¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida senda
por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido! (Fray Luis de León, Oda a la vida retirada, fragmento)
Es un blog donde incorporo textos escritos por mí, o de otros. Es esencialmente literario, con contenidos de poesías de humor para chicos, de otro humor para grandes y de ficción o mentiras verdaderas, en general.
viernes, 18 de noviembre de 2011
Textos amigos
Dice Edward Fitzgerald (1809-1893), en carta a un amigo: "Pero ya ves que mi pecado original es haber elegido permanecer en un lugar como éste; lo cual implica ciertamente un talento para la pereza que ninguna situación ni intercambio humano podrían mejorar mucho. Es verdad: realmente me gusta quedarme sentado en este triste lugar, con un buen fuego delante, un gato y un perro sobre la alfombra, y una vieja mujer en la cocina. (...) Así como no tengo de quien contaros, así tengo poquísimos libros, y no sé nada de cuanto agita al mundo literario. (...); en cuanto alcanzo yo a ver, los filósofos antiguos están tan al alcance ahora, como hace dos mil años. Quizás pensarás que no es decir mucho. No creas que me parece buena filosofía mantenerme aquí fuera del mundo y practicar un dulce epicureísmo; no es así; no hago sino seguir algo que es inclinación natural, e ignoro si podría conducirme mejor en un sistema más complejo".
lunes, 17 de octubre de 2011
Mis haikus
Estío
Sol sobre los ojos
cangilones troperos
almácigos de la Alhambra alimonados
Siesta afuera
Cigarras en la siesta
vibración de tallos y jazmines
y un desgarro de párpados cegados
Ocaso
Listado de vino y moras
late al poniente
el corazón del llano
Legado
Llanura que estás por decir algo
el infinito Borges se ha llevado
tu intraducible mensaje
Sol sobre los ojos
cangilones troperos
almácigos de la Alhambra alimonados
Siesta afuera
Cigarras en la siesta
vibración de tallos y jazmines
y un desgarro de párpados cegados
Ocaso
Listado de vino y moras
late al poniente
el corazón del llano
Legado
Llanura que estás por decir algo
el infinito Borges se ha llevado
tu intraducible mensaje
lunes, 26 de septiembre de 2011
jueves, 15 de septiembre de 2011
Citas
de Erasmo de Rotterdam
hace alrededor de cinco siglos Erasmo
escribía: … como nada hay en el mundo que no esté lleno de necedad, y hecho por necios y para
necios, yo aconsejaría a aquel que pretendiera ir contra la corriente que, imitando a Timón el
misántropo, se vaya a un desierto, y allí solo podrá refocilarse con su sabiduría.
hace alrededor de cinco siglos Erasmo
escribía: … como nada hay en el mundo que no esté lleno de necedad, y hecho por necios y para
necios, yo aconsejaría a aquel que pretendiera ir contra la corriente que, imitando a Timón el
misántropo, se vaya a un desierto, y allí solo podrá refocilarse con su sabiduría.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Arboles
Vivir en silencio,
como los árboles
cuyo murmullo se lo trae el viento,
no ellos nunca, centinelas sin voz,
soldados del callado verdor que siempre espera.
Vida reconcentrada hacia adentro
discurren sin pausa
como arroyos,
humores, soledades.
Penas
entre riberas sombrías, a veces.
Dichas,
en soleados llanos de la alegría, otras.
*
Vivir en silencio,
como los árboles
cuyo murmullo se lo trae el viento,
no ellos nunca, centinelas sin voz,
soldados del callado verdor que siempre espera.
Vida reconcentrada hacia adentro
discurren sin pausa
como arroyos,
humores, soledades.
Penas
entre riberas sombrías, a veces.
Dichas,
en soleados llanos de la alegría, otras.
*
Septiembre
Septiembre
Sol de tarde de septiembre.
Bajo el follaje circular del azaharero
una pared de hierba me encapsula.
Un orbe vegetal me está moldeando
donde raíces serpenteantes traman
su escritura secreta y subterránea.
Y una impaciencia de fuga
de todo lo que vive
y de todo lo que ya es muriente,
caracolea entre las sombras verdes.
Esta espiral de vida y muerte asciende
enlaza savia y sangre
piedras y terrones
huellas de la memoria y siembras del deseo.
El último sol abre crisálidas de luz
en la red orbital que me cobija.
Sol de tarde de septiembre.
Bajo el follaje circular del azaharero
una pared de hierba me encapsula.
Un orbe vegetal me está moldeando
donde raíces serpenteantes traman
su escritura secreta y subterránea.
Y una impaciencia de fuga
de todo lo que vive
y de todo lo que ya es muriente,
caracolea entre las sombras verdes.
Esta espiral de vida y muerte asciende
enlaza savia y sangre
piedras y terrones
huellas de la memoria y siembras del deseo.
El último sol abre crisálidas de luz
en la red orbital que me cobija.
viernes, 12 de agosto de 2011
jueves, 11 de agosto de 2011
Saki, sus cuentos
Sredni Vashtar
[Cuento. Texto completo]
Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.
En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.
La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.
En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.
La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.
Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.
-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.
-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.
-A veces -dijo Conradín.
Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.
-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.
Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:
Sredni Vashtar avanzó:
Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.
Sredni Vashtar el hermoso.
De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.
La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.
-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?
-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.
Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.
-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.
10 Nov 2010
Biblioteca Digital Ciudad Seva
Cuentos
Poemas
Otros textos
Sobre el arte de narra
[Cuento. Texto completo]
Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.
En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.
La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.
En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.
La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.
Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.
-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.
-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.
-A veces -dijo Conradín.
Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.
-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.
Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:
Sredni Vashtar avanzó:
Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.
Sredni Vashtar el hermoso.
De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.
La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.
-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?
-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.
Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.
-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.
10 Nov 2010
Biblioteca Digital Ciudad Seva
Cuentos
Poemas
Otros textos
Sobre el arte de narra
Citas:valor de la poesía
Cuando un poeta canta estamos en sus manos: él es el que sabe despertar en nosotros aquellas fuerzas secretas; sus palabras nos descubren un mundo maravilloso que antes no conocíamos.
Novalis (1772-1801) Friedrich von Hardenberg. Poeta y filósofo alemán.
Citas
El primer paso de la ignorancia es presumir de saber.
Baltasar Gracián (1601-1658) Escritor español.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Primer rincón del universo
“There is only one corner of the universe you can be certain of improving, and thats's your own self. So you have to begin there, not outside, not on other people.That comes afterwards,when you have
worked on your own corner “
worked on your own corner “
martes, 9 de agosto de 2011
de Emerson, sobre la lectura y la creación
30 ◀ PRIMERO LEEMOS, DESPUÉS ESCRIBIMOS LEER ▶ 31
dice al fi nal de Naturaleza. “Debes saber, entonces, que el mundo
existe para ti. Para ti es un fenómeno perfecto. Lo que somos
es lo único que podemos ver.” Y luego prosigue diciendo: “Por
lo tanto, lee y escribe tu propio mundo”, ya que la lectura creativa
era en última instancia inseparable de su propia escritura
creativa. Pero leer era tan sólo un medio. El fi n –el propósito–
era escribir.
revela lo que el escrutinio oscurece”. Cuando se le pedían detalles
precisos sobre la manera de lograrlo, Emerson vacilaba un momento,
dice Woodbury, y luego seguía adelante:
Bien, aprende cómo decidir, por el principio de los capítulos y por
lo que puedas atisbar en las oraciones, si necesitas leerlos enteros.
Así, pasa página tras página, manteniendo ante ti el pensamiento
del escritor, pero sin demorarte con él, hasta que te haya ofrecido
aquello que estás buscando; entonces sí quédate con él, si es que
tiene lo que deseas. Pero recuerda que sólo lees para formar tu
propio equipo.
La mayoría de los escritores acaban por desaparecer en sus textos;
muchos apuntan a ese objetivo. Emerson apuntaba a lo
contrario. Su fe en los textos sólo descansa en la capacidad de
transportar que posean. Su teoría de la lectura y de la escritura
son biográfi cas: el texto debe transportar al lector hacia el escritor,
y debe transportar al escritor hacia el lector. Las argumentaciones
convencionales suelen mirar con malos ojos los argumentos
ad hominem. Para Emerson, es exactamente al revés.
Todos los argumentos son ad hominem o ad feminam,* nada más
importa. Cuando se establece la relación entre el escritor y el
lector, el texto se disuelve en ella. Los mejores textos se disuelven
una y otra vez en esa relación.
El joven Woodbury, impresionado pero perceptivo, observó
que resultaba simbólico que Henry Ward Beecher, el famoso
orador y predicador, tuviera un enorme escritorio con la forma
de una rueda, en cuyo centro se sentaba el propio Beecher.
Emerson, por su parte, trabajaba en una mecedora que acercaba
al borde de una mesa redonda. Emerson sabía que aunque las
cosas eran circulares (“la unidad y el universo son redondos”)
y aunque cada persona es su propio centro, nadie ocupa el
centro del mundo. “Cada espíritu se construye una casa, y más
allá de la casa un mundo, y más allá de su mundo un cielo”,
* Argumento elaborado a la medida del hombre o de la mujer. [N. de la T.]
dice al fi nal de Naturaleza. “Debes saber, entonces, que el mundo
existe para ti. Para ti es un fenómeno perfecto. Lo que somos
es lo único que podemos ver.” Y luego prosigue diciendo: “Por
lo tanto, lee y escribe tu propio mundo”, ya que la lectura creativa
era en última instancia inseparable de su propia escritura
creativa. Pero leer era tan sólo un medio. El fi n –el propósito–
era escribir.
revela lo que el escrutinio oscurece”. Cuando se le pedían detalles
precisos sobre la manera de lograrlo, Emerson vacilaba un momento,
dice Woodbury, y luego seguía adelante:
Bien, aprende cómo decidir, por el principio de los capítulos y por
lo que puedas atisbar en las oraciones, si necesitas leerlos enteros.
Así, pasa página tras página, manteniendo ante ti el pensamiento
del escritor, pero sin demorarte con él, hasta que te haya ofrecido
aquello que estás buscando; entonces sí quédate con él, si es que
tiene lo que deseas. Pero recuerda que sólo lees para formar tu
propio equipo.
La mayoría de los escritores acaban por desaparecer en sus textos;
muchos apuntan a ese objetivo. Emerson apuntaba a lo
contrario. Su fe en los textos sólo descansa en la capacidad de
transportar que posean. Su teoría de la lectura y de la escritura
son biográfi cas: el texto debe transportar al lector hacia el escritor,
y debe transportar al escritor hacia el lector. Las argumentaciones
convencionales suelen mirar con malos ojos los argumentos
ad hominem. Para Emerson, es exactamente al revés.
Todos los argumentos son ad hominem o ad feminam,* nada más
importa. Cuando se establece la relación entre el escritor y el
lector, el texto se disuelve en ella. Los mejores textos se disuelven
una y otra vez en esa relación.
El joven Woodbury, impresionado pero perceptivo, observó
que resultaba simbólico que Henry Ward Beecher, el famoso
orador y predicador, tuviera un enorme escritorio con la forma
de una rueda, en cuyo centro se sentaba el propio Beecher.
Emerson, por su parte, trabajaba en una mecedora que acercaba
al borde de una mesa redonda. Emerson sabía que aunque las
cosas eran circulares (“la unidad y el universo son redondos”)
y aunque cada persona es su propio centro, nadie ocupa el
centro del mundo. “Cada espíritu se construye una casa, y más
allá de la casa un mundo, y más allá de su mundo un cielo”,
* Argumento elaborado a la medida del hombre o de la mujer. [N. de la T.]
de Federico García Lorca
Locución de Federico García Lorca al Pueblo de Fuente de Vaqueros (Granada). Septiembre 1931.
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Septiembre de 1931
"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.
No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.
Septiembre de 1931
De Blas de Otero, excelencias de la poesía
Anchas sílabas
Que mi pie te despierte, sombra a sombra
he bajado hasta el fondo de la patria.
Hoja a hoja, hasta dar con la raíz
amarga de mi patria.
Que mi fe te levante, sima a sima
he salido a la luz de la esperanza.
Hombro a hombro, hasta ver un pueblo en pie
de paz, izando un alba.
Que mi voz brille libre, letra a letra
restregué contra el aire las palabras.
Ah, las palabras. Alguien heló
los labios -bajo el sol- de España.
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre...
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.
Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.
Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.
¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.
Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.
Blas de Otero
Ciegamente
Porque quiero tu cuerpo ciegamente.
porque deseo tu belleza plena.
Porque busco ese horror, esa cadena
mortal, que arrastra inconsolablemente.
Inconsolablemente. diente a diente,
vos bebiendo tu amor, tu noche llena.
Diente a diente, Señor, y vena a vena
vas sorbiendo mi muerte. Lentamente.
Porque quiero tu cuerpo y lo persigo
a través de la sangre y de la nada.
porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir, morir contigo
esta horrible tristeza enamorada
que abrazarás, oh, Dios, cuando yo muera.
Crecida
Con la sangre hasta la cintura, algunas veces
con la sangre hasta el borde de la boca,
voy
avanzando
lentamente, con la sangre hasta el borde de los labios
algunas veces,
voy
avanzando sobre este viejo suelo, sobre
la tierra hundida en sangre,
voy
avanzando lentamente, hundiendo los brazos
en sangre,
algunas
veces tragando sangre,
voy sobre Europa
como en la proa de un barco desmantelado
que hace sangre,
voy
mirando, algunas veces,
al cielo
bajo,
que refleja
la luz de la sangre roja derramada,
avanzo
muy
penosamente, hundidos los brazos en espesa
sangre,
es
como una esperma roja represada,
mis pies
pisan sangre de hombres vivos
muertos,
cortados de repente, heridos súbitos,
niños
con el pequeño corazón volcado, voy
sumido en sangre
salida,
algunas veces
sube hasta los ojos y no me deja ver,
no
veo más que sangre,
siempre
sangre,
sobre Europa no hay más que
sangre.
Traigo una rosa en sangre entre las manos
ensangrentadas. Porque es que no hay más
que sangre,
y una horrorosa sed
dando gritos en medio de la sangre
Cuerpo de la mujer
...Tántalo en fugitiva fuente de oro
Quevedo
Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.
Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...
Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.
Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.
Cuerpo tuyo
Esa tierra con luz es cielo mío.
Alba de Dios, estremecidamente
subirá por mi sangre. Y un relente
de llama, me dará tu escalofrío.
Puente de dos columnas, y yo río.
Tú, río derrumbado, y yo su puente
abrazando, cercando su corriente
de luz, de amor, de sangre en desvarío.
Ahora, brisa en la brisa. Seda suave.
Ahora, puerta plegada, frágil llave.
Muro de luz. Leve, sellado, ileso.
Luego, fronda de Dios y sima mía.
Ahora. Luego. Por tanto. Sí, por eso
deseada y sin sombra todavía.
Que mi pie te despierte, sombra a sombra
he bajado hasta el fondo de la patria.
Hoja a hoja, hasta dar con la raíz
amarga de mi patria.
Que mi fe te levante, sima a sima
he salido a la luz de la esperanza.
Hombro a hombro, hasta ver un pueblo en pie
de paz, izando un alba.
Que mi voz brille libre, letra a letra
restregué contra el aire las palabras.
Ah, las palabras. Alguien heló
los labios -bajo el sol- de España.
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre...
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.
Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.
Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.
¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.
Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.
Blas de Otero
Ciegamente
Porque quiero tu cuerpo ciegamente.
porque deseo tu belleza plena.
Porque busco ese horror, esa cadena
mortal, que arrastra inconsolablemente.
Inconsolablemente. diente a diente,
vos bebiendo tu amor, tu noche llena.
Diente a diente, Señor, y vena a vena
vas sorbiendo mi muerte. Lentamente.
Porque quiero tu cuerpo y lo persigo
a través de la sangre y de la nada.
porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir, morir contigo
esta horrible tristeza enamorada
que abrazarás, oh, Dios, cuando yo muera.
Crecida
Con la sangre hasta la cintura, algunas veces
con la sangre hasta el borde de la boca,
voy
avanzando
lentamente, con la sangre hasta el borde de los labios
algunas veces,
voy
avanzando sobre este viejo suelo, sobre
la tierra hundida en sangre,
voy
avanzando lentamente, hundiendo los brazos
en sangre,
algunas
veces tragando sangre,
voy sobre Europa
como en la proa de un barco desmantelado
que hace sangre,
voy
mirando, algunas veces,
al cielo
bajo,
que refleja
la luz de la sangre roja derramada,
avanzo
muy
penosamente, hundidos los brazos en espesa
sangre,
es
como una esperma roja represada,
mis pies
pisan sangre de hombres vivos
muertos,
cortados de repente, heridos súbitos,
niños
con el pequeño corazón volcado, voy
sumido en sangre
salida,
algunas veces
sube hasta los ojos y no me deja ver,
no
veo más que sangre,
siempre
sangre,
sobre Europa no hay más que
sangre.
Traigo una rosa en sangre entre las manos
ensangrentadas. Porque es que no hay más
que sangre,
y una horrorosa sed
dando gritos en medio de la sangre
Cuerpo de la mujer
...Tántalo en fugitiva fuente de oro
Quevedo
Cuerpo de la mujer, río de oro
donde, hundidos los brazos, recibimos
un relámpago azul, unos racimos
de luz rasgada en un frondor de oro.
Cuerpo de la mujer o mar de oro
donde, amando las manos, no sabemos,
si los senos son olas, si son remos
los brazos, si son alas solas de oro...
Cuerpo de la mujer, fuente de llanto
donde, después de tanta luz, de tanto
tacto sutil, de Tántalo es la pena.
Suena la soledad de Dios. Sentimos
la soledad de dos. Y una cadena
que no suena, ancla en Dios almas y limos.
Cuerpo tuyo
Esa tierra con luz es cielo mío.
Alba de Dios, estremecidamente
subirá por mi sangre. Y un relente
de llama, me dará tu escalofrío.
Puente de dos columnas, y yo río.
Tú, río derrumbado, y yo su puente
abrazando, cercando su corriente
de luz, de amor, de sangre en desvarío.
Ahora, brisa en la brisa. Seda suave.
Ahora, puerta plegada, frágil llave.
Muro de luz. Leve, sellado, ileso.
Luego, fronda de Dios y sima mía.
Ahora. Luego. Por tanto. Sí, por eso
deseada y sin sombra todavía.
Emily Dickinson
Reseña biográfica
Poeta norteamericana nacida en Amherst, Massachusetts
en 1830.
Hija y nieta de prominentes figuras políticas e intelectuales, fue educada en un ambiente puritano y estricto que la convirtió en una persona solitaria y nostálgica. Durante su vida rara vez salió de casa y sus amistades fueron escasas; sin embargo, entre las pocas personas que frecuentó, tuvo especial aprecio por el Reverendo Charles Wadsworth, quien tuvo un impacto enorme sobre sus pensamientos y su poesía. Admiró también a los poetas Robert y Elizabeth Barrett Browning, así como a John Keats.
Aunque su producción poética fue muy amplia, sólo fue editada en 1890 después de su muerte, ocurrida en el año de 1886 en la ciudad de Amherst. ©
Poeta norteamericana nacida en Amherst, Massachusetts
en 1830.
Hija y nieta de prominentes figuras políticas e intelectuales, fue educada en un ambiente puritano y estricto que la convirtió en una persona solitaria y nostálgica. Durante su vida rara vez salió de casa y sus amistades fueron escasas; sin embargo, entre las pocas personas que frecuentó, tuvo especial aprecio por el Reverendo Charles Wadsworth, quien tuvo un impacto enorme sobre sus pensamientos y su poesía. Admiró también a los poetas Robert y Elizabeth Barrett Browning, así como a John Keats.
Aunque su producción poética fue muy amplia, sólo fue editada en 1890 después de su muerte, ocurrida en el año de 1886 en la ciudad de Amherst. ©
De Constantin Kavafis
ÍTACA
Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.
Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos, marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no hubieras salido al camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás comprendido las Ítacas qué es lo que significan.
domingo, 7 de agosto de 2011
"Ratón de biblioteca" de Poesías de canto y cuento
Ratón de biblioteca
Un ratón de fina estampa,
Elegante, de bastón
se escondió en la biblioteca:
anduvo con sus anteojos
husmeando por los rincones.
Nada encontró por el piso
ni tampoco en los cajones
Revisó entonces ficheros,
alisándose el bigote,
Buscando no se sabía
si queso ... o … bibliografía.
Al fin dio con algo bueno
y se quedó satisfecho:
En un libro halló alimento
y hasta un bien mullido lecho.
El papel sabía a afrecho
A tabaco, a chocolate
a jengibre y queso fresco
y algo de gusto a tomate.
Qué placer el del comer
Qué placer el masticar
El roer y más roer
Dia y noche
sin parar
papel papel
más papel,
sabroso
y
viejo
papel.
Devorando sin mesura el ratón perdió figura,
Se le ensanchó la cintura
Le aumentaron los mofletes,
Le pesaban las rodillas como si fueran grilletes.
¿Tanto engorda la lectura?
El libro
me queda
chico
Las tapas
ya no me
tapan
El papel
ya
se me
acaba
el
pa
pel
se
me
a
ca
bó.
Dijo el fornido ratón
Preparando su mudanza
con anteojos y bastón.
Qué susto se dio Teodoro,
qué sorpresa se llevó
aquel niño tan lector:
Al abrir el Don Quijote
Un gran ratón se escapó
Un ratón lustroso y gordo,
Un ratón de exposición.
Lentes calzaba en su frente,
pecho de amplio vellón,
laaaargos
bigotes brillantes
y en la mano y apretado
de ébano y plata, un bastón.
Caray con el ratón fino
Ni una hoja le dejó
Al Quijote masticado
Sólo el lomo le quedó.
*
Un ratón de fina estampa,
Elegante, de bastón
se escondió en la biblioteca:
anduvo con sus anteojos
husmeando por los rincones.
Nada encontró por el piso
ni tampoco en los cajones
Revisó entonces ficheros,
alisándose el bigote,
Buscando no se sabía
si queso ... o … bibliografía.
Al fin dio con algo bueno
y se quedó satisfecho:
En un libro halló alimento
y hasta un bien mullido lecho.
El papel sabía a afrecho
A tabaco, a chocolate
a jengibre y queso fresco
y algo de gusto a tomate.
Qué placer el del comer
Qué placer el masticar
El roer y más roer
Dia y noche
sin parar
papel papel
más papel,
sabroso
y
viejo
papel.
Devorando sin mesura el ratón perdió figura,
Se le ensanchó la cintura
Le aumentaron los mofletes,
Le pesaban las rodillas como si fueran grilletes.
¿Tanto engorda la lectura?
El libro
me queda
chico
Las tapas
ya no me
tapan
El papel
ya
se me
acaba
el
pa
pel
se
me
a
ca
bó.
Dijo el fornido ratón
Preparando su mudanza
con anteojos y bastón.
Qué susto se dio Teodoro,
qué sorpresa se llevó
aquel niño tan lector:
Al abrir el Don Quijote
Un gran ratón se escapó
Un ratón lustroso y gordo,
Un ratón de exposición.
Lentes calzaba en su frente,
pecho de amplio vellón,
laaaargos
bigotes brillantes
y en la mano y apretado
de ébano y plata, un bastón.
Caray con el ratón fino
Ni una hoja le dejó
Al Quijote masticado
Sólo el lomo le quedó.
*
"Lluvia" de Poesía suelta
La lluvia
Desde antes del alba
llueve sobre el mundo.
Llueve desde antes que todo:
que el alma quiera al cuerpo
que el cuerpo se haga fibra,
que el sueño desenlace
las livianas amarras de la noche.
Suena el repiqueteo del agua en los tejados.
La oscuridad se desvanece dentro.
Entrelazados en la prisión
del sueño y la grisura
no sabemos aún
privados de luz
con qué conjugar
el alma que amanece.
Mientras, la lluvia cae.
El agua nos barre los deseos
como el sueño
el agua, en el alba sin luz
nos deja blandos de huesos
y esperanzas.
El deseo se hace sábana
calor, intimidad, regazo.
Y todavía
con nada se conjuga
ni con nadie.
Como un capricho
la lluvia, sin pausa,
incontestable
repite su ritmo amortajado.
El cuerpo se arrebuja:
es el abrigo
esta música de soledad del alba.
(2009)
Desde antes del alba
llueve sobre el mundo.
Llueve desde antes que todo:
que el alma quiera al cuerpo
que el cuerpo se haga fibra,
que el sueño desenlace
las livianas amarras de la noche.
Suena el repiqueteo del agua en los tejados.
La oscuridad se desvanece dentro.
Entrelazados en la prisión
del sueño y la grisura
no sabemos aún
privados de luz
con qué conjugar
el alma que amanece.
Mientras, la lluvia cae.
El agua nos barre los deseos
como el sueño
el agua, en el alba sin luz
nos deja blandos de huesos
y esperanzas.
El deseo se hace sábana
calor, intimidad, regazo.
Y todavía
con nada se conjuga
ni con nadie.
Como un capricho
la lluvia, sin pausa,
incontestable
repite su ritmo amortajado.
El cuerpo se arrebuja:
es el abrigo
esta música de soledad del alba.
(2009)
"Llamado"
Alguien te evoca
No cierres tus oídos a la voz que llega
Allí, junto al portón vencido, hay alguien en cuclillas
Una forma que espera o se agazapa:
Cualquiera sea su intención, es noche de relámpagos y aullidos,
No le niegues tu amparo ni se vuelva tu espalda.
A ningún gesto de hábito o costumbre te acomodes,
Que en la noche arrecian el viento fiero y las aguas desbocadas.
Los perros temblorosos lamen el dorso de tus manos quietas
Mientras chillan goznes y gimen, los maderos resecos del tejado.
Afuera espera alguien.
¿Qué harás?
¿Es acaso, la herrumbre antigua de todos tus candados,
Los muros polvorientos de volúmenes apilados?
Inclemente en tu silencio, te condenas.
(Villa Elisa, 2010)
No cierres tus oídos a la voz que llega
Allí, junto al portón vencido, hay alguien en cuclillas
Una forma que espera o se agazapa:
Cualquiera sea su intención, es noche de relámpagos y aullidos,
No le niegues tu amparo ni se vuelva tu espalda.
A ningún gesto de hábito o costumbre te acomodes,
Que en la noche arrecian el viento fiero y las aguas desbocadas.
Los perros temblorosos lamen el dorso de tus manos quietas
Mientras chillan goznes y gimen, los maderos resecos del tejado.
Afuera espera alguien.
¿Qué harás?
¿Es acaso, la herrumbre antigua de todos tus candados,
Los muros polvorientos de volúmenes apilados?
Inclemente en tu silencio, te condenas.
(Villa Elisa, 2010)
"Tarde gris" de Poesía suelta
Tarde gris
Cómo reverdece la hierba
Contra la grisalla del cielo
Una lluvia humilde, tenaz
Una lluvia que no quiere dejar de ser
Desde el alba hasta la noche,
Lluvia,
callada y tenue, lluvia
Siempre lluvia.
Mece el aguaribay
Su soñoliento follaje
Con el cabeceo triste
De la melancolía de la tarde.
Pájaros de despedida
Gorjean, desde lejos, sus saludos.
Todo lo aquieta el agua mansa.
Más allá del verdor,
Del silencio de la tarde gris
Al otro lado de la solitaria travesía
Se agita el mundo.
(dic./08)
Cómo reverdece la hierba
Contra la grisalla del cielo
Una lluvia humilde, tenaz
Una lluvia que no quiere dejar de ser
Desde el alba hasta la noche,
Lluvia,
callada y tenue, lluvia
Siempre lluvia.
Mece el aguaribay
Su soñoliento follaje
Con el cabeceo triste
De la melancolía de la tarde.
Pájaros de despedida
Gorjean, desde lejos, sus saludos.
Todo lo aquieta el agua mansa.
Más allá del verdor,
Del silencio de la tarde gris
Al otro lado de la solitaria travesía
Se agita el mundo.
(dic./08)
Poesía suelta "Primer desvelo"
Primer desvelo
Tan despojada, la mano que escribe
las astilladas palabras
del sueño
sordas del noctámbulo naufragio
ciegos peces en fuga
de antiguas, deshilachadas redes.
Están
Están allí
bucear para traerlas
burbujas dibujan sílabas, ascienden inasibles
palabras del misterio
palabras del recuerdo
palabras del olvido.
Ceremonias del secreto:
sobre la página la tinta
filo y fila de sombras en espera
surcando a ciegas:
ahí
emerge un signo
y
de a poco
borboteos y silencios:
un parpadeo
un fulgor
una tiniebla
un haz sesgado
y
se condensa un minúsculo
continente de palabras.
Flota ahora en la deriva
deriva del entresueño
del indeseado desvelo.
Más tarde
la mano, despojada,
la tinta, el blanco de esta hoja,
la ceremonia y el misterio
del poema.
Villa Elisa, mayo 2001
Tan despojada, la mano que escribe
las astilladas palabras
del sueño
sordas del noctámbulo naufragio
ciegos peces en fuga
de antiguas, deshilachadas redes.
Están
Están allí
bucear para traerlas
burbujas dibujan sílabas, ascienden inasibles
palabras del misterio
palabras del recuerdo
palabras del olvido.
Ceremonias del secreto:
sobre la página la tinta
filo y fila de sombras en espera
surcando a ciegas:
ahí
emerge un signo
y
de a poco
borboteos y silencios:
un parpadeo
un fulgor
una tiniebla
un haz sesgado
y
se condensa un minúsculo
continente de palabras.
Flota ahora en la deriva
deriva del entresueño
del indeseado desvelo.
Más tarde
la mano, despojada,
la tinta, el blanco de esta hoja,
la ceremonia y el misterio
del poema.
Villa Elisa, mayo 2001
Poesía Suelta-"Desamparos"
Desamparos
Tu sueño cuidaba mi vigilia.
Laberinto sin centro en una almohada,
espirales de vertiginoso olvido,
tu sueño,
por bulevares de espejos
te llevaba.
Y aun así, allá, en ese entonces
en esa lejanía
tu sueño a mi vigilia resguardaba.
Ahora tu almohada está vacía.
Y es un sueño sin fondo tu ausencia,
Tu ausencia sin tiempo
ni frontera
tu horizonte de ceniza sin fatiga.
Y aquí, a mí, entonces
siempre conmigo,
compañera harapienta
y silenciosa,
me habita esta vigilia desvalida.
Tu sueño cuidaba mi vigilia.
Laberinto sin centro en una almohada,
espirales de vertiginoso olvido,
tu sueño,
por bulevares de espejos
te llevaba.
Y aun así, allá, en ese entonces
en esa lejanía
tu sueño a mi vigilia resguardaba.
Ahora tu almohada está vacía.
Y es un sueño sin fondo tu ausencia,
Tu ausencia sin tiempo
ni frontera
tu horizonte de ceniza sin fatiga.
Y aquí, a mí, entonces
siempre conmigo,
compañera harapienta
y silenciosa,
me habita esta vigilia desvalida.
Poesías de canto y cuento "Enelda y el canario Pin"
Enelda y el canario Pin
Debajo de una maceta
Anda Enelda, la tortuga
Tortuga con nombre puesto que nos recuerda que es lenta.
-¡Enelda, mi amiga lerda!-
desde la jaula en la rama la llama el canario Pin:
-¿Qué harás hoy? ¿tienes programa?
Pasearás por el jardín?
Yo hoy quiero salir de aquí.
Tú tienes abierto el mundo ¡y no te mueves de ahí!-.
La tortuga muy calmosa sube apenas la cabeza
Da un pasito y mira a Pin; otro más: mira el jardín,
Y luego muy despaciosa
Abre la boca y bosteza.
-¡Enelda, mi amiga fiel, despiértate de una vez!
¡Quiero salir, volar lejos, ven y sácame de aquí!-.
-No te entiendo, no te entiendo,
yo sólo hablo guaraní-
dice Enelda bamboleando, largo pescuezo senil.
Y dando la espalda a Pin, se aleja pasito a paso
a comer su perejil.
*
Debajo de una maceta
Anda Enelda, la tortuga
Tortuga con nombre puesto que nos recuerda que es lenta.
-¡Enelda, mi amiga lerda!-
desde la jaula en la rama la llama el canario Pin:
-¿Qué harás hoy? ¿tienes programa?
Pasearás por el jardín?
Yo hoy quiero salir de aquí.
Tú tienes abierto el mundo ¡y no te mueves de ahí!-.
La tortuga muy calmosa sube apenas la cabeza
Da un pasito y mira a Pin; otro más: mira el jardín,
Y luego muy despaciosa
Abre la boca y bosteza.
-¡Enelda, mi amiga fiel, despiértate de una vez!
¡Quiero salir, volar lejos, ven y sácame de aquí!-.
-No te entiendo, no te entiendo,
yo sólo hablo guaraní-
dice Enelda bamboleando, largo pescuezo senil.
Y dando la espalda a Pin, se aleja pasito a paso
a comer su perejil.
*
"El grillo sabio", de Poesías de canto y cuento
El grillo sabio
Vive en antigua casona
del barrio de Montserrat
un grillo viejo muy sabio,
un grillo de autoridad.
Aristarco de Palmuria
es su rara identidad.
Aristarco, arista curva
Artista de gran alcurnia,
Ha llegado de Palmuria
Al barrio de Montserrat.
Si alguno tiene una duda
o simple curiosidad
El abre un gran diccionario
y ya se la va a aclarar.
Diccionario que está escrito,
en lengua de grilledad.
Sólo Aristarco lo entiende
a ese libro singular.
A las consultas contesta
Con canto de gris tonal
¿Qué quiere decir calumnia?
¿Qué significa costal?
¿Dónde queda la Coruña?
¿Quién ha visto al ucumar?
Por ser un grillo muy sabio,
Un grillo de autoridad
Artista de gran alcurnia
Y vecino de Montserrat,
Responde pronto a las dudas,
Contesta a la brevedad,
Contesta y canta a la Luna
En lengua de grilledad.
Vive en antigua casona
del barrio de Montserrat
un grillo viejo muy sabio,
un grillo de autoridad.
Aristarco de Palmuria
es su rara identidad.
Aristarco, arista curva
Artista de gran alcurnia,
Ha llegado de Palmuria
Al barrio de Montserrat.
Si alguno tiene una duda
o simple curiosidad
El abre un gran diccionario
y ya se la va a aclarar.
Diccionario que está escrito,
en lengua de grilledad.
Sólo Aristarco lo entiende
a ese libro singular.
A las consultas contesta
Con canto de gris tonal
¿Qué quiere decir calumnia?
¿Qué significa costal?
¿Dónde queda la Coruña?
¿Quién ha visto al ucumar?
Por ser un grillo muy sabio,
Un grillo de autoridad
Artista de gran alcurnia
Y vecino de Montserrat,
Responde pronto a las dudas,
Contesta a la brevedad,
Contesta y canta a la Luna
En lengua de grilledad.
"El cantar del sapo y la cascada" de Poesía de canto y cuento
El cantar del sapo y y la cascada
Canta la cascada un canto
que hay que sentarse a escuchar
bajo la lluvia de plata
que hace el agua al salpicar.
Vino un sapo muy contento, y allí se puso a croar.
-Callate sapo panzudo-
dijo una garza al llegar,
-callate y no hagas más ruido
yo aquí vengo a descansar.
-¿Quién serás para mandarme, flaca, zancuda, ojerosa-?
Preguntó el sapo ofendido
sin dejarse acobardar.
-Yo soy el ave más bella, mirando podrás juzgar.
Mi plumaje es seda y nieve,
mi silueta un alamar,
mi cuello largo y curvado
y mi cresta señorial.
Garza real es mi nombre y se me dice “Majestad”.
-Majestad, reina o princesa, nadie a mí me hace callar
al agua le canto y canto
y el agua conmigo está-.
El sapo infló su papada cuando terminó de hablar.
La cascada, al escucharlo,
Se puso a salpicar más,
Y cro cro cro...¡ranas y sapos se han juntado a festejar!
Con la música del agua
Y la banda del croar
Meta baile, meta canto, está a pleno el recital.
La garza muy altanera, de reojo mirando está.
Un renacuajo sin cola ella acaba de cazar.
Vuela, vuela, satisfecha,
Vuela vuela y ya se aleja
su serena Majestad.
Canta la cascada un canto
que hay que sentarse a escuchar
bajo la lluvia de plata
que hace el agua al salpicar.
Vino un sapo muy contento, y allí se puso a croar.
-Callate sapo panzudo-
dijo una garza al llegar,
-callate y no hagas más ruido
yo aquí vengo a descansar.
-¿Quién serás para mandarme, flaca, zancuda, ojerosa-?
Preguntó el sapo ofendido
sin dejarse acobardar.
-Yo soy el ave más bella, mirando podrás juzgar.
Mi plumaje es seda y nieve,
mi silueta un alamar,
mi cuello largo y curvado
y mi cresta señorial.
Garza real es mi nombre y se me dice “Majestad”.
-Majestad, reina o princesa, nadie a mí me hace callar
al agua le canto y canto
y el agua conmigo está-.
El sapo infló su papada cuando terminó de hablar.
La cascada, al escucharlo,
Se puso a salpicar más,
Y cro cro cro...¡ranas y sapos se han juntado a festejar!
Con la música del agua
Y la banda del croar
Meta baile, meta canto, está a pleno el recital.
La garza muy altanera, de reojo mirando está.
Un renacuajo sin cola ella acaba de cazar.
Vuela, vuela, satisfecha,
Vuela vuela y ya se aleja
su serena Majestad.
Notas para un inconcluso relato
Bariloche, 14 de marzo de 2011-03-14
La hostería está situada en lo alto, en medio de una zona boscosa. Desde los ventanales de mi hbitación, se domina la vista extensa del lago, la isla Huemul, la silueta de la cordillera detrás. En la hostería todo está revestido en madera clara, en grandes listones. No hay paredes ni cielorrasos de yeso: todo es madera. El salón comedor donde desayuno, yo sola, porque soy la única pasajera, tiene también un inmenso ventanal al lago. En un ángulo, una estufa a hogar alta y profunda, que por ahora la dueña mantiene apagada, a la espera de los grandes fríos invernales. Sobre la estufa, una repisa con varios libros. Frente, un juego de sillones enfundados en bordeaux opaco, contrastan con el brillo de la madera del piso y de las vigas. No puede ser más bonito, y parece haber estado esperándome. Como mi imaginación puede haberlo diseñado: cálido, hogareño, con una vista inigualable. Y silencioso. Los ruidos que llegan, atenuados. Sólo de noche, el crujido de la madera, con sus breves estampidos, me sobresalta un poco el sueño. Pero en seguida lo retomo. Esto es una inmensa paz. Nada mundanal, desprovisto de lujos o cosas innecesarias, los únicos pasos que se oyen son los míos, y la hostelera sólo se asoma al oírme bajar la escalera para el desayuno. Anoche llegué poco antes de las 10, bajé del remisse, abrí con la llave que me dieron el primer día, y no vi a nadie. Tomé del mostrador la llave de mi habitación, entré, bajé la temperatura del calefactor y me acosté, muerta de cansancio de las intensas caminatas de la mañana y la tarde. Leí, me dio sueño, me dormí. Hoy está nublado, y no se dio el espectáculo del amanecer sobre el lago de ayer: primero dorado, después de un rosa intenso. Hay fotos, ojalá reflejen el recuerdo.
15 de marzo
Sigo siendo la única. La habitación frente a ésta, es mejor. Tiene cama con respaldo de madera tallada, rústica, de ciprés. Las paredes conservan el color de la madera: acá la de la cabecera está pintada de lila, la única, pero no me gusta. Es un misterio por qué la mujer me asignó esta habitación, con otra adosada de dos cuchetas. Las razones que me dio, no son convincentes. La otra tiene mejor vista: ventanal a un costado de la cama, al otro lado de la isla, y ventanal del otro costado, que da, como éste, al frente de la isla. Es como para una pareja, o para alguien solo. Esta que me dio es para cuatro personas. ¿Cómo se explica? Imaginar un relato con esa intriga, con este aislamiento, ya que ella parece estar, también, sola. Ayer apareció una mucama. Al mediodía se despidió, antes de la hora del almuerzo. Sofía dice, con razón, que mantener esta hostería, para un solo huésped –yo, en este caso-, no es para nada rentable. Y además de no ser rentable, es esclavizante, ya que la hostelera se ve obligada a estar siempre. Debe ser. Me dijo que la casa de ella –de ellos, recuerdo que habló en plural- está bajando la escalera. Cuando llego, como anoche, antes de las diez, ya nada se oye. Se han ido, me dejan la llave sobre el mostrador, y apenas llegan ruidos de abajo. Pero no hay nadie en la cocina, que está en la misma planta que el saloncito comedor, ni llegan olores de haber cocinado. Si es una familia, debería oírse algo. No sé si tienen hijos. Hombre, apareció uno el día que llegué, no muy amistoso, saludó apenas, sin sonreír, y desapareció. No lo he vuelto a ver.
Dejo, salgo a caminar y pensar la urdimbre de un cuento, o novela corta. Sofía no ha contestado mi último mensaje, donde le pedía me comunicara si ir a la ciudad, o no. Depende si ellos se quedan allá. No lo sé. Dejo, vienen pasos.
16 de marzo
Notas:
Una mujer de mediana edad llega a una hostería de montaña y encuentra que es la única pasajera de un lugar no muy grande, con 8 habitaciones. La dueña, una mujer de su edad, le asigna un departamento: una habitación con cama grande y otra más pequeña, con camas cucheta. Es un lugar como para una familia, un matrimonio con 2 hijos. La hostelera dice que es la habitación con mejor vista. Pero la pasajera , por su cuenta, abre la habitación frente a la suya y ve que la vista es aún mejor, ya que tiene ventanas que dan hacia el frente y hacia la parte de atrás del lago, es decir una perspectiva que abarca desde este a oeste. También la cama es mejor, con respaldo en mader tallada, mientras que la otra es sólo un sommier. La mujer encuentra que la hostelera parece vivir sola, sin embargo no busca iniciar conversación cuando le sirve el desayuno, único momento en que la ve. La hostelera, que es cortés pero distante, le ha dado, además de la llave de su habitación, la de la puerta de calle. Cuando la pasajera llega, a la noche, nunca hay nadie. Tampoco a la tarde. La hostería parece estar sólo para ella. La mujer empieza a preguntarse si no habrá algo raro en la conducta de la hostelera. Pero se siente cómoda, al no tener que alternar con nadie y poder disponer del juego de sillones frente a la estufa de leña, o poder recorrer el pasillo que lleva a su habitación con la tranquilidad de que nadie interrumpirá sus pasos. Pasa una semana leyendo y saliendo a caminar. Va de visita a la ciudad, distante a unos 10 km . Desconfianza mutua. Época.mediados de los 50 0 60. La mujer lleva un diario. La otra escribe una especie de informes, no se conoce con qué desino. La pasajera se viste con breeches y sale con una fusta y botas de montar, una mañana. La dueña la está espiando, casi siempre, desde su vivienda, situada abajo del piso de entrada a la hostería. Cuando sale, la hostelera sube y observa el camino que la otra sigue.
Nada se sabe de los propósitos de una u otra. En el diario que lleva la pasajera, anota nimiedades y descripción de hostería y paseos por las cercanías, pero no mucho m´s. Anota que ya F. debería haber llegado. O que F. podría enviarle un mensaje, aunque claro, no tiene su dirección. Irá al almacén o restaurant, café, de la curva del camino) a preguntar. Está la vista del lago, la isla más grande y la otra, más pequeña, alejada, en los confines del lago. Uno de esos días se embarcará, cuando reciba alguna señal de F. Pasan los días, las casas y las cabañas de turistas se han ido vaciando. Muchos han cerrado sus postigos, y clausurado los servicios. Empieza a hacer frío y a oscurecer más temprano.
La hostería está situada en lo alto, en medio de una zona boscosa. Desde los ventanales de mi hbitación, se domina la vista extensa del lago, la isla Huemul, la silueta de la cordillera detrás. En la hostería todo está revestido en madera clara, en grandes listones. No hay paredes ni cielorrasos de yeso: todo es madera. El salón comedor donde desayuno, yo sola, porque soy la única pasajera, tiene también un inmenso ventanal al lago. En un ángulo, una estufa a hogar alta y profunda, que por ahora la dueña mantiene apagada, a la espera de los grandes fríos invernales. Sobre la estufa, una repisa con varios libros. Frente, un juego de sillones enfundados en bordeaux opaco, contrastan con el brillo de la madera del piso y de las vigas. No puede ser más bonito, y parece haber estado esperándome. Como mi imaginación puede haberlo diseñado: cálido, hogareño, con una vista inigualable. Y silencioso. Los ruidos que llegan, atenuados. Sólo de noche, el crujido de la madera, con sus breves estampidos, me sobresalta un poco el sueño. Pero en seguida lo retomo. Esto es una inmensa paz. Nada mundanal, desprovisto de lujos o cosas innecesarias, los únicos pasos que se oyen son los míos, y la hostelera sólo se asoma al oírme bajar la escalera para el desayuno. Anoche llegué poco antes de las 10, bajé del remisse, abrí con la llave que me dieron el primer día, y no vi a nadie. Tomé del mostrador la llave de mi habitación, entré, bajé la temperatura del calefactor y me acosté, muerta de cansancio de las intensas caminatas de la mañana y la tarde. Leí, me dio sueño, me dormí. Hoy está nublado, y no se dio el espectáculo del amanecer sobre el lago de ayer: primero dorado, después de un rosa intenso. Hay fotos, ojalá reflejen el recuerdo.
15 de marzo
Sigo siendo la única. La habitación frente a ésta, es mejor. Tiene cama con respaldo de madera tallada, rústica, de ciprés. Las paredes conservan el color de la madera: acá la de la cabecera está pintada de lila, la única, pero no me gusta. Es un misterio por qué la mujer me asignó esta habitación, con otra adosada de dos cuchetas. Las razones que me dio, no son convincentes. La otra tiene mejor vista: ventanal a un costado de la cama, al otro lado de la isla, y ventanal del otro costado, que da, como éste, al frente de la isla. Es como para una pareja, o para alguien solo. Esta que me dio es para cuatro personas. ¿Cómo se explica? Imaginar un relato con esa intriga, con este aislamiento, ya que ella parece estar, también, sola. Ayer apareció una mucama. Al mediodía se despidió, antes de la hora del almuerzo. Sofía dice, con razón, que mantener esta hostería, para un solo huésped –yo, en este caso-, no es para nada rentable. Y además de no ser rentable, es esclavizante, ya que la hostelera se ve obligada a estar siempre. Debe ser. Me dijo que la casa de ella –de ellos, recuerdo que habló en plural- está bajando la escalera. Cuando llego, como anoche, antes de las diez, ya nada se oye. Se han ido, me dejan la llave sobre el mostrador, y apenas llegan ruidos de abajo. Pero no hay nadie en la cocina, que está en la misma planta que el saloncito comedor, ni llegan olores de haber cocinado. Si es una familia, debería oírse algo. No sé si tienen hijos. Hombre, apareció uno el día que llegué, no muy amistoso, saludó apenas, sin sonreír, y desapareció. No lo he vuelto a ver.
Dejo, salgo a caminar y pensar la urdimbre de un cuento, o novela corta. Sofía no ha contestado mi último mensaje, donde le pedía me comunicara si ir a la ciudad, o no. Depende si ellos se quedan allá. No lo sé. Dejo, vienen pasos.
16 de marzo
Notas:
Una mujer de mediana edad llega a una hostería de montaña y encuentra que es la única pasajera de un lugar no muy grande, con 8 habitaciones. La dueña, una mujer de su edad, le asigna un departamento: una habitación con cama grande y otra más pequeña, con camas cucheta. Es un lugar como para una familia, un matrimonio con 2 hijos. La hostelera dice que es la habitación con mejor vista. Pero la pasajera , por su cuenta, abre la habitación frente a la suya y ve que la vista es aún mejor, ya que tiene ventanas que dan hacia el frente y hacia la parte de atrás del lago, es decir una perspectiva que abarca desde este a oeste. También la cama es mejor, con respaldo en mader tallada, mientras que la otra es sólo un sommier. La mujer encuentra que la hostelera parece vivir sola, sin embargo no busca iniciar conversación cuando le sirve el desayuno, único momento en que la ve. La hostelera, que es cortés pero distante, le ha dado, además de la llave de su habitación, la de la puerta de calle. Cuando la pasajera llega, a la noche, nunca hay nadie. Tampoco a la tarde. La hostería parece estar sólo para ella. La mujer empieza a preguntarse si no habrá algo raro en la conducta de la hostelera. Pero se siente cómoda, al no tener que alternar con nadie y poder disponer del juego de sillones frente a la estufa de leña, o poder recorrer el pasillo que lleva a su habitación con la tranquilidad de que nadie interrumpirá sus pasos. Pasa una semana leyendo y saliendo a caminar. Va de visita a la ciudad, distante a unos 10 km . Desconfianza mutua. Época.mediados de los 50 0 60. La mujer lleva un diario. La otra escribe una especie de informes, no se conoce con qué desino. La pasajera se viste con breeches y sale con una fusta y botas de montar, una mañana. La dueña la está espiando, casi siempre, desde su vivienda, situada abajo del piso de entrada a la hostería. Cuando sale, la hostelera sube y observa el camino que la otra sigue.
Nada se sabe de los propósitos de una u otra. En el diario que lleva la pasajera, anota nimiedades y descripción de hostería y paseos por las cercanías, pero no mucho m´s. Anota que ya F. debería haber llegado. O que F. podría enviarle un mensaje, aunque claro, no tiene su dirección. Irá al almacén o restaurant, café, de la curva del camino) a preguntar. Está la vista del lago, la isla más grande y la otra, más pequeña, alejada, en los confines del lago. Uno de esos días se embarcará, cuando reciba alguna señal de F. Pasan los días, las casas y las cabañas de turistas se han ido vaciando. Muchos han cerrado sus postigos, y clausurado los servicios. Empieza a hacer frío y a oscurecer más temprano.
"El fuego" de Poesía suelta
El fuego
Has encendido el fuego.
La luna
brilla y vela
en el jardín blanqueado.
El mar
Desolado y negro
Muerde incansable la tierra.
En la casa, en el centro del hogar
arden los leños.
Altas las llamas
Se llevan, en su ardor
Todas las penas.
Ausencias, faltas, deudas,
Antiguos fragores del rencor
Y crepitar de culpas, de olvidos
Y abandonos.
Todo se lo lleva el fuego
como el mar
la infinita arena y el incesante oleaje.
Rescoldos y luego cenizas
Sal y espuma
Humo y viento.
El resto, (ya fue dicho), es silencio.
Mientras, has encendido el fuego.
Villa Elisa, invierno 2008
Has encendido el fuego.
La luna
brilla y vela
en el jardín blanqueado.
El mar
Desolado y negro
Muerde incansable la tierra.
En la casa, en el centro del hogar
arden los leños.
Altas las llamas
Se llevan, en su ardor
Todas las penas.
Ausencias, faltas, deudas,
Antiguos fragores del rencor
Y crepitar de culpas, de olvidos
Y abandonos.
Todo se lo lleva el fuego
como el mar
la infinita arena y el incesante oleaje.
Rescoldos y luego cenizas
Sal y espuma
Humo y viento.
El resto, (ya fue dicho), es silencio.
Mientras, has encendido el fuego.
Villa Elisa, invierno 2008
viernes, 5 de agosto de 2011
Intemperies
El invierno afuera
ostenta
la cortesía gélida
del transeúnte indiferente.
Los leños encendidos, dentro
arropan
como encuentros secretos
de amantes clandestinos.
ostenta
la cortesía gélida
del transeúnte indiferente.
Los leños encendidos, dentro
arropan
como encuentros secretos
de amantes clandestinos.
Inviernos
El frío comparte
con el cuchillo
el filo
el tajo incisivo que separa
la carne, de la carne
la piel, del aire
el corazón, del grito
Villa Elisa, agosto 2011
con el cuchillo
el filo
el tajo incisivo que separa
la carne, de la carne
la piel, del aire
el corazón, del grito
Villa Elisa, agosto 2011
Poesía suelta- "Hoy no"
Hoy no
No hay pan
ni hay vino.
Hoy no, no los hay ¡ay!
La calma blanca planea
se dilata
en las sienes
y en las vísceras.
El vino es rojo,
la harina es blanca.
La ausencia es larga.
No hay pan
ni hay vino.
Hoy no, no los hay ¡ay!
La calma blanca planea
se dilata
en las sienes
y en las vísceras.
El vino es rojo,
la harina es blanca.
La ausencia es larga.
leo_escribo_jardineo: Presentación del sábado
leo_escribo_jardineo: Presentación del sábado: "Me despertó el zumbido de un mosquito. Cerca de las 5, no miré la hora. Todavía estaban encendidas las luces blancas del jardín. Salí a busc..."
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