sábado, 5 de octubre de 2013

Diario de octubre

4 de octubre 2013

Voy a subtitular, ya que es largo y de variados tópicos:

Efemérides
Hoy mi abuela Julia -Giuditta Ravina en realidad-, hubiera cumplido 126 años. Pero a mí no me parece mucho. Es que la recuerdo como cuando tenía 80 y pico, muy enérgica, taconeando con sus zapatos número 35, siempre vestida de azul, activa, quejosa de su soledad pero alegre y dispuesta, y es la voz, puedo recrear perfectamente su voz, lo que hace que no me parezca ni tan anciana, ni tan inexistente.
Diario 
Es  viernes, y a la mañana estuve en casa, hasta que al mediodía partí a pagar cuentas, con un librito a cuestas para soportar la segura y dilatada espera en el banco local. Me llevé, para releer, Los bárbaros,  de Alessandro Baricco. Cuando lo leí la primera vez, lo subrayé bastante, en párrafos que había olvidado. Es un ensayo interesantísimo, y aunque muy eurocéntrico, no deja de dar en el clavo en asuntos que a nuestra generación le generan, en otro ámbito, la misma preocupación. Pero como el autor empieza no directamente en el tema, sino en las dudas sobre el libro en sí y su ambiente como escritor,  había subrayado -vi esta mañana mientras hacía la cola para pagar IOMA- lo que ahora transcribo: 
"De vez en cuando, y no sólo en el trabajo, uno busca la indigencia. Y es probablemente una forma de recuperar cierta autenticidad". Se me aplica, claro, me calza en lo más decisivo de mi tiempo presente.
Y luego, con respecto al tema en sí, subrayé, " ...el asunto que me gustaría comprender: en qué consiste la mutación que veo a mi alrededor. Si tuviera que resumirlo diría lo siguiente: todo el mundo percibe, en el ambiente, un incomprensible apocalipsis inminente; y por todas partes, esta voz que corre: los bárbaros están llegando. Veo mentes refinadas escrutar la llegada de la invasión con los ojos clavados en el horizonte de la televisión. Profesores competentes, desde sus cátedras, miden en los silencios de sus alumnos las ruinas que ha dejado a su paso una horda a la que, de hecho, nadie ha logrado, sin embargo, ver."
Imposible no evocar el silencio de mis alumnas de 4to. año del Profesorado de Lengua y Literatura, cuando les pregunté en qué siglo estábamos. Y ante el inexplicable pero dilatado silencio, bueno, que me dijeran al menos en qué siglo habían nacido. A lo cual, después de una tensa espera, una de ellas, mujer de más de 30, con timidez lanzó, casi preguntando: " en el XIX" (¡¡¡). Pero bueno, pesadillas de la docencia no sólo argentina, que se han disuelto en la jubilación, o jubileo, disfrute, celebración, en fin, de estar alejada de esas barbaries.
 Deberes
Al libro de Baricco, de fácil tamaño para la cartera, lo seguiré leyendo en otras esperas, porque en casa me aguardaba, después del mediodía y charla telefónica con dos amigas, la continuación de esta especie de seminario privado que me he diseñado con la literatura e historia rosista.  Y en eso estuve en la biblioteca, adonde me llevé calefactor, termo, tostadas, para consultar el tomo 1 de la Historia de la Literatura Argentina, de Centro Editor de América Latina. Y como eso me remitiría a Viñas, me puse a buscar, después de acabado el fascículo de romanticismo, Literatura argentina y realidad política, al que en principio, con gran alarma, no encontré en su correspondiente estante. Sí en cambio, De Sarmiento a Cortázar, pero yo estaba segura de que el otro lo tenía en una edición con tapas coloradas. En la búsqueda, apareció un librito de lomo blanco, como ajeno a ese espacio. Lo saqué. Era Caballos blancos, de Mirucha. Lo aparté para llevarlo a la mesa de luz. Y esto tiene algo de extraordinario, a lo que iré en seguida que termine con Viñas. Al fin, mirando con cuidado, encontré, pegado a otro, la Literatura argentina, etc.,, en una edición azulina o gris, de Capítulo, pegada, con las hojas que se sueltan al tratar de leerlo. Pero bueno, ahí estaban los capítulos referidos a Amalia, que era lo que buscaba y leí y me divertí, como no puede ser de otro modo viendo cómo Viñas remeda el estilo Mármol, además de desmenuzar los criterios ideológicos que lo llevan a las antinómicas y famosas  descripciones del mundo federal y del unitario. Igual que en Echeverría, y mal que les pese, son literariamente eficaces los primeros, y retóricos y ridículos en su almibaramiento, los segundos. Cosa que uno se da cuenta, no es necesario que lo diga Viñas, ni Jitrik, pero  es interesante ver de qué manera lo analiza Viñas, tan dramáticamente marxista, sartreano, impugnador, como dijo Piglia una vez,  "su modo de hacer crítica era siempre hallar culpables". Claro que con Mármol no hay vuelta, es tan evidente la carga ideológica que para Viñas es como pan comido. Bueno, y luego que decidí cerrar el libro e ir a la cocina a prepararme un café, sonó el teléfono.
Llamadas, coincidencias y visita
 Era Chichita, que entre otras cosas de su charla, casi al final, me dijo como si yo ya lo supiera "lo que le había pasado a Mirucha". Me asusté mucho. No sabía nada, pero unos minutos antes había estado leyendo sus poesías, a los saltos, pensando que a Chichita le habían impresionado tanto. Y ahora ese llamado de ella, en quien había estado pensando, y esa noticia de Mirucha, a quien había estado leyendo. La habían asaltado, le contó una amiga común. La habían golpeado, maltratado, en su casa. Corté con Chichita y llamé a Mirucha. Contestó el automático "que en ese momento, etc.". Me abrigué, cerré las ventanas, y partí a verla. Me atendió Lucas, el hijo de Felicitas y Guillermo L. Mirucha, cuando me vio, salió a recibirme, muy entera. Nos abrazamos, yo emocionada de verla tan bien, y ella feliz de recibirme. No tenía marcas, ni lastimadura alguna, a pesar de que el asaltante -un muchacho solo- la zamarreó y quiso atarla, llevándola a los golpes hasta querer encerrarla en el baño. Felizmente, en ese momento había llegado la señora que la acompaña, y con sus gritos ahuyentó al ladrón. "Me pedía plata y oro", me decía Mirucha, entre sorprendida y risueña por el reclamo. Igual le robó de la cartera unos cuantos pesos. Y aunque le revolvió un alhajero, el anillo que le regaló Rex, me dijo, se cayó debajo de la cama y se salvó. Esto la dejaba tranquila. Y además, nos dijo,  estaba contenta porque había pasado por una experiencia que no conocía y había salido bien.
Es extraordinariamente positiva, nos reímos recordando "otras experiencias desconocidas", como cuando un auto la atropelló en la diagonal 74, la levantó por los aires y ella dio con la cadera en el asfalto y la cabeza en los adoquines. Pero en ese momento, estaba apretando una medallita de no sé qué virgen o santo que tenía en el bolsillo, y no le pasó nada serio. Se levantó entre el mundo de gente que la rodeaba y acosaba a preguntas, y como se distrajeron esperando una ambulancia, ella decidió salir caminando y fue, acompañada por una señora, hasta la vinería del yerno, a unas 2 cuadras del accidente. La nota graciosa se añadió cuando nos dijo que esa señora, se presentó poco después en la vinería, a pedirle a Enrique le regalara whisky y otras bebidas, como compensación. Sostenía que me había salvado la vida, decía Mirucha, a las risas. También me estuvo mostrando cómo teje esos collares de lanas de colores que llevaba puestos el día del homenaje a Ana Emilia. Tomó una gruesa aguja de tejer crochet, enganchó la lana, y con trabajo, sus manos temblorosas por el Parkinson, me hizo ver cómo se forman las cadenas, algo dificilísimo para mí que no tengo daño ni temblor alguno. El médico nuevo que la atiende, le ha quitado la medicación Misoline Primidona, (gran admiración de Mirucha por ese nombre del que resultó un cuento y hasta poesías jocosas), y ahora toma un medicamento que la está mejorando notoriamente.

Una visita que pensé iba a ser de pesar, y resultó divertida y llena de ternura, como ha sido siempre mi mundo compartido con esa maravillosa persona que es Mirucha Almeida.

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