Cabritas
graciosas y un lobo desafortunado
Muchos
años atrás vivían en una casa a la entrada del bosque, una madre cabra con sus
siete cabritas. Todas eran muy vivarachas y bromistas. Como salían poco, porque
la mamá tenía miedo a los ataques del lobo, las cabritas se entretenían
inventando juegos y haciendo manualidades y experimentos con lo primero que
encontraban a mano (o a pata). También
les gustaba hacerse bromas de miedo entre ellas o a las visitas que recibían. En la
parte de atrás de la casa, tenían la huerta, y al fondo, bajo un cobertizo,
dormitaba casi todo el día el abuelo de la madre cabra y bisabuelo de las
cabritas, un macho cabrío muy grandote, de gruesos y largos cuernos. De tan viejo que era, estaba medio
sordo y casi ciego y sin dientes, aunque
guardaba en un tarro una enorme y amarillenta dentadura postiza. Toda la
familia comía las verduras de la huerta y así no tenían necesidad de salir a
hacer compras. Pero una mañana madre cabra tuvo que salir a buscar leña al
bosque, y les dijo a sus hijas que podía aparecer el lobo, así que debían
cuidar de no abrirle la puerta por nada del mundo. También les advirtió que era
posible que el lobo quisiera engañarlas con algún truco. Luego de muchas y
repetidas recomendaciones, la señora cabra partió. Cuando las cabritas oyeron
la palabra “truco”, se les despertó la imaginación y ni bien la mamá se alejó,
comenzaron a hacer planes y prepararse para la llegada del peligro.
Lo
primero que hicieron fue ir a despertar al bisabuelo. Las dos cabritas mayores con
la ayuda de las dos que le seguían, trajeron al macho cabrío con gran esfuerzo
al centro de la sala. Las más chicas lo cepillaban y le abultaban la larga y
oscura pelambre. Como el viejo no se
bañaba desde hacía años, apestaba bastante, pero las cabritas se aguantaban el
olor y lo mantenían de pie. Estaban
colocándole la dentadura a la que le habían agregado un raro sabor y color,
cuando llamaron a la puerta.

La cabrita más pequeña se asomó por la pequeña
ventana del frente y vio que era el lobo. No le preguntaron nada y dejaron que
llamara dos veces más. A todo esto el viejo macho cabrío, estaba
impacientándose de tener que estar ahí y con la dentadura puesta, y empezó a
protestar. Entonces lo empujaron hasta quedar bien cerca de la entrada,
apagaron las luces, abrieron apenas la puerta y Laurelina, la cabrita segunda,
le dio un pinchazo al bisabuelo en las nalgas, justo cuando el lobo miró para
adentro. El viejo macho cabrío dio un alarido horrible y al abrir la boca los
dientes relucieron como si tuvieran fuego. El lobo, al enfrentarse a ese animal monstruoso, dio un salto y un
aullido de terror, y salió disparando patitas pa’ que te quiero.
Las
cabritas festejaban de alegría el gran susto que le habían dado al lobo, y el
bisabuelo, por primera vez en años, también se rió mucho y les perdonó el
pinchazo.(Los viejos son así, achacosos y gruñones, pero cuando saben que han
sido útiles, se alegran y divierten como chiquilines). Lo llevaron de vuelta al cobertizo cuando se
cansó, pero antes le sacaron la dentadura que tanto lo molestaba. Es que la
cabrita mayor, Cordelina, había hecho un menjunje con fósforo y témpera roja,
que le daba el aspecto terrorífico que tanto espantó al lobo.
Este,
muy avergonzado por su cobardía, no volvió a aparecer ni ese día ni otro por los
alrededores de la aldea. Con mucha rabia, se paseaba solitario y hambriento por
lo más profundo del bosque preguntándose
cómo enfrentar al poderoso enemigo que vivía en la casa de las cabras. Daba
vueltas y vueltas recordando con temor aquellas fauces de fuego. Distraído y
caviloso, en una de ésas llegó a las lindes del bosque. Se asomó entre los
árboles y vio que por la avenida
central pasaba el carromato de un entierro
muy popular, a juzgar por la mucha gente que lo acompañaba con cantos y arcos
con flores, mientras un grupo de jóvenes
iba bailando al son de las flautas. Esa noche se enteró, en la taberna, que
había muerto el gran Armando Cornelio, el macho cabrío abuelo de la madre
cabra, personaje famoso en la aldea por las grandes conquistas de su juventud y
lo bravío de sus cornadas. ¡Ah, qué alivio sintió el lobo!
-
En la primera oportunidad que las cabritas se queden solas, vuelvo a ir, -se
dijo-, y se relamía por anticipado saboreando el rico gusto de la carne joven.
Esperó,
espiando la casa, y una mañana vio que madre cabra volvía a salir llevando una
canasta en una mano, y el monedero en la otra. Está de compras, tardará en
volver- se dijo el lobo-, y cuando la vio perderse en un recodo del camino, fue
a golpear al llamador de la casa.
-
¿Quién es? –preguntó Teodolina, la
tercera de las cabritas.
-Soy
mamá, ábranme, me olvidé una cosa.
-
Qué vas a ser mamá, ella no tiene esa
voz tan gruesa. Sos el lobo y no te abriremos- le dijeron a coro las siete
cabritas.
El
lobo, al darse cuenta de que con su voz no las engañaría, fue a buscar una
docena de huevos y a hacerse gárgaras con las claras. Estuvo en eso un rato. Las
cabritas sabían que podía regresar, así que en seguida imaginaron cómo
prepararse para la próxima visita y hacer que al lobo no le quedaran ganas de
volver nunca más. Revisaron febrilmente toda la casa, y buscando en la alacena de la cocina, Laurelina, la
segunda de las hermanas, que era muy ingeniosa y organizada, les dijo:
-Ya
está. Usaremos el aceite. Mamá se enojará un poco al entrar, pero en seguida
nos disculpará. Reganila, tú toma el garrote. Teodolina, busca la estatuilla de mármol de la abuela. Franelina, ten las velas y
fósforos a mano. Nemorosa, tú que eres la más fuerte, tirarás del cordel de la
puerta. Ve, rápido, átalo al picaporte.
Ahora, todas, arrimemos hacia la entrada estos muebles y después
corramos a esperar desde la escalera.
Cuando
el lobo volvió a llamar al poco rato, con la voz suavizada por las claras de
huevo, Cordelina, la mayor, fingió que le creía.
-Bueno
mamita, ya te abrimos, estamos a oscuras porque se cortó la luz y no
encontramos las velas. Pero ya va, ya va.
El
lobo esperó unos segundos y de pronto vio que la puerta se abría. Entró rápido
y cerró. Pero adentro estaba todo muy oscuro. Quiso volver a abrir la puerta para
tener luz pero dio dos pasos y se patinó. Trató de agarrarse de algo, aunque no
veía nada y cuando a duras penas pudo levantarse, se volvió a patinar y a dar
la cabeza contra algo duro. Aulló de dolor, y trató de pararse, pero sentía las
patas resbaladizas y el pelo humedecido con algo untoso. No entendía qué pasaba y estaba desconcertado y furioso,
cuando se encendió a lo lejos una vela,
una luz muy débil. El lobo alcanzó a ver a su alcance, una pata de cabra joven.
Se estiró a darle con todo su ímpetu un
gran tarascón pero sus dientes dieron contra algo muy, muy duro. ¡Qué dolor! Se
llevó la mano derecha al hocico y
comprobó que se había quedado sin los dientes. ¿Era posible? Además no podía erguirse de tantas patinadas
que daba. La vela se había apagado y él no veía a las cabritas, aunque podía
olerlas. Esto le enfurecía aun más, y daba vueltas y vueltas en el piso,
golpeándose contra superficies duras o pinchudas cada vez que intentaba
levantarse. Todo lo lastimaba; de pronto sintió un golpe muy fuerte en la cabeza y perdió el conocimiento. En ese momento se abrió la puerta y madre
cabra se quedó en el umbral, sorprendida de lo que veía: el lobo estaba
despatarrado entre los muebles con la
boca abierta y desdentada y la cabeza llena de chichones, mientras las cabritas, subidas a la mesa,
sostenían una, un garrote; otra un rastrillo; otra un azadón; todas tenían
alguna herramienta y parecían estar esperando el despertar del lobo. Madre
cabra, que comprendió en seguida la situación, le quitó las tijeras de podar a
una de las cabritas, y se puso a
cortarle las garras al lobo, aprovechando su desmayo.
Cuando
el maltrecho lobo se despertó, estaba tirado en las afueras de la casa, hasta donde
lo habían arrastrado las cabritas y los vecinos que vinieron a ayudarlas.
-
Señor lobo -le dijo la madre
cabra-, vaya a lavarse que está lleno de
aceite, y después venga si quiere, lo invitamos a almorzar una papilla de
arvejas, ya que ahora usted tendrá que hacerse vegetariano. Lamento decirle que
no le quedan a usted dientes, ni garras con que atrapar cabritas ni corderos-.
Al
lobo se le llenaron los ojos de lágrimas al mirar sus patas mochas y sentir la
lengua sobre sus encías llenas de agujeros. Un solo colmillo roto le
quedaba. Más muerto de vergüenza que nunca, se alejó con la cola entre las
patas, a bañarse en el río. El agua fría le alivió los chichones, el mareo y la
sed. Pero no el apetito. Pasó todo esa tarde a orillas del río chupando unos
yuyos, pero era tanto el hambre, que antes de que se hiciera de noche, volvió a
la aldea, golpeó con humildad en la casa de las cabras, y pidió si por favor le
daban un poco de papilla. “De la que coman ustedes”, agregó.
Desde
ese día, el lobo, inofensivo y tristón, se convirtió en la mascota vegetariana de
la aldea. Las cabritas jugaban con él, como antes con el bisabuelo, y un día,
cuando se hizo viejo, le dieron hospedaje en el cobertizo donde no hacía más
que dormir y soñar.
Era en sus sueños – pero sólo en los sueños- cuando
volvía a ser el temible animal salvaje y
carnicero de su feroz y lejana juventud.