La dueña
Se
va. Se sube al auto, ya cierra. Dobla la cabeza hacia donde estoy, pero se va.
Yo la estoy mirando asombrado, estaba sentado y me levanté para mirarla fijo.
¿Se cree que me va a dejar acá? ¿Y cuánto va a tardar? Sale, ahí adentro de lo
que ella llama auto, y se van juntos.
Qué desagradecida. ¿Y si no vuelve? No puedo dejar de saltar, y llamarla, pero
ahora debe estar abriendo el portón, con
ese chirrido odioso, y ya no los veo. Igual sigo saltando y llamándola, aunque
no sirve para nada, ya lo sé. ¿Por qué serán así los perrhumanos? Es difícil de
entender esta dueña. Al viejo, que apenas puede andar, lo deja suelto, y a mí,
que tengo tanto para hacer, me ata. Trato de ayudarla en todo. Sobre todo de
noche, patrullo toda la casa. Voy y vengo de una punta a otra de los
alambrados. A veces, como me aburro, busco otras cosas para hacer. Le saco la
ropa que quedó en la soga, qué rico olor tiene. Eso me gusta, pero da trabajo.
Hay cosas muy agarradas, y ahí tengo que tirar fuerte con los dientes, hasta
que todo el aparato se da vuelta y queda en el piso con la ropa aplastada. Así ella
no tiene que estirarse al día siguiente para descolgarla. El aparato es pesado
y gira, con muchos hilos y unas cosas chiquitas pegadas a los alambres que
muerdo mucho, a ver si se ablandan. Pero no, se parten nomás. Hay muchos
pedacitos de esos desparramados por el jardín. Y no tienen gusto rico. Así que
los dejo y busco otra cosa para hacer. Algo que me ocupa un rato más largo son
los baldes y las palanganas. Ella grita esas palabras cuando busca dónde poner
la ropa. Y entonces los ve, en el jardín, como yo se los dejé, a la vista y
bien masticados, con muchos pedazos de colores alrededor, y entonces ella me
ladra, como ladran las perrhumanos, bah, como pueden, ladra finito y con las
dos manos en la cabeza. Entonces empieza el juego: ella quiere agarrarme, con
sus ladridos cortitos, agitada, imitándome,
y yo le corro alrededor, y cuando está por atraparme salto y me echo
atrás, y ella más me ladra, y yo le
respondo y otra vez a saltar y correr, y ladrarnos, hasta que se cansa y entra
a la casa. Entonces es cuando me engaña. Sale de la casa con cosas ricas en una
mano y me llama sin ladrar, haciendo la voz suave. Me las muestra, y yo, que
estaba echado, descansando, me acerco a probarlas y ella, de pronto y mientras yo estoy masticando, me
agarra el cuello con la otra mano y me prende al collar la cadena. Salimos
caminando juntos, pero cuando veo que enfila para el palo donde me ata, le pido
a mordiscos chiquitos en las piernas y las manos que me deje, así jugamos. Me
pega en el hocico, no muy fuerte, sólo para que deje de morderla. Si no la
muerdo nada, me hace caso, pero entonces la que manda el juego es ella. Me lleva
a caminar pegadito a su pierna, tirándome mucho del cuello y diciendo todo el
tiempo “camine, camine”. Cuando no aguanto más el apretón, le obedezco, y así
andamos un rato. Me siento, me echo, como ella me ordena. Entonces vienen las caricias, los elogios,
ahí es cuando más me quiere y por eso le hago el gusto. Yo también la quiero,
tanto, tanto, que ni bien siento el cuello flojo, salto a besarla a la cara, a
la cabeza, al cuello. Y no sé porqué se enoja y me vuelve a tironear. Quién la
entiende a la dueña. Paseamos y paseamos así un buen rato, ella ordenando, y yo
obedeciendo. La tranquiliza el ejercicio, parece. Resopla y gruñe un poco
cuando se tropieza en los pozos que hicimos con el viejo. Hay por todo el
jardín. Algunos ya estaban cuando me trajeron, luego el viejo me enseñó y
trabajamos en hoyos nuevos, chicos, grandes, medianos. Buscamos el ruidito que
viene de abajo, cuando se lo oye menos hay que apurarse y sacar mucha tierra
muy ligero hasta que aparece el bicho, o no. No importa, le estropeamos el
nido. Y ella no agradece esto, al contrario, se enoja y los tapa cuando puede.
Yo la veo, carga la tierra del fondo a paladas en un aparato con una rueda
adelante. Ese aparato tiene un gusto parecido a los baldes, pero es muy grueso
y no he podido morderlo. La dueña lo deja apoyado en la pared y yo muchas veces
lo puedo tumbar pero no morder. Si llueve, el aparato se llena de agua y el
viejo y yo tomamos de allí. Pero sale ella y trata de dar vuelta el aparato y
volver a apoyarlo en la pared. Cuando no puede usa baldes para sacar el agua. Para todos los
días la dueña nos pone agua en esos baldes que yo agarro con los dientes cuando
ella no me ve. Los dejo por ahí tirados en el pasto y cuando los levanta parece
que me amenaza. De esos baldes no pude sacar ni un pedacito, todavía. Son más
gruesos que los de la ropa, y tienen un gusto muy distinto.
Otra
cosa que tiene agua son las canillas. Ella me ha arrastrado hasta ponerme por
delante y ha ladrado “las canillas no”, tantas veces que por eso reconozco cómo
se llaman. Yo no sabía qué eran, pero hace un tiempo vi que les salían unas
víboras larguísimas y la dueña las agarraba
y levantaba sobre el pasto y las plantas. Salía agua de esas víboras, lo sé
porque la dueña me ha mojado a mí y al viejo también. A la noche, las mordí
para probarlas. ¡No hacían nada! ¡No se defendían! No lo podía creer.
Las mordí en muchas partes pero sólo se partían y salían víboras más cortas.
Muchas de las que mordí, ella las unió de nuevo y ahora las guarda en un
galponcito que no pude abrir todavía. Cuando vi a las canillas sin víboras, les
mordí la boca, primero. Las canillas tienen boca y cabecita. Empecé por la que
está debajo de un árbol grande, en el medio del jardín. De la boca salía poca
agua, entonces probé con la cabecita. La mastiqué de atrás, de adelante, en una
de esas, cuando ya casi no quedaba nada de la cabecita, empezó a salir agua.
Qué alegría. Lo llamé al viejo, pero no se interesó, siempre tan aburrido el
pobre. Estuvo saliendo agua toda la
tarde. Un día la dueña lo descubrió y
cambió la canilla. Ahora tiene gusto a metal, me parece. Pero hay otras. Una está en el paso a donde nos vemos con el perro de la casa de al lado,
a través de un agujero que hicimos entre los dos en el alambrado y arrancando
plantas. Cada vez que yo pasaba
corriendo por allí, entre ramas y montones de tierra, me llevaba por delante la canilla. La
cabecita se movía y empezaba a salir agua sin parar. Se hacía mucho barro y era
incómodo pasar, así que con mi amigo hicimos agujero por otra parte. Ahora la
dueña puso unas macetas enormes, muy pesadas, que no me dejan paso. Por suerte
hay otra canilla, más cerca de la salida a la calle. Con esa fue muy fácil
porque casi no tiene plantas alrededor. Y la cabecita era blanda, del mismo
gusto de los baldes. Casi me la trago de tanto que la mordisqueé. Se llenó de
agua la entrada y el agua corría hacia la calle, todo el tiempo, hasta que la
dueña llegó, haciendo patinadas con el auto y cuando abrió la puerta me ladró
mucho. Por ladrarme resbaló, cayó y se embarró las piernas y el vestido. Qué
enojada se puso. A los perrhumanos les cuesta mucho no caerse porque caminan en
dos patas nada más, las otras les cuelgan más arriba. Esa vez me ató, aunque se estaba haciendo de
noche, que es cuando siempre, siempre,
me deja suelto.
Después de esa noche, las canillas están
asquerosas, cubiertas de trapos con un olor que no me deja acercar, y con algo
que me hace picar mucho la nariz y los ojos. Intento todas las noches, pero es
imposible. La dueña moja los trapos casi todos los días en ese olor. Se lo echa
con lo que ella llama la regadera, ese nombre también lo aprendí de tanto que
me lo ladró diciéndome no y no. Pero la deja olvidada en cualquier lado, yo la encuentro, le siento el olor de sus
manos y la dejo bien mordida por todas partes. Igual que los tachos que usa
para echar basura, siempre se los llevo al pasto dados vuelta. Así los
encuentra en seguida. También una noche dejó abierta la puerta del lavadero y
encontré el aparato donde ella mete la ropa que después cuelga. Es redondo, de
metal, nada cómodo para llevar. Me las arreglé y esa noche lo puse afuera,
abajo del árbol al que se le caen tanto las hojas y después las flores. A la
mañana, ella ladró “el secarropas” agarrándose la cabeza como hace cuando algo
la sorprende, y me ató. Una lástima, era un día tan lindo. Me entristecí mucho,
más que nada por ver que siempre, siempre, la dueña es desagradecida, con todo
lo que yo la ayudo. Ahora está enojada porque me metí con el auto, oí que decía.
Encontró en medio del jardín un chapón que le saqué de abajo, una cosa que
estaba medio suelta, cerca de los cables que una vez estuve mordisqueando. Lo
levantó, lo miró, no sabía qué hacer, me di cuenta, y como me gustó verla así,
tan pensativa, le pegué un salto para besarla. Estoy muy grande, me da comida
rica y según ella crecí mucho para no tener todavía un año. Así que la tumbé,
cayó sentada y me le trepé a las faldas, besándola sin parar. ¡La quiero tanto!
Ella en cambio, me sacó de encima a los manotazos, ladrando, hecha una furia y
me ató.
El viejo me mira como
con lástima y se acerca a acompañarme. Tarda mucho porque camina despacio y si
se echa, después le cuesta levantarse. Parece que a él no le importa nada si
ella no vuelve ¡se queda tan tranquilo! A él la dueña nunca lo ladra mal, ni lo
ata, a pesar de que él jamás la besa, ni le salta, ni le demuestra con trabajos
lo mucho que la quiere, como hago yo. Qué incomprensible es mi dueña. Qué raros
son los perrhumanos.




