El
amante secreto
-Confiesa el nombre del
traidor y perdonaré tu vida, no la de él. Cinco noches esperaré. Tu silencio te
valdrá la hoguera, por bruja y por adúltera- sentenció el bravo Hrovthar, señor
del castillo, al encerrar en estrecha celda a Bresilda, su mujer.
Acurrucada en un rincón, sacó de entre sus
faldas una navaja. La piedra del piso era porosa. Bresilda dibujaba hasta que
se iba la luz. Al llegar la noche, cubría con el suyo las formas del cuerpo
amado que el filo había trazado: cabeza cercada de rizos, hombros y pecho
poderosos, vientre y muslos tensos y ardientes como el goce de una sola noche,
sin olvido e irremediable. Los brazos de su amante, desprendiéndose del suelo,
se ceñían otra vez sobre ella, que desfallecía de amor. Al quinto amanecer,
Hrovthar abrió la celda: enlazados de amor y muerte yacían Bresilda y su secreto amante.

