viernes, 4 de octubre de 2013

Lecturas y lluvia








7 de septiembre 2013.
 Tarde de lluvia.


Desde anoche a las 10 está lloviendo. Ahora son poco más de las dos de la tarde. El aire está oscuro, el cielo grisáceo y denso. No para de llover, no disminuye la potencia del agua ni de los truenos. Con un tiempo así, sólo quiero leer, bajo el acolchado de plumas, leer y leer. A la mañana, me desperté temprano, y viendo que los chicos dormían, fui a la cocina y tratando de no hacer ni el más mínimo ruido preparé mi jarro de café con leche, dos tostadas de pan negro y me volví a la cama. Tenía a mano el libro de Bolaño, El gaucho insufrible, y Ficciones de Borges, esperando. Empecé por este último, para releer el tema del Traidor y del héroe, refrescar los detalles del argumento y del final. Recordaba perfectamente el apellido del traidor y el lugar de los acontecimientos, Kilpatrick, Irlanda. Leí el cuento, sujeté los detalles olvidados, y me prometí releer el final a la luz del manuscrito que se encontró, de Borges, en la Biblioteca Nacional. Dentro de poco, supongo, lo divulgarán por internet. Parece que Borges propone un final diferente, o una nueva red de lectura. Esto contradeciría la noción de Piglia de que Borges construía sus cuentos según el modo de Poe, con finales perfectamente cerrados. La idea central del cuento es la que rige la poética borgeana: la ficción empapa la realidad y la transforma. Emplea, básicamente, textos de Shakespeare, Macbeth y Julio César. Esperemos para ver. Luego, a Bolaño. Empecé por el cuento (o nouvelle), El policía de las ratas, que parte de Kafka, el cuento Josefina la Cantora. Sí, un narrador impresionante, a pesar del rechazo que produce el tema. Luego, el de Alvaro Rousselot, un mediocre escritor argentino que cae en las trampas de París, una parodia sobre la banalidad y la zoncera vanidosa. Me recordó el acontecimiento de Rodolfo Falcioni y el plagio que le cuestionó a Ettore Scola por su cuento El cedro herido, en un juicio que Falcioni le ganó, según tengo entendido. La situación es similar, dado que era raro que hubiera llegado a manos de Scola, el cuento de un narrador platense, publicado en el diario de una ciudad de provincia, de un país sudamericano. Rousselot, el personaje de Bolaño, no tuvo la misma suerte, o no planteó el resarcimiento, sólo quería conocer al cineasta que se había basado en sus novelas. En Bolaño hay una comicidad subterránea, diría, a lo Bioy Casares, a quien está remedando, en el tono y en el tema. 
 Ahora, con frío en los pies,con sueño, con desgano y molestia por haber comido de más, vuelvo a la cama con bolsa de agua caliente, a seguir leyendo a Bolaño ( o a Borges).
Cuatro horas después.
 Leí a Borges, ensayos, algunos por primera (u olvidada), vez, y unos pocos poemas. Me levanté por un persistente ladrido quejumbroso que me hizo temer que Moro estuviera aprisionado tras algo. Pero era el perro del vecino, atado seguramente y disgustado. Volví al reclinatorio de la cama y a seguir leyendo a Borges. Paró de llover, pero no aclaró y ahora, con la caída de la tarde, más penumbra y densa grisura. Salir. Voy a salir. Esfuerzo de sobreponerme al tironeo interior. Pero sigo: me gustó el ensayo de Borges sobre The purple land. Lo pone por encima de cualquier texto de nuestra gauchesca. Reitera allí (1932 o 1940) sus desdenes al Martín Fierro y a Don Segundo Sombra. Además dice que el de Hudson es uno de los pocos libros felices de la literatura. Y tiene razón. Vuelven mis ganas de releer a Hudson y concluir los Días de ocio en la Patagonia, recientemente adquirido. Leí, además el ensayo sobre Postulaciones de la realidad, donde trata el tema de los modos de abarcarla según la literatura clásica, y da ejemplos, y El arte narrativo y la magia, tantas veces leído, con su lema "los pormenores profetizan". También, un ensayo sobre los modos en que la cultura a través de libros religiosos, filosóficos o literarios, postula que la nada y el todo se igualan y en la segunda parte del ensayo recurre a Shakespeare y a lo que sobre él dijeron Ben Jonson, Coleridge, y Hazzlitt, los que más recuerdo. Ideas que Borges retomará en el texto Everything and nothing, en El Hacedor, dedicado solamente a Shakespeare. Lo proteico, el que es Todo y a la vez, es nada o nadie. 
Después, al tener que calzarme para salir afuera a ver qué pasaba con el perro, aproveché y fui a comprar verduras. Fui en el auto. Enormes charcos sobre el asfalto que impiden ver dónde están acechando los baches. De vuelta a casa miré el sur, hacia el lado de Seguí. Parecía que el cielo estaba rosáceo, con ganas de aclarar. Para el lado del Centenario, seguía gris y amenazante.
Con una cierta dosis de cobardía, resolví no ir a La Plata. La llamé a Leticia: ella tampoco iba (concierto de Lavandera con la Camerata Bariloche en el Argentino), y eso me alivió, porque tampoco, como ella, me hubiera gustado, sábado a la noche, estar y salir sola del teatro. Además me dijo que en ese momento, en La Plata se reiniciaba la lluvia.
Estar en esta casa, rodeada de enormes árboles, apartada de todo contacto urbano y social, durante días y horas, y noches, puede ser alienante. Por eso emprendo viajecitos aunque sea hasta la verdulería. Adentro espera la lectura, hoy el programa de Piglia (supongo que el inaugural), el vaso de whisky, el gato buscando arrumacos, el olor de las cáscaras de naranja al fuego. ¿Qué más?

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