miércoles, 9 de abril de 2014

Los tejedores de la Magistrada - Cuento tradicional levemente retocado



Los tejedores de la Magistrada

Había una vez un país donde gobernaba no un rey, no una reina, sino una Magistrada. Esto era así porque ella  prefería ese nombre ya que le parecía más … más … desafiante. Estaba encantada con su originalidad, en realidad lo que más le gustaba era eso: ser  original.  Y que los demás reyes y reinas del mundo, y los súbditos de su país, los babiolondos, dijeran a cada instante: ¡Qué original y elegante es la Magistrada! Y así gastaba muchísimo en ropas  y adornos: para deslumbrar a todos los que la vieran.  Aunque nadie puede ser original, único, muy diferente, mientras gobierna. Todos los gobernantes hacen más o menos lo mismo, cualquiera sea el nombre que se den: levantarse, desayunar, lavarse los dientes y los sobacos, afeitarse, cambiarse los calzones, leer los diarios, saber el pronóstico, vestirse, prepararse para recibir a otros gobernantes, o ministros, o zánganos, ya que a nadie pueden negarse. Y después escuchar pedidos, quejas, proyectos, tartamudeos,  zonceras, de todo.  Bueno, un aburrimiento. La Magistrada, coqueta, ambiciosa,  en su inquietud  esperaba que algo extraordinario sucediera  en su país de Babiolandia. Esperaba y esperaba, y entretanto, para matar el tiempo, encargaba nuevos trajes, vestidos y capas, chales, estolas, carteras, zapatos, sombreros, ¡hasta cinturones!  Anchos y hebilludos cinturones como los que les había visto a los piratas del Caribe cuando abordaban bajeles o llegaban a las costas de Babiolandia trayendo sus grandes cargamentos de cofres  con tesoros escondidos.  La Magistrada tenía una gran simpatía por los piratas, y alguna vez, se decía, había recibido a alguno secretamente, haciéndolo pasar por los túneles del Palacio Crepuscular desde el Río León hasta los recintos más ocultos del gran edificio. Pero eran habladurías difíciles de comprobar. Lo cierto es que los piratas, que viajan por todo el mundo y de todo se enteran, deben haber llevado la noticia de esta Magistrada y de su gran vestuario, a muchas comarcas del mundo. Y sucedió que tres hábiles y tramposos individuos, que siempre sabían sacar provecho de los reinos y de los cortesanos, se enteraron de la existencia de la Magistrada, de su aburrimiento, y de su insaciable deseo de originalidad. Viajaron días y noches, soportaron tormentas en el mar y huracanes en la tierra, lluvias torrenciales y soles inclementes,  pero un día, después de muchas escalas en otros reinos, llegaron a la capital de Babiolandia y golpearon a las puertas del Palacio Crepuscular.
La Magistrada, en ese tiempo,  había empezado a desfallecer de aburrimiento.  Se notaba porque ya no se interesaba  en los continuos  cambios de ropa. Delegaba el gobierno en manos de sus ministros y se dejaba estar en pantuflas y amplios batones de entre casa, con los cabellos sueltos y enmarañados, sin maquillaje,  reclinada o dormitando en los sillones del Palacio. Ni los bufones lograban entretenerla con sus cabriolas y bromas. “ La Magistrada está triste ¿qué tendrá la Magistrada?”, se preguntaban vanamente los cortesanos.
Pero ese día, los golpes en las puertas del Palacio despertaron, a pesar de su gran modorra, la curiosidad de la Magistrada. Mandó a su Secretario de Llamados que atendiera los aldabonazos.  
Después de una ansiosa espera,  la Magistrada supo quiénes habían llegado. Tres de los más prestigiosos y hábiles tejedores y diseñadores de ropa internacionales,  venían a traerle una novedad que muy secretamente debían comunicarle a ella primero.
 La Magistrada los recibió junto a su Secretario de Visitas en un saloncito privadísimo donde conversaron durante un rato no muy largo. Terminado el encuentro,  se convocó a una reunión de gabinete en el Salón Ámbar Rosado del Palacio. Los ministros corrían como ratones que escapan de la jaula,  atropellándose para llegar a tiempo a la reunión, prolijos y sin mal aliento después de haberse lavado los dientes y chupado unas pastillas de menta, a fin de estar listos, después de muchas semanas de inacción, a ejecutar órdenes claras y precisas de la Magistrada. Algunos tenían dolores de barriga, o gases, al ser interrumpidos en plena digestión, pero lo disimulaban apretándose el vientre y fingiendo ruidos con las patas de las sillas, o rascando la superficie de la gran mesa oval.  La Magistrada hizo una entrada solemne, vestida como en sus mejores tiempos y les comunicó, enérgica, que el Gobierno Magistral que ella presidía, había recibido a tres embajadores de la moda internacionales, que ejecutarían un trabajo sin igual para ella, y para la grandeza de toda la nación. En tanto, los ministros debían guardar absoluto silencio, hasta que recibieran instrucciones precisas de cómo actuar. Los tres embajadores, llamados de ahora en más “los tejedores de la Magistrada”, se alojarían en una de las torres del Palacio, donde tendrían su taller y todos los elementos necesarios para su gran obra.
 A cada palabra de la Magistrada  los ministros asentían, sin hacer preguntas ni levantar la vista. A pesar de que no entendían bien de qué se trataba, cuando la Magistrada terminó y se levantó, los ministros estallaron en aplausos que duraron siete minutos justos.
Pero ¿qué era lo que esos tejedores habían prometido? ¿De qué la habían convencido a la Magistrada tan eficazmente?
 Le dijeron lo que ellos sabían hacer: un traje fabuloso, un traje mágico, impactante. Un traje que sólo ellos podían fabricar, si les proveían los materiales.  Nadie, ningún súbdito del reino de Babiolandia, fuera rico o pobre, poderoso o desgraciado, dejaría de ver y admirar aquel traje que haría de la Magistrada, la gobernante más original, única, bienhechora y respetada de todos los reinos de la Tierra. Pues el traje que sólo ellos sabían hacer, tenía la capacidad de revelar, a quien negara verlo,   la  condición de opositor a la Magistrada, y de incapaz de ejercer un cargo en su gobierno.  ¿Y quién querría reconocer que no amaba a la Magistrada, a su poderío, y quién se declararía a sí mismo incapaz, y perder así el cargo y los beneficios que de ello obtenía? Y entonces, una vez segura del amor total de todos y cada uno de sus súbditos, ¡cuánto podría hacer por ellos, sin necesidad de discutir con opositores o con pregoneros, payadores y charlatanes que propalaban noticias desagradables o inventadas  por las esquinas del reino! Además,  de un modo rápido y sencillo se libraría de los muchos empleados inútiles y tendría menos sueldos que pagar.
 A cambio de la ejecución del traje ellos no pedían dinero, sino algunos materiales: hilos de oro y alfileres de plata, perlas, rubíes y esmeraldas, en fin, ya le irían diciendo las cantidades a medida que el trabajo avanzara. Calculaban que en tres semanas, podían tenerlo listo. La Magistrada aceptó de inmediato. Los tejedores se encerraron en la torre y comenzaron la ejecución en el telar real. A los tres días, uno de  ellos anunció que ya se podían ver  los avances de la rica tela que tejían. Invitaban a la Magistrada a verla.
Esta prefirió mandar primero a su Secretario de Costuras y Zurcidos.  Los tejedores lo apabullaron ni bien entró: le señalaban el telar y la maravillosa tela que de allí iba saliendo, con detalles sobre el diseño del dibujo y las filigranas y los colores que se intercalaban. El pobre secretario estaba espantado. No veía nada, pero por temor a que lo creyeran un opositor o un inútil para el cargo, salió del taller diciendo grandes elogios del trabajo a los otros ministros y secretarios. Pronto se difundió la noticia de que en la torre del Palacio Crepuscular, se estaba elaborando algo “que nadie podría dejar de ver y admirar”. Además, por la cantidad de oro y piedras preciosas que los tejedores pedían, debía ser algo maravilloso.
Pasaban los días y la Magistrada aún no se resolvía a ir personalmente. Quería saber más detalles y enviaba a asistentes de mayor rango cada vez. El Ministro de Desagues y Cañerías, volvió tartamudeando a comentarle a la Magistrada la hermosura que había visto. En realidad, no había visto más que el telar vacío y a los tejedores que frenéticamente lo manejaban y enrollaban la invisible tela mientras le daban minuciosas explicaciones.
 Cuando el trabajo estuvo casi listo, los tejedores recibieron al Ministro del Buen Tiempo y éste tampoco vio nada,  aunque observó pacientemente  cómo  entre las manos vacías los tres embaucadores desplegaban metros y metros de la inexistente y fabulosa tela. Salió de allí con tanto miedo de que descubrieran su incapacidad, que tuvo un tremendo ataque de tos mientras trataba de reproducir ante la Magistrada, la tela que le habían mostrado. Finalmente, acompañada de sus Secretarios y Ministros más allegados, también la Magistrada llegó a los pocos días al taller. La tela estaba lista para confeccionar  en el momento, el traje y manto que la cubrirían, le aseguraron con grandes reverencias los tejedores.
 Le tomaron entonces con mucho aspaviento las medidas y sobre un maniquí cubierto de bolsas de arpillera y trapos viejos, los tres farsantes iban armando el fantástico traje. Uno daba velocísimas puntadas, otro acomodaba pliegues y frunces;  otro recortaba aquí y allá con vibrantes tijeretazos. Y se turnaban para no dejar de parlotear a borbotones  de la maravilla que salía de sus manos. En pocos minutos, le presentaron a la Magistrada un vestido color arratonado, con agujeros y remiendos y  una especie de capa hecha de trapos rejilla deshilachados, para echarse sobre los hombros. Esa era la espléndida estola en composée –explicaban con seriedad.
 Muda de asombro, la Magistrada  tomó aquel horrible atuendo entre sus brazos y se retiró tras de un biombo para probárselo.  Cuando la vieron salir  vestida como una harapienta, los ministros y secretarios exclamaron ¡OOOOHHHH! Y en seguida empezaron a aplaudir como posesos. Los aplausos duraron siete minutos y todos se felicitaban y festejaban el gran traje de la Magistrada, mientras los tejedores le corrían alrededor haciendo aparentes arreglos. Ella se convenció de que ellos tenían razón, como siempre que la aplaudían.
Al día siguiente era la fiesta nacional de Babiolandia y estaba  todo dispuesto para que el Tradamóvil, la carroza real, llevara por las calles de la capital a la Magistrada a ser saludada por la multitud. Después del paseo, hablaría en el palco de la plaza central.  Mientras la carroza avanzaba por las calles en una mañana templada y de sol, nadie, al ver a la antes elegante Magistrada vestida ahora con harapos, se animaba a confesar lo que veían sus ojos. ¿Y si los creían opositores? ¿Y si no conseguían un cargo para sus hijas e hijos, nietos o sobrinos? ¿Y si los echaban del trabajo o les quitaban la casa o los ahorros? Todos entonces aplaudían al paso de la andrajosa gobernante. De pronto el Tradamóvil se detuvo en una esquina muy llena de gente. Como creyeron que la Magistrada iba a hablar, la multitud hizo silencio. Pero una mendiga, que aprovechaba los días de fiesta para juntar unas monedas, al ver a la Magistrada en lo alto de la carroza, gritó: ¡está vestida igual que yo! ¡La misma ropa!, y tiraba de sus andrajos para que la vieran. Todos miraban ahora: arriba a la Magistrada; abajo a la mendiga. Y ésta  no paraba de gritar: ¡¡igual que yo!! ¡¡igual que yo!!
La Magistrada trató de huir pero la carroza estaba atascada por la cantidad de público. Unos niños que oyeron a la mendiga empezaron en seguida un cantito: la Magistrada es una mendiga, pataplín, pataplán, pataplera…/ la Magistrada es una mendiga ….y nadie lo puede negar.  De pronto los hombres y mujeres también los siguieron. El coro se reprodujo en todas las esquinas y la capital entera de Babiolandia cantaba ahora  a voz en cuello que la Magistrada era una mendiga. Y más cantaban y más libres y felices se sentían.  La Magistrada tuvo que bajarse del Tradamóvil, y correr a esconderse, pero como estaba vestida con harapos, igual a muchos de los habitantes de Babiolandia, cuando se mezcló con la gente nadie la reconoció. Después de mucho andar por callejones desconocidos y oscuros suburbios,  llegó al Palacio, jadeante y furiosa a preguntar por los tejedores, a quienes encarcelaría de inmediato.  Corrieron los guardias hasta la torre y al entrar al taller de costura no encontraron más que trapos desparramados y el maniquí con un cartel pegado en el cuello:
GRACIAS BABIOLOS. NOS LLEVAMOS LAS PERDICES.
El Secretario de Versos y Discursos no lograba entender el mensaje. ¡Si allí no había perdices! ¿Qué habrían querido decir? ¿Conservaría el cargo si no era capaz de explicar las implicancias ocultas del mensaje? Ah, se rompía los sesos el pobre secretario.
En tanto la Magistrada, refugiada en sus aposentos, tomaba grandes cantidades de té de tilo que le llevaban las asustadas  asistentas. Al no poder vengarse de los tramposos tejedores, maltrataba  a cualquiera que se le acercara. Después de dos días de furia y depresión, el tilo al fin empezó a ejercer su efecto benéfico sobre la delicada estructura anímica de la Magistrada. A solas, recordaba cuántas cosas desconocidas había visto huyendo como una mendiga. Recordaba , se asombraba y pensaba. Movía la cabeza para un lado y para otro, a cada idea nueva que se le ocurría.
Pocos días después, la Magistrada echó a todos los que la habían aplaudido, y  se compró una bicicleta y un equipo deportivo, para salir en las tardes a recorrer calles y barrios y  saber qué necesitaban los babiolondos y qué podía hacer por ellos.
 El Secretario de Versos y Discursos, ya sin trabajo, trata todavía de descifrar el mensaje de los tejedores. ¿A ustedes, lectores, qué les parece que quisieron decir?                 
                                               FIN                                 

María Elena Aramburú (Septiembre)