miércoles, 7 de enero de 2015

Jardín en una esquina



Cuando paso miro. Siempre descubro algo nuevo. Al principio, cuando empecé a mirar tras el enrejado que cerca el terreno, lo que más llamaba mi atención era la magnitud del tronco del inmenso eucalipto hacia el centro del jardín. Debe tener más de 2 mts. de diámetro. A su alrededor se extienden las sombras y el árbol domina en tal forma ese espacio, que toda la atención del paseante parecería capturada por él. Pero la inspiración de la dueña de casa ha ejercido su poder para torcer esa atención convocante del árbol, hacia ornamentos cada vez más expansivos. Patos de cerámica pintados de colores, se enfrentan cerca de la reja. Son de tamaño natural, digamos. Primero noté eso, los patos. Fuentones de lavar convertidos en macetas, un lavatorio cuadrado chiquito también con flores, baldes de albañil pintados, etc.  Pero ahora se han ido incorporando variedad de motivos. Por ejemplo, ayer descubrí o creí ver, un papá noel en cuatriciclo. La cerámica, o resina así esculpida, no era muy grande. Se elevará unos 12 o 15 cms. del suelo. Muy colorido. Ya había estado mirando otra composición, así que capté ésa casi al pasar, y hoy, en mi nueva caminata, la rectifiqué: no es un papá noel en cuatriclo, pero se le parece. Es un anciano de barba, muy gordo, sobre un tractor. Algo lleva en la espalda que todavía no pude observar bien. 
La composición que había llamado mi atención ayer, es relativamente reciente, y se ve que día a día se renueva. Consiste en la imitación de un estanque, lograda a través de una placa metálica rectangular, (¿una gran radiografía?) doblada hacia arriba en los lados más largos. Hasta ayer, los elementos que configuraban este grupo ornamental eran los siguientes: unas tres o cuatro ramas largas con flores rosas, como de cerezo, colocadas horizontalmente hacia el lado derecho. En el izquierdo, dentro de la  fuente ficticia, una gran sapo verde, de costado, mirando hacia las ramas floridas. Por fuera del estanque virtual, pero a su vera, otra vez unos patos, uno en cada lado, y alineados en el frente, desde hoy, creo, un pastorcito de yeso con su cayado en alto, y cerca de él, unos hermanitos jugando  y más allá un florero con ramas de plástico. 
También descubrí que en su modo de salvar objetos con fines jardineriles, la dueña de casa ha convertido a uno de esos canastos de plástico enrejado que se usan para transporte de yogures, en un tiesto azul con tierra y flores. Es una creatividad incesante, y todo hace pensar, dado el modo en que se ha ido acelerando la incorporación de elementos, que seguirán produciéndose novedades en los próximos días. Tengo que llevar una libreta de notas, porque son muchas y muy diferentes, y temo olvidarme los detalles, o confundirlos, como ayer al abuelo del tractor.
Al día siguiente:
Hoy debo rectificar algunos pormenores: el árbol tiene el doble, tal vez, del diámetro calculado. A su pie, un banco blanco de respaldo alto, ofrece descanso.
El anciano barbado del tractor, ya no está suelto en el césped, lo han metido en el cajón azul de yogures con una buena base de tierra, que poco ha de durar, dadas las lluvias recientes y 
los muchos agujeros. Así encerrado, el viejito gordo ha perdido un poco de su gracia aventurera.
Otra incorporación a la fuente ficticia: un hongo redondo con casita adentro, cuyo dueño, un gnomo soñador, se relaja en la curvada superficie del techo. Este hongo, está ubicado a la izquierda, antes del pastorcito y el adorno de los hermanitos que resultaron ser unos cachorros traviesos de variado pelaje.
Veremos qué nos depara en los próximos días, este jardín en una esquina.
         Tranvías de la infancia

Hoy he intentado explicarle a un joven
el paso del tranvía en la ciudad.
El traqueteo, el chirriar de los frenos
La esquina y el cruce hacia el umbral
Las calles, un tablero de adoquines aceitados
Donde se recostaban las siestas del verano
Y un resplandor metálico de escarchas
Como cristales frágiles crujían
Quebrando el fiel silencio del invierno

La abuela llevaba a las niñas
Formales y educadas de visita.
Y las niñas rogaban y rezaban
Que las visitadas no estuvieran.

Las niñas amaban el tranvía y sus paseos
Y esperaban el milagro de seguir arriba
Sin ceremonias del té ni besuqueos.

El tranvía llevaba la libertad en sus rieles

Las niñas la impaciencia  de la infancia en alas.