C., de los méritos de P.B., a pesar de todas las contras  y no gustos que le inspiraba el profesor postulado. "Ni cómo se peina me gusta, me recuerda a Ortega y Gasset", dijo, para gran risa del resto. (Menos de C., que no estaba dispuesto a aceptar a P.B. durante 7 años en la facultad). Todo eso recuerdo y muchos y significativos momentos más, decisivos para la resolución de aquel dictamen, pero nada, nada, del momento en que sometí mi ejemplar  a su autógrafo. Varias veces, andando por Buenos Aires, vi a Viñas sentado solo en La Paz, el bar de Corrientes donde se ve que era asiduo concurrente. Pero nunca me animé a acercármele. Viñas me intimidaba. Cualquier cosa que le dijera tipo "compartimos concursos en La Plata", me parecía una audacia inmanejable. Sin embargo fue una de las personalidades más interesantes que conocí. Y ahora ese libro mío, con su letra manuscrita, es una suerte de tesoro bibliográfico. Haberme olvidado del momento en que le entregué el libro, en que habremos conversado sobre su contenido, me parece imperdonable. Tanto como no haberlo abordado aquellas tardes en La Paz. Una de esas tardes, me acuerdo que lo vi levantarse y salir, como muy avejentado, o cansado, escéptico. Cuánto podría haber aprovechado si no hubiera sido tan cobarde. ¿Qué temía? A ver:
Que me tomara por tonta. Que le importara un bledo el recuerdo, con una expresión tipo ¿y a mí qué? Pero era un hombre cortés, y a cualquier escritor le gusta que lo reconozcan. Además él estaba solo, muy pensativo, eso sí, pero alargando las horas en el café, seguramente para no volver al vacío de su casa. Que alguien se le acercara ... tal vez fuera un halago. Pero yo no me sentía con fuerzas. Era una energía intelectual demasiado fuerte, su sistema de impugnaciones a lo Sartre también constituían para mi contexto pequeño-burgués un desafío insalvable. Como tantos. 
Hay un video donde Viñas responde a una entrevista que le hace una periodista joven. El habla y cada tanto, después de hacer sus observaciones, pregunta "¿vamos bien?"  o  "¿se entiende lo que digo", con auténtica preocupación de no estar siendo muy obtuso, cuando lo que dice es muy sencillo.
Es una ausencia que ahora me apena. Lo leo  -sus ensayos- y pienso cuánto había para conversar, para escuchar de él. Me seguiría intimidando, o tal vez no. Al fin y al cabo, bastante le discutí en las sesiones de la facultad. Y de mis objeciones (después lo supe, fue por mencionar la revista aquella donde escribía su "favorito"), salió su decisión de postergar el dictamen y atender seriamente al cv de P.B. 

Me faltaba recordar su autógrafo, y de haberlo sabido, tal vez una de esas tardes le hubiera dicho algo.
 Chau Viñas.

sábado, 5 de octubre de 2013

Sábado de ferias



De la conducta en las ferias







Con el buen tiempo, florecieron en la ciudad, tan repentinamente como esas florcitas blancas silvestres olorosas a cebolla que crecen en todas partes, las ferias urbanas. En un solo día se celebran


  1. De las colectividades, en Plaza Moreno
  2. de la Cerveza artesanal, en el Islas Malvinas
  3. del Alcaucil, en la estación Meridiano V
  4. del Inmigrante, en Berisso (pero esta abarca varios días)
  5. gastronómica en City Bell.
 A esta última fui. Silvina exponía sus productos de La Teodora, y  yo me encontraría allí a almorzar con Pelusa, cosa que hicimos en Thionnis, sentadas afuera y demasiado abrigadas para el solazo del mediodía.
La gente tardó en llegar a recorrer la Plaza Belgrano donde se desarrollaban 2 ferias: en el corredor central, la gastronómica, y en el semicírculo que da hacia El León Blanco, la artesanal de todos los sábados. A las 4 había poca gente y pocos puestos de la gastronómica estaban organizados. A las 6 la cosa empezó a funcionar. Como se trataba de comidas, muchos puestos ofrecían "degustaciones", incluida La Teodora
 Y aquí la notable conducta del público visitante: como posesos, y sin atender cartelería ni explicaciones,  la gente se  apretuja para recibir ya un bocado dulce de higos y almendras, ya una pizzeta desbordante de muzzarella y salame, antes unos turrones de miel y hierbas, más allá un vaso de cerveza, enfrente alfajores de semillas de amaranto, oleosas aceitunas negras, pancitos con chimichurri,  lo que venga si es de arriba. La gratuidad conduce a indiscrimanción gustativa.  Silvina se esforzaba en explicar las diferencias de cada trozo ofrecido, sin recibir -casi nunca-  la recíproca atención o la mínima cortesía de "degustar" el obsequio en su presencia. Como los perros callejeros al obtener algún inesperado hueso, algunos se alejaban  en seguida, masticando  apurados por llegar al próximo puesto donde se calentaban las pizzas o las rodajas de chorizos.  Juan, convertido en adiestrado vendedor,  elogiaba los "regalos empresariales" y la "tradición eslava" de las celebradas tachtel maceradas en oporto, a señoras despistadas que poco y nada escuchaban (algunas no entendían el término, otras se espantaban, otras rumiaban "tachen, tachen")  mientras miraban con avidez la bandeja esperando con ansiedad que ese joven o la madre, les alcanzaran el bendito bocado gratuito sin tantas explicaciones.
Pero hay que ser justos: algunos se interesaban. Claro que ese interés, en muchos, venía con presunción de conocimiento: "¿son brownies, no"? ¿"los pan dulces, cuánto cuestan"?  "Se hacen sin harina".  "Tienen  chocolate". Y Silvina, aguantando estoicamente, repetía, machacona,  los cinco sabores diferentes, la elaboración con frutas secas y oporto,  la durabilidad y calidad de los ingredientes. Pero no hay virtud en ello: no es la paciencia ni la tolerancia lo que la lleva a ese didáctico proceder, sino un refinado y sádico ánimo vengativo. Los concurrentes se agolpan, curiosean, se impacientan: los aguijonea el deseo.
 Ella, inclaudicable, los somete a implorante espera. 
Es lo justo, las tachtel y su delicadísima y creativa elaboración, se lo merecen.

Diario de octubre

4 de octubre 2013

Voy a subtitular, ya que es largo y de variados tópicos:

Efemérides
Hoy mi abuela Julia -Giuditta Ravina en realidad-, hubiera cumplido 126 años. Pero a mí no me parece mucho. Es que la recuerdo como cuando tenía 80 y pico, muy enérgica, taconeando con sus zapatos número 35, siempre vestida de azul, activa, quejosa de su soledad pero alegre y dispuesta, y es la voz, puedo recrear perfectamente su voz, lo que hace que no me parezca ni tan anciana, ni tan inexistente.
Diario 
Es  viernes, y a la mañana estuve en casa, hasta que al mediodía partí a pagar cuentas, con un librito a cuestas para soportar la segura y dilatada espera en el banco local. Me llevé, para releer, Los bárbaros,  de Alessandro Baricco. Cuando lo leí la primera vez, lo subrayé bastante, en párrafos que había olvidado. Es un ensayo interesantísimo, y aunque muy eurocéntrico, no deja de dar en el clavo en asuntos que a nuestra generación le generan, en otro ámbito, la misma preocupación. Pero como el autor empieza no directamente en el tema, sino en las dudas sobre el libro en sí y su ambiente como escritor,  había subrayado -vi esta mañana mientras hacía la cola para pagar IOMA- lo que ahora transcribo: 
"De vez en cuando, y no sólo en el trabajo, uno busca la indigencia. Y es probablemente una forma de recuperar cierta autenticidad". Se me aplica, claro, me calza en lo más decisivo de mi tiempo presente.
Y luego, con respecto al tema en sí, subrayé, " ...el asunto que me gustaría comprender: en qué consiste la mutación que veo a mi alrededor. Si tuviera que resumirlo diría lo siguiente: todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible apocalipsis inminente; y por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando. Veo mentes refinadas escrutar la llegada de la invasión con los ojos clavados en el horizonte de la televisión. Profesores competentes, desde sus cátedras, miden en los silencios de sus alumnos las ruinas que ha dejado a su paso una horda a la que, de hecho, nadie ha logrado, sin embargo, ver."
Imposible no evocar el silencio de mis alumnas de 4to. año del Profesorado de Lengua y Literatura, cuando les pregunté en qué siglo estábamos. Y ante el inexplicable pero dilatado silencio, bueno, que me dijeran al menos en qué siglo habían nacido. A lo cual, después de una tensa espera, una de ellas, mujer de más de 30, con timidez lanzó, casi preguntando: " en el XIX" (¡¡¡). Pero bueno, pesadillas de la docencia no sólo argentina, que se han disuelto en la jubilación, o jubileo, disfrute, celebración, en fin, de estar alejada de esas barbaries.
 Deberes
Al libro de Baricco, de fácil tamaño para la cartera, lo seguiré leyendo en otras esperas, porque en casa me aguardaba, después del mediodía y charla telefónica con dos amigas, la continuación de esta especie de seminario privado que me he diseñado con la literatura e historia rosista.  Y en eso estuve en la biblioteca, adonde me llevé calefactor, termo, tostadas, para consultar el tomo 1 de la Historia de la Literatura Argentina, de Centro Editor de América Latina. Y como eso me remitiría a Viñas, me puse a buscar, después de acabado el fascículo de romanticismo, Literatura argentina y realidad política, al que en principio, con gran alarma, no encontré en su correspondiente estante. Sí en cambio, De Sarmiento a Cortázar, pero yo estaba segura de que el otro lo tenía en una edición con tapas coloradas. En la búsqueda, apareció un librito de lomo blanco, como ajeno a ese espacio. Lo saqué. Era Caballos blancos, de Mirucha. Lo aparté para llevarlo a la mesa de luz. Y esto tiene algo de extraordinario, a lo que iré en seguida que termine con Viñas. Al fin, mirando con cuidado, encontré, pegado a otro, la Literatura argentina, etc.,, en una edición azulina o gris, de Capítulo, pegada, con las hojas que se sueltan al tratar de leerlo. Pero bueno, ahí estaban los capítulos referidos a Amalia, que era lo que buscaba y leí y me divertí, como no puede ser de otro modo viendo cómo Viñas remeda el estilo Mármol, además de desmenuzar los criterios ideológicos que lo llevan a las antinómicas y famosas  descripciones del mundo federal y del unitario. Igual que en Echeverría, y mal que les pese, son literariamente eficaces los primeros, y retóricos y ridículos en su almibaramiento, los segundos. Cosa que uno se da cuenta, no es necesario que lo diga Viñas, ni Jitrik, pero  es interesante ver de qué manera lo analiza Viñas, tan dramáticamente marxista, sartreano, impugnador, como dijo Piglia una vez,  "su modo de hacer crítica era siempre hallar culpables". Claro que con Mármol no hay vuelta, es tan evidente la carga ideológica que para Viñas es como pan comido. Bueno, y luego que decidí cerrar el libro e ir a la cocina a prepararme un café, sonó el teléfono.
Llamadas, coincidencias y visita
 Era Chichita, que entre otras cosas de su charla, casi al final, me dijo como si yo ya lo supiera "lo que le había pasado a Mirucha". Me asusté mucho. No sabía nada, pero unos minutos antes había estado leyendo sus poesías, a los saltos, pensando que a Chichita le habían impresionado tanto. Y ahora ese llamado de ella, en quien había estado pensando, y esa noticia de Mirucha, a quien había estado leyendo. La habían asaltado, le contó una amiga común. La habían golpeado, maltratado, en su casa. Corté con Chichita y llamé a Mirucha. Contestó el automático "que en ese momento, etc.". Me abrigué, cerré las ventanas, y partí a verla. Me atendió Lucas, el hijo de Felicitas y Guillermo L. Mirucha, cuando me vio, salió a recibirme, muy entera. Nos abrazamos, yo emocionada de verla tan bien, y ella feliz de recibirme. No tenía marcas, ni lastimadura alguna, a pesar de que el asaltante -un muchacho solo- la zamarreó y quiso atarla, llevándola a los golpes hasta querer encerrarla en el baño. Felizmente, en ese momento había llegado la señora que la acompaña, y con sus gritos ahuyentó al ladrón. "Me pedía plata y oro", me decía Mirucha, entre sorprendida y risueña por el reclamo. Igual le robó de la cartera unos cuantos pesos. Y aunque le revolvió un alhajero, el anillo que le regaló Rex, me dijo, se cayó debajo de la cama y se salvó. Esto la dejaba tranquila. Y además, nos dijo,  estaba contenta porque había pasado por una experiencia que no conocía y había salido bien.
Es extraordinariamente positiva, nos reímos recordando "otras experiencias desconocidas", como cuando un auto la atropelló en la diagonal 74, la levantó por los aires y ella dio con la cadera en el asfalto y la cabeza en los adoquines. Pero en ese momento, estaba apretando una medallita de no sé qué virgen o santo que tenía en el bolsillo, y no le pasó nada serio. Se levantó entre el mundo de gente que la rodeaba y acosaba a preguntas, y como se distrajeron esperando una ambulancia, ella decidió salir caminando y fue, acompañada por una señora, hasta la vinería del yerno, a unas 2 cuadras del accidente. La nota graciosa se añadió cuando nos dijo que esa señora, se presentó poco después en la vinería, a pedirle a Enrique le regalara whisky y otras bebidas, como compensación. Sostenía que me había salvado la vida, decía Mirucha, a las risas. También me estuvo mostrando cómo teje esos collares de lanas de colores que llevaba puestos el día del homenaje a Ana Emilia. Tomó una gruesa aguja de tejer crochet, enganchó la lana, y con trabajo, sus manos temblorosas por el Parkinson, me hizo ver cómo se forman las cadenas, algo dificilísimo para mí que no tengo daño ni temblor alguno. El médico nuevo que la atiende, le ha quitado la medicación Misoline Primidona, (gran admiración de Mirucha por ese nombre del que resultó un cuento y hasta poesías jocosas), y ahora toma un medicamento que la está mejorando notoriamente.

Una visita que pensé iba a ser de pesar, y resultó divertida y llena de ternura, como ha sido siempre mi mundo compartido con esa maravillosa persona que es Mirucha Almeida.

viernes, 4 de octubre de 2013

Lecturas y lluvia








7 de septiembre 2013.
 Tarde de lluvia.


Desde anoche a las 10 está lloviendo. Ahora son poco más de las dos de la tarde. El aire está oscuro, el cielo grisáceo y denso. No para de llover, no disminuye la potencia del agua ni de los truenos. Con un tiempo así, sólo quiero leer, bajo el acolchado de plumas, leer y leer. A la mañana, me desperté temprano, y viendo que los chicos dormían, fui a la cocina y tratando de no hacer ni el más mínimo ruido preparé mi jarro de café con leche, dos tostadas de pan negro y me volví a la cama. Tenía a mano el libro de Bolaño, El gaucho insufrible, y Ficciones de Borges, esperando. Empecé por este último, para releer el tema del Traidor y del héroe, refrescar los detalles del argumento y del final. Recordaba perfectamente el apellido del traidor y el lugar de los acontecimientos, Kilpatrick, Irlanda. Leí el cuento, sujeté los detalles olvidados, y me prometí releer el final a la luz del manuscrito que se encontró, de Borges, en la Biblioteca Nacional. Dentro de poco, supongo, lo divulgarán por internet. Parece que Borges propone un final diferente, o una nueva red de lectura. Esto contradeciría la noción de Piglia de que Borges construía sus cuentos según el modo de Poe, con finales perfectamente cerrados. La idea central del cuento es la que rige la poética borgeana: la ficción empapa la realidad y la transforma. Emplea, básicamente, textos de Shakespeare, Macbeth y Julio César. Esperemos para ver. Luego, a Bolaño. Empecé por el cuento (o nouvelle), El policía de las ratas, que parte de Kafka, el cuento Josefina la Cantora. Sí, un narrador impresionante, a pesar del rechazo que produce el tema. Luego, el de Alvaro Rousselot, un mediocre escritor argentino que cae en las trampas de París, una parodia sobre la banalidad y la zoncera vanidosa. Me recordó el acontecimiento de Rodolfo Falcioni y el plagio que le cuestionó a Ettore Scola por su cuento El cedro herido, en un juicio que Falcioni le ganó, según tengo entendido. La situación es similar, dado que era raro que hubiera llegado a manos de Scola, el cuento de un narrador platense, publicado en el diario de una ciudad de provincia, de un país sudamericano. Rousselot, el personaje de Bolaño, no tuvo la misma suerte, o no planteó el resarcimiento, sólo quería conocer al cineasta que se había basado en sus novelas. En Bolaño hay una comicidad subterránea, diría, a lo Bioy Casares, a quien está remedando, en el tono y en el tema. 
 Ahora, con frío en los pies,con sueño, con desgano y molestia por haber comido de más, vuelvo a la cama con bolsa de agua caliente, a seguir leyendo a Bolaño ( o a Borges).
Cuatro horas después.
 Leí a Borges, ensayos, algunos por primera (u olvidada), vez, y unos pocos poemas. Me levanté por un persistente ladrido quejumbroso que me hizo temer que Moro estuviera aprisionado tras algo. Pero era el perro del vecino, atado seguramente y disgustado. Volví al reclinatorio de la cama y a seguir leyendo a Borges. Paró de llover, pero no aclaró y ahora, con la caída de la tarde, más penumbra y densa grisura. Salir. Voy a salir. Esfuerzo de sobreponerme al tironeo interior. Pero sigo: me gustó el ensayo de Borges sobre The purple land. Lo pone por encima de cualquier texto de nuestra gauchesca. Reitera allí (1932 o 1940) sus desdenes al Martín Fierro y a Don Segundo Sombra. Además dice que el de Hudson es uno de los pocos libros felices de la literatura. Y tiene razón. Vuelven mis ganas de releer a Hudson y concluir los Días de ocio en la Patagonia, recientemente adquirido. Leí, además el ensayo sobre Postulaciones de la realidad, donde trata el tema de los modos de abarcarla según la literatura clásica, y da ejemplos, y El arte narrativo y la magia, tantas veces leído, con su lema "los pormenores profetizan". También, un ensayo sobre los modos en que la cultura a través de libros religiosos, filosóficos o literarios, postula que la nada y el todo se igualan y en la segunda parte del ensayo recurre a Shakespeare y a lo que sobre él dijeron Ben Jonson, Coleridge, y Hazzlitt, los que más recuerdo. Ideas que Borges retomará en el texto Everything and nothing, en El Hacedor, dedicado solamente a Shakespeare. Lo proteico, el que es Todo y a la vez, es nada o nadie. 
Después, al tener que calzarme para salir afuera a ver qué pasaba con el perro, aproveché y fui a comprar verduras. Fui en el auto. Enormes charcos sobre el asfalto que impiden ver dónde están acechando los baches. De vuelta a casa miré el sur, hacia el lado de Seguí. Parecía que el cielo estaba rosáceo, con ganas de aclarar. Para el lado del Centenario, seguía gris y amenazante.
Con una cierta dosis de cobardía, resolví no ir a La Plata. La llamé a Leticia: ella tampoco iba (concierto de Lavandera con la Camerata Bariloche en el Argentino), y eso me alivió, porque tampoco, como ella, me hubiera gustado, sábado a la noche, estar y salir sola del teatro. Además me dijo que en ese momento, en La Plata se reiniciaba la lluvia.
Estar en esta casa, rodeada de enormes árboles, apartada de todo contacto urbano y social, durante días y horas, y noches, puede ser alienante. Por eso emprendo viajecitos aunque sea hasta la verdulería. Adentro espera la lectura, hoy el programa de Piglia (supongo que el inaugural), el vaso de whisky, el gato buscando arrumacos, el olor de las cáscaras de naranja al fuego. ¿Qué más?


CUENTO


Señoras entretenidas


    Está en un rincón oscuro, adormilada. Frente a ella, hacia el fondo, ve gente moviéndose entre luces que salpican como manchas repentinas de color. La música, fuerte y movida, le parece  reconocible y sin embargo, antipática.  Saralía, con los ojos entrecerrados,  duda  si está soñando o despertando. Ahora distingue el escenario, los músicos con sus trajes tropicales, las mujeres  enfundadas en sedas brillosas. Se pregunta cuánto hace que se quedó dormida. Mira las copas vacías sobre la mesa en la que eran ¿cinco? Cinco o cuatro mujeres, el resto fue distribuido en otras mesas. Les sirvieron unos platitos de comida fría, y vino blanco.  Le llenaron varias veces su copa. Después cree recordar que hubo un brindis. Tal vez fuera ¿champagne?, o algún espumante. Y los músicos que tocaban boleros mientras las compañeras de mesa coreaban con entusiasmo. Una pena. Ella hubiera querido escuchar sólo la voz del cantante, especialmente cuando cantó Sombras nada más y Bésame mucho. Una voz suave y untosa, pero las otras se lo estropearon. Había vuelto a sus dieciséis años, cuando bailó por primera vez con su novio, besándose y besándose como invitaba Cuco Sánchez desde el long play. Y allí debió haberse quedado, entre sueños, acariciando esos momentos dulces que la aislaban de la incomodidad presente.
  Debe hacer rato que está sola.  El llamado del baile  atrajo a todas. ¿Cuánto faltará para el regreso? Está aturdida por el volumen de la música y el estallido de luces.
Arrinconada, Saralía se pregunta qué la ha llevado hasta allí. ¿Qué necesidad?, se reprocha. A ella, que hace como diez años no sale casi a ningún lado, y menos de noche. Si tuviera que precisar la última vez que estuvo fuera de su casa después de la medianoche, diría que fue el casamiento de su nieta Albertina, unos seis años atrás. Cuando Albertina se casó ella tenía 66 años, de eso está segura. Ya entonces,  un esfuerzo enorme esperar que los recién casados se sacaran las fotos con las abuelas, para poder retirarse. Un suplicio el volumen de los parlantes. No pudo cruzar dos palabras con nadie sin gritarse. Ni imaginar un diálogo. En cuanto terminó la sesión de fotos, se escurrió hacia el estacionamiento, arrancó su auto y se volvió a casa, cobijada por el silencio de una noche plagada de estrellas. Recuerda que detuvo el auto al costado del camino, solitario a esa hora, y se bajó a respirar el aire fresco y gozar la quietud del campo a oscuras. Qué remanso de paz después del bullicio y la confusión. Se había quedado un rato recostada contra la puerta del  Twingo, contemplando la ubicación de la Cruz del Sur, oyendo el canto de los grillos y el chistido ocasional de las lechuzas. Uno de esos instantes de plenitud que le regalaba la vida, y que ella aprovechaba llenándose de una dicha  no empañada por la nostalgia ni la soledad, se solazaba aquella noche. Integrada a lo cósmico sin identidad, como una hierba entre tantas, mecida por el susurro de la brisa,  recuerda ahora no sin sarcasmo.  Y de pronto - revive el instante-  las luces de un auto que venía de frente, que a pocos metros rebajaba la velocidad, daba la vuelta en “u” y se acercaba, no sabía ella con ánimo de qué. Pero era intimidante. Cuando el auto estuvo muy cerca, ya maniobrando para estacionar en la banquina, Saralía recuerda que se apresuró a subir al Twingo y huir a gran velocidad. Durante varios kilómetros, por un asfalto desparejo y poceado de a trechos,  mantuvo el acelerador casi a fondo, y controló la marcha del otro, siempre detrás aunque un poco distante, hasta que en una curva lo perdió de vista. El temblor hasta que llegó a la primera rotonda y vio que ya nadie la seguía, la autopromesa de no conducir sola de noche por caminos solitarios y de no exponerse a situaciones de riesgo, la suposición de un intento de asalto, o secuestro, o quién sabe qué,  hicieron trizas su experiencia de comunión metafísica. Se sentía vulnerable, un poco estúpida y algo ñoña,  cuando ya en casa  se servía el vaso de whisky que le templaría el ánimo.
 Sus hijos nunca se enteraron de ese susto, y Saralía justificó la venta del auto, poco tiempo después, amparándose en que necesitaba ese dinero para completar la compra de un departamento en el centro de la ciudad. De ambas cosas tendría tiempo para arrepentirse. La falta del auto le quitó independencia y la mudanza de la zona semirrural a la ciudad, la privó del contacto con la naturaleza a que estaba acostumbrada, y la obligó a las incomodidades de la vecindad. En su edificio, vivían otras mujeres viudas como ella o divorciadas, y si bien “eran una compañía y un apoyo en las necesidades de la vejez” según su hija mayor, la atosigaban a veces con invitaciones y visitas repentinas.  Una de ellas, Concepción Uriarte, se aparecía cada dos o tres tardes con propuestas de entretenimiento de lo más diversas. Saralía aceptaba acompañarla a veces al cine, muy de vez en cuando al teatro y jamás a las sesiones de bingo a las que Concepción asistía con regularidad, siempre desconcertada por la buena suerte ajena y la mala propia.  Concepción era algo infantil, a pesar de sus casi 80 años, y no distinguía gustos, juzgaba Saralía. Asistía a cursos de todo tipo y nivel y volvía con entusiasmos fugaces que se disipaban a la primera exigencia. Hacía poco se había incorporado a un curso de comedia musical en un instituto cercano y le insistía a Saralía en las virtudes de un bailarín joven y su mujer,  volcados desde lo clásico académico hacia formas más populares, repetía, aleccionada por el discurso ajeno.  El instituto -inaugurado hacía poco en una casa antigua y tradicional de la ciudad, con sus herrajes y carpintería a nuevo, las paredes blanqueadas del verdín de años de abandono-,  quedaba a unos pasos del edificio donde vivían. Concepción arrastró a otras señoras a inscribirse y participar. Hasta llegó a convencer a Mireya Barrios, del 4to.piso, una divorciada taciturna y gris en sus cuarenta y pico. Cuando Saralía encontró a su vecina del 4to una tarde en el ascensor, le costó reconocerla. Iba a la clase con aros y colgantes haciendo juego, vestida a lo gitana, y la apabulló con una euforia y excitación propias de una chiquilina desbordada de entusiasmo por el  revuelo de gente nueva que los cursos traían al barrio, antes tan aburrido. Saralía asentía, sorprendida de la súbita transformación, aunque dándose cuenta de que la mujer estaba de cacería, tan descaradamente como su largo encierro y forzada abstinencia se lo permitían La vio marcharse, alborotada y sonriente al encuentro de Concepción, a quien, -imaginaba Saralía-, dispensarían en el lugar el trato protector que se les suele dar a las personas mayores antojadizas. Una especie de paciencia refinada. Un préstamo de simpatía a corto plazo. Así lo notó el día que Concepción le propuso encontrarse en el café del instituto. La excusa era admirar el fabuloso vitraux del salón destinado a bar. Restaurado y en todo su esplendor, el enorme vitral ostentaba el rebuscado diseño de pavos reales y faisanes que  convivían en un paseo entre la fronda. La luz que filtraba,  enriquecida con este colorido, resultaba en un  juego de pinceladas repentinas y cambiantes. Estaban  sentadas en una de las mesas, cuando se acercaron unas muchachas al mostrador y una de ellas  hizo grandes aspavientos al saludar a Concepción. La besuqueó, la trató de “gorda divina”, le prometió presentarle un novio para llevarla a bailar, y la conminó a no faltar a ninguna de las clases, que, sin ella, serían “un plomazo”, sentenció la chica. Concepción se relamía con los elogios y halagada por esas fiestas, salió pavoneándose como una de las aves del vitraux.
 Pero eso había sucedido unos meses antes y Saralía  lamentaba que aquella ingenua alegría de Concepción se tuviera que extinguir. Y ése  era el motivo de esta salida. El porqué de que ahora estuviera incómoda, con sueño y desganada, en medio de la algarabía ajena.  Se habían propuesto darle un momento de solaz a Concepción antes de la dura prueba que enfrentaría en las próximas semanas. Entre varias se habían reunido, al conocer la noticia, y habían decidido hacer esta salida, sin decirle a Concepción los motivos, ya que no parecía estar enterada o al menos no demostraba saberlo. Irene Saracedo, del 3º, una de las pocas que conservaba marido - aunque el hombre sufría una suerte de neurastenia crónica que le hacía intolerable el trato con los demás, y vivía encerrado y en silencio-, tomaba la calle por su cuenta con cualquier excusa. Era una morena menuda y rellenita, de unos 55 años, llena de energía y ganas de divertirse. Fue ella quien compró con dos semanas de anticipación, quince entradas  para “El bailongo de los Tanos”, un espectáculo con reminiscencias de las décadas del 50 a los 70. Muy promocionado en la televisión y la radio,  con un público que colmaba el teatro en cada función, prometía ser el espectáculo ideal para esa suerte de despedida a Concepción.
Saralía no supo negarse. Su nieto mayor, Santiago, que hacía la sección judiciales en el diario local, le había adelantado unas semanas antes la mala noticia: el hijo único  de Concepción, un comisario retirado, sería llevado a juicio oral por el asesinato de dos adolescentes cometido durante su gestión en la unidad a su cargo. El fiscal prometía pruebas contundentes del hecho, y agravantes de malos tratos y torturas en casos previos. Otros dos policías de rango menor estaban implicados, pero el peso de la condena mayor caería sobre el principal responsable, el comisario Evaristo Delfidio Uriarte. La prensa venía dando la información en dosis muy reducidas, lo que explicaba la actitud de prescindencia de Concepción, aunque cabía pensar que fingiera, o que estuviera esperando un milagro. Sin embargo, la inminencia del juicio en los tribunales provinciales, ya estaba atrayendo a medios de diversos puntos del país, y sería inocultable. Ninguna de  las amigas del grupo de vecinas, se animaba a planteárselo directamente a Concepción si ella no lo mencionaba. A Saralía la noticia traída por su nieto la conmocionó de tal modo que por varios días prefirió evitar a la pobre mujer.       
 Y así llegó la noche de la salida, el 15 de septiembre. Durante el trayecto de la ciudad a Buenos Aires,  a Saralía le pareció que ya se les había olvidado, a las demás, cuál era el origen de la salida. Se sintió aislada y supo que no estaba bien lo que había aceptado. Había accedido, presionada por la cortesía, a una farsa, se cuestionaba mirando por la ventanilla hacia el campo llano por donde corría la autopista. Poco era lo que conocía de Concepción. Que era viuda desde hacía veinte años, que había llegado a vivir a la ciudad cuando su hijo se incorporó como cadete a la Escuela de Policía, y que se llevaba bien con él, pero no con la segunda mujer. La pareja vivía en una chacra en Brandsen, adonde Concepción iba algunos fines de semana, si es que el hijo venía a buscarla, lo cual no ocurría con mucha frecuencia. Los dos nietos, hijos del primer matrimonio del comisario, poco se veían con la abuela, por sus muchas ocupaciones, aunque “eran muy cariñosos”, aseguraba Concepción.  Le había contado estas cosas en los primeros encuentros como vecinas, y si bien se habían hecho amigas no eran muchas las confidencias personales que intercambiaban. A esa altura de la vida, lo que se calla es lo más confortable para estar acompañada, pensaba Saralía. Una estética del comportamiento: no dejar al aire las heridas abiertas, ni las duras cicatrices, no con cualquiera, ni en cualquier momento.
 En el salón de luces tintileantes pasan ofreciendo café y helados. Saralía acepta el café. Otro para mí, oye que piden desde la mesa de enfrente. Es un hombre que parece haber estado observándola. ¿Me habrá visto durmiendo, bamboleando la cabeza? ¿Habré babeado? –se pregunta incómoda, pasándose la mano por la barbilla.
-         ¿Me puedo sentar acá un momento?
-         Claro, sí. Sí, cómo no  –tomada de sorpresa,  da su respuesta automatizada.
-         Me pareció verla … aburrida, por eso me tomé el atrevimiento … pero si le incomoda me voy ya mismo.
Saralía hace un gesto vago que el hombre interpreta como un asentimiento. Es un individuo de unos cincuenta o sesenta años, con algo anticuado entre el corte del traje y el ancho de la corbata. Saralía infiere que en la poca luz, el hombre debe haberla  creído más joven.
-         A mí me trajeron mis hermanas, tengo dos, un poquito mayores que yo. Piensan que me hace falta distraerme, salir.  Están allá ¿las ve? Bailando con los músicos. Son esas señoras de azul, qué cosa, se vistieron casi iguales. Muy guapas … sí, muy guapas. Mis hermanas son así, desprejuiciadas. No les importan los años. Les gusta mucho la farra, el baile, todo esto para ellas es … es fantástico.
-         Pero para usted no, ¿no es cierto? –pregunta Saralía mirándolo a los ojos.
-         Bueno, hasta hace poco para mí también. Lo que sucede es que … Bueno, mire, le voy a contar -el hombre se resuelve de pronto, aproximando la silla-. Mi mujer, cuarenta años de casados, bueno, 37, es casi lo mismo ¿no?, me dejó, así como le digo. Me de-jó. Se fue de la casa hace tres meses, ¡tres meses ya!,  con … bueno, eso no está probado, pero estamos casi seguros, con el amigo de mi hijo, un muchacho de 28, creo, ni sé. Ni sé, mire, si llega a los 28. Ella se fue, ¿se da cuenta? Ahora lo puedo contar, al principio no podía ni hablar. Un matrimonio consolidado ¿me entiende? Todo estaba bien entre nosotros, bah, como puede estar en una pareja de tantos años, pero de todas maneras, con hijos ya grandecitos, profesionales. Mis dos hijos son profesionales ¿vio? El varón,  veterinario; la nena, contadora. Los mandamos a la universidad y después se quedaron a vivir nomás en La Plata. Nosotros somos de San Vicente, cerquita ¿conoce? Ah, conoce. Donde iba a descansar Perón ahí, sí. Una quinta grande, linda. Bien cuidada la tienen. Como un museo es ahora. Por eso se conoce la localidad, si no ni aparecía en los diarios, ¡imagínese!
Saralía asiente. Se limita a levantar las cejas o a redondear los labios. 
-          Bueno, como le contaba, me encontré de pronto solo, con una carta que todavía no entiendo. Ella, Evelia, mi mujer, Eve le decía yo, me decía que se iba, que dejaba todo. Mire, ¡de agarrarse la cabeza! ¡De dársela contra las paredes, que fue lo que hice los primeros días! Pam, pam, pam, me golpeaba hasta quedar idiota. Jubilado, como estoy, ¿qué otra cosa me quedaba por hacer? Jubilado del Banco Nación ¿sabe? Sí, 40 años de servicio- se admiraba al decirlo-. Bueh. Mis hermanas se enteraron y Severina, la mayor, que es viuda, se vino a acompañarme y  a tratar de sacarme del pozo, porque yo no sabía dónde estaba ni quién era, ni nada. Terrible. ¡Una mufa, una depre, como le dicen, terrible! Eeh ... Severina se instaló en casa y  con Serapia, mi otra hermana -¿le parece raro?- Sí, mis padres buscaban nombre originales, para destacarnos, ¿sabe?, para compensar el apellido muy repetido. Porque tanto mi madre como mi padre son, bueno, eran, García. Nada que ver entre ellos, ni primos, nada. Una buena política, ya lo creo. Preferían la “S” para las mujeres. Para los varones la “A”. ¡Vaya a saber por qué!  Argimiro, Astromerio, Aulitino. Bueno, en fin. Por dónde iba, ¡Ah! Con Serapita, le decía, vinieron las dos a poner orden y a darme ánimos. Pero es difícil, qué quiere que le diga. Todavía me parece mentira.
-         ¿El suyo? El nombre, digo.
-         Ah, disculpe, no me presenté. Aulitino. Soy el menor. Aulitino Onofre García. Con el segundo eran más liberales.
-         Ah, Aulitino. Qué bien –elogia Saralía, como en  un consuelo pueril.  
-         Sí, un nombre … especial, raro, pero qué sé yo, uno se acostumbra ¿no? Este … no sé qué le estaba diciendo. Ah, sí, mis hermanas. Ellas hacen lo posible, me llevan a comprar ropa, a conocer restaurants, a viajecitos de jubilados, pero qué quiere que le diga, yo ….  todavía estoy como en el aire, a veces-. El hombre se masajea las sienes y la frente.   - Pero cuénteme de usted. Qué barbaridad, hasta ahora estoy hablando yo solo. Disculpe, eh, disculpe. Me embalo con lo mío. La escucho.
 Se acomoda en la silla, solícito, tratando de recomponerse del torrente confidencial que acaba de atravesar.
Pasan unos minutos. Saralía está concentrada, mirando el borde del mantel. De pronto, levanta de a poco la cabeza, y extendiendo las manos:
-         Bien. A ver, por dónde puedo empezar, sin asustarlo.
-         Nooo. Si a mí ya nada me asusta. Diga nomás. Tranquila.
-         Yo soy viuda. Madre de un único hijo. Ese único hijo está condenado por asesinato. Dos crímenes. En pocos días más vendrá la sentencia final y será llevado a la cárcel de por vida. Si, sí, perpetua. Es lo que le corresponde. Yo, que soy su madre, también lo condeno -afirma, neutral y seca.
El hombre está mudo. Ella no levanta la vista.
-         Mis amigas -continúa-, ese grupo que usted habrá visto en la mesa, me han traído hoy acá para despedirme de la vida tranquila, sin vergüenzas, que había vivido hasta ahora. ¿Comprende? Quieren entretenerme. Así que … bueno, eso es para empezar, como le decía-. No lo mira hasta llegar a la última frase. Entonces ve la intensa palidez del hombre. Lo ve esforzándose por tragar saliva, decir algo. Ella aparta la mirada, y la dirige hacia adelante, allá, en el escenario, donde está Concepción con  pasos desacompasados pero alegre, tratando de ponerse a tono con el ritmo del chá chá chá del “Orangután y la orangutana”.
Aulitino García barbotea unas disculpas inconclusas, se le fruncen los labios y empieza a retirar de a poco la silla.
-         Gracias igual por su compañía –le tiende la mano Saralía-. La de él está sudorosa y blanda.
    -    Voy a buscar algo fresco para tomar. ¿Le traigo a usted? –alcanza a articular.
-         Ya vienen mis amigas. Nos vamos pronto. Le agradezco- contesta en una sonrisa soñolienta.
Al poco rato, las luces se encienden. El grupo vuelve a juntarse y buscar abrigos y carteras. Salen al fresco de la noche, a esperar el transporte que vendrá a llevarlas.
Saralía, respirando hondo, se acomoda en el asiento de la combi, los ojos muy abiertos. Las otras se duermen antes de la mitad del trayecto. Ella mira el campo iluminado por la luna, y piensa qué cosa simple y liberadora es la ficción.
                                                         II

   El juicio oral al comisario Uriarte comenzó dos meses después de lo previsto. Los diarios y los canales de televisión lo difundieron puntualmente. Condena perpetua. Pero Concepción no llegó a enterarse. Pocos días después de la despedida de sus amigas se desplomó mientras bailaba salsa. Evaristo Delfidio asistió escoltado por guardias de seguridad, al momento en que bajaban el cajón en el cementerio. Su mujer no lo acompañó.  Alguien comentó que ella lo había abandonado antes del juicio, siguiendo a un amante más joven. - Era previsible – dijo Saralía, sin explicar por qué.