martes, 13 de mayo de 2014

Poesía

Aire sin refugio 

No ha amanecido aún.
Una niebla rojiza fusiona tierra, árboles, hierba y cielo.
Difuminado, impreciso,
tiembla el mundo tras los vidrios. ¿Quién lo habita?
Apenas, de a ratos, un chasquido de gotas
que cae, del tejado a las piedras
y en las piedras ya son espejos velados en tiniebla.
Y nada nada que quiebre tanta húmeda quietud.
Como en el sudario de vapores
Que rodean la Casa Usher,
No cantan pájaros ni ladran perros,
Y parece ominoso el aire sin refugio.
El tiempo, emboscado en esta penumbra
del crepúsculo del alba, está en suspenso
 y es la vigilia del insomne
cuando se asoma al mundo ajeno,
la que pregunta,
también ella inundada de niebla y de silencio,

lo que ningún amanecer responde.

Del día que acaba


Cada amanecer es una clave
Y habrá que descifrarla
O que vivirla. ¿Quién,
Si no el final del día

Te dirá cuál era?

miércoles, 9 de abril de 2014

Los tejedores de la Magistrada - Cuento tradicional levemente retocado



Los tejedores de la Magistrada

Había una vez un país donde gobernaba no un rey, no una reina, sino una Magistrada. Esto era así porque ella  prefería ese nombre ya que le parecía más … más … desafiante. Estaba encantada con su originalidad, en realidad lo que más le gustaba era eso: ser  original.  Y que los demás reyes y reinas del mundo, y los súbditos de su país, los babiolondos, dijeran a cada instante: ¡Qué original y elegante es la Magistrada! Y así gastaba muchísimo en ropas  y adornos: para deslumbrar a todos los que la vieran.  Aunque nadie puede ser original, único, muy diferente, mientras gobierna. Todos los gobernantes hacen más o menos lo mismo, cualquiera sea el nombre que se den: levantarse, desayunar, lavarse los dientes y los sobacos, afeitarse, cambiarse los calzones, leer los diarios, saber el pronóstico, vestirse, prepararse para recibir a otros gobernantes, o ministros, o zánganos, ya que a nadie pueden negarse. Y después escuchar pedidos, quejas, proyectos, tartamudeos,  zonceras, de todo.  Bueno, un aburrimiento. La Magistrada, coqueta, ambiciosa,  en su inquietud  esperaba que algo extraordinario sucediera  en su país de Babiolandia. Esperaba y esperaba, y entretanto, para matar el tiempo, encargaba nuevos trajes, vestidos y capas, chales, estolas, carteras, zapatos, sombreros, ¡hasta cinturones!  Anchos y hebilludos cinturones como los que les había visto a los piratas del Caribe cuando abordaban bajeles o llegaban a las costas de Babiolandia trayendo sus grandes cargamentos de cofres  con tesoros escondidos.  La Magistrada tenía una gran simpatía por los piratas, y alguna vez, se decía, había recibido a alguno secretamente, haciéndolo pasar por los túneles del Palacio Crepuscular desde el Río León hasta los recintos más ocultos del gran edificio. Pero eran habladurías difíciles de comprobar. Lo cierto es que los piratas, que viajan por todo el mundo y de todo se enteran, deben haber llevado la noticia de esta Magistrada y de su gran vestuario, a muchas comarcas del mundo. Y sucedió que tres hábiles y tramposos individuos, que siempre sabían sacar provecho de los reinos y de los cortesanos, se enteraron de la existencia de la Magistrada, de su aburrimiento, y de su insaciable deseo de originalidad. Viajaron días y noches, soportaron tormentas en el mar y huracanes en la tierra, lluvias torrenciales y soles inclementes,  pero un día, después de muchas escalas en otros reinos, llegaron a la capital de Babiolandia y golpearon a las puertas del Palacio Crepuscular.
La Magistrada, en ese tiempo,  había empezado a desfallecer de aburrimiento.  Se notaba porque ya no se interesaba  en los continuos  cambios de ropa. Delegaba el gobierno en manos de sus ministros y se dejaba estar en pantuflas y amplios batones de entre casa, con los cabellos sueltos y enmarañados, sin maquillaje,  reclinada o dormitando en los sillones del Palacio. Ni los bufones lograban entretenerla con sus cabriolas y bromas. “ La Magistrada está triste ¿qué tendrá la Magistrada?”, se preguntaban vanamente los cortesanos.
Pero ese día, los golpes en las puertas del Palacio despertaron, a pesar de su gran modorra, la curiosidad de la Magistrada. Mandó a su Secretario de Llamados que atendiera los aldabonazos.  
Después de una ansiosa espera,  la Magistrada supo quiénes habían llegado. Tres de los más prestigiosos y hábiles tejedores y diseñadores de ropa internacionales,  venían a traerle una novedad que muy secretamente debían comunicarle a ella primero.
 La Magistrada los recibió junto a su Secretario de Visitas en un saloncito privadísimo donde conversaron durante un rato no muy largo. Terminado el encuentro,  se convocó a una reunión de gabinete en el Salón Ámbar Rosado del Palacio. Los ministros corrían como ratones que escapan de la jaula,  atropellándose para llegar a tiempo a la reunión, prolijos y sin mal aliento después de haberse lavado los dientes y chupado unas pastillas de menta, a fin de estar listos, después de muchas semanas de inacción, a ejecutar órdenes claras y precisas de la Magistrada. Algunos tenían dolores de barriga, o gases, al ser interrumpidos en plena digestión, pero lo disimulaban apretándose el vientre y fingiendo ruidos con las patas de las sillas, o rascando la superficie de la gran mesa oval.  La Magistrada hizo una entrada solemne, vestida como en sus mejores tiempos y les comunicó, enérgica, que el Gobierno Magistral que ella presidía, había recibido a tres embajadores de la moda internacionales, que ejecutarían un trabajo sin igual para ella, y para la grandeza de toda la nación. En tanto, los ministros debían guardar absoluto silencio, hasta que recibieran instrucciones precisas de cómo actuar. Los tres embajadores, llamados de ahora en más “los tejedores de la Magistrada”, se alojarían en una de las torres del Palacio, donde tendrían su taller y todos los elementos necesarios para su gran obra.
 A cada palabra de la Magistrada  los ministros asentían, sin hacer preguntas ni levantar la vista. A pesar de que no entendían bien de qué se trataba, cuando la Magistrada terminó y se levantó, los ministros estallaron en aplausos que duraron siete minutos justos.
Pero ¿qué era lo que esos tejedores habían prometido? ¿De qué la habían convencido a la Magistrada tan eficazmente?
 Le dijeron lo que ellos sabían hacer: un traje fabuloso, un traje mágico, impactante. Un traje que sólo ellos podían fabricar, si les proveían los materiales.  Nadie, ningún súbdito del reino de Babiolandia, fuera rico o pobre, poderoso o desgraciado, dejaría de ver y admirar aquel traje que haría de la Magistrada, la gobernante más original, única, bienhechora y respetada de todos los reinos de la Tierra. Pues el traje que sólo ellos sabían hacer, tenía la capacidad de revelar, a quien negara verlo,   la  condición de opositor a la Magistrada, y de incapaz de ejercer un cargo en su gobierno.  ¿Y quién querría reconocer que no amaba a la Magistrada, a su poderío, y quién se declararía a sí mismo incapaz, y perder así el cargo y los beneficios que de ello obtenía? Y entonces, una vez segura del amor total de todos y cada uno de sus súbditos, ¡cuánto podría hacer por ellos, sin necesidad de discutir con opositores o con pregoneros, payadores y charlatanes que propalaban noticias desagradables o inventadas  por las esquinas del reino! Además,  de un modo rápido y sencillo se libraría de los muchos empleados inútiles y tendría menos sueldos que pagar.
 A cambio de la ejecución del traje ellos no pedían dinero, sino algunos materiales: hilos de oro y alfileres de plata, perlas, rubíes y esmeraldas, en fin, ya le irían diciendo las cantidades a medida que el trabajo avanzara. Calculaban que en tres semanas, podían tenerlo listo. La Magistrada aceptó de inmediato. Los tejedores se encerraron en la torre y comenzaron la ejecución en el telar real. A los tres días, uno de  ellos anunció que ya se podían ver  los avances de la rica tela que tejían. Invitaban a la Magistrada a verla.
Esta prefirió mandar primero a su Secretario de Costuras y Zurcidos.  Los tejedores lo apabullaron ni bien entró: le señalaban el telar y la maravillosa tela que de allí iba saliendo, con detalles sobre el diseño del dibujo y las filigranas y los colores que se intercalaban. El pobre secretario estaba espantado. No veía nada, pero por temor a que lo creyeran un opositor o un inútil para el cargo, salió del taller diciendo grandes elogios del trabajo a los otros ministros y secretarios. Pronto se difundió la noticia de que en la torre del Palacio Crepuscular, se estaba elaborando algo “que nadie podría dejar de ver y admirar”. Además, por la cantidad de oro y piedras preciosas que los tejedores pedían, debía ser algo maravilloso.
Pasaban los días y la Magistrada aún no se resolvía a ir personalmente. Quería saber más detalles y enviaba a asistentes de mayor rango cada vez. El Ministro de Desagues y Cañerías, volvió tartamudeando a comentarle a la Magistrada la hermosura que había visto. En realidad, no había visto más que el telar vacío y a los tejedores que frenéticamente lo manejaban y enrollaban la invisible tela mientras le daban minuciosas explicaciones.
 Cuando el trabajo estuvo casi listo, los tejedores recibieron al Ministro del Buen Tiempo y éste tampoco vio nada,  aunque observó pacientemente  cómo  entre las manos vacías los tres embaucadores desplegaban metros y metros de la inexistente y fabulosa tela. Salió de allí con tanto miedo de que descubrieran su incapacidad, que tuvo un tremendo ataque de tos mientras trataba de reproducir ante la Magistrada, la tela que le habían mostrado. Finalmente, acompañada de sus Secretarios y Ministros más allegados, también la Magistrada llegó a los pocos días al taller. La tela estaba lista para confeccionar  en el momento, el traje y manto que la cubrirían, le aseguraron con grandes reverencias los tejedores.
 Le tomaron entonces con mucho aspaviento las medidas y sobre un maniquí cubierto de bolsas de arpillera y trapos viejos, los tres farsantes iban armando el fantástico traje. Uno daba velocísimas puntadas, otro acomodaba pliegues y frunces;  otro recortaba aquí y allá con vibrantes tijeretazos. Y se turnaban para no dejar de parlotear a borbotones  de la maravilla que salía de sus manos. En pocos minutos, le presentaron a la Magistrada un vestido color arratonado, con agujeros y remiendos y  una especie de capa hecha de trapos rejilla deshilachados, para echarse sobre los hombros. Esa era la espléndida estola en composée –explicaban con seriedad.
 Muda de asombro, la Magistrada  tomó aquel horrible atuendo entre sus brazos y se retiró tras de un biombo para probárselo.  Cuando la vieron salir  vestida como una harapienta, los ministros y secretarios exclamaron ¡OOOOHHHH! Y en seguida empezaron a aplaudir como posesos. Los aplausos duraron siete minutos y todos se felicitaban y festejaban el gran traje de la Magistrada, mientras los tejedores le corrían alrededor haciendo aparentes arreglos. Ella se convenció de que ellos tenían razón, como siempre que la aplaudían.
Al día siguiente era la fiesta nacional de Babiolandia y estaba  todo dispuesto para que el Tradamóvil, la carroza real, llevara por las calles de la capital a la Magistrada a ser saludada por la multitud. Después del paseo, hablaría en el palco de la plaza central.  Mientras la carroza avanzaba por las calles en una mañana templada y de sol, nadie, al ver a la antes elegante Magistrada vestida ahora con harapos, se animaba a confesar lo que veían sus ojos. ¿Y si los creían opositores? ¿Y si no conseguían un cargo para sus hijas e hijos, nietos o sobrinos? ¿Y si los echaban del trabajo o les quitaban la casa o los ahorros? Todos entonces aplaudían al paso de la andrajosa gobernante. De pronto el Tradamóvil se detuvo en una esquina muy llena de gente. Como creyeron que la Magistrada iba a hablar, la multitud hizo silencio. Pero una mendiga, que aprovechaba los días de fiesta para juntar unas monedas, al ver a la Magistrada en lo alto de la carroza, gritó: ¡está vestida igual que yo! ¡La misma ropa!, y tiraba de sus andrajos para que la vieran. Todos miraban ahora: arriba a la Magistrada; abajo a la mendiga. Y ésta  no paraba de gritar: ¡¡igual que yo!! ¡¡igual que yo!!
La Magistrada trató de huir pero la carroza estaba atascada por la cantidad de público. Unos niños que oyeron a la mendiga empezaron en seguida un cantito: la Magistrada es una mendiga, pataplín, pataplán, pataplera…/ la Magistrada es una mendiga ….y nadie lo puede negar.  De pronto los hombres y mujeres también los siguieron. El coro se reprodujo en todas las esquinas y la capital entera de Babiolandia cantaba ahora  a voz en cuello que la Magistrada era una mendiga. Y más cantaban y más libres y felices se sentían.  La Magistrada tuvo que bajarse del Tradamóvil, y correr a esconderse, pero como estaba vestida con harapos, igual a muchos de los habitantes de Babiolandia, cuando se mezcló con la gente nadie la reconoció. Después de mucho andar por callejones desconocidos y oscuros suburbios,  llegó al Palacio, jadeante y furiosa a preguntar por los tejedores, a quienes encarcelaría de inmediato.  Corrieron los guardias hasta la torre y al entrar al taller de costura no encontraron más que trapos desparramados y el maniquí con un cartel pegado en el cuello:
GRACIAS BABIOLOS. NOS LLEVAMOS LAS PERDICES.
El Secretario de Versos y Discursos no lograba entender el mensaje. ¡Si allí no había perdices! ¿Qué habrían querido decir? ¿Conservaría el cargo si no era capaz de explicar las implicancias ocultas del mensaje? Ah, se rompía los sesos el pobre secretario.
En tanto la Magistrada, refugiada en sus aposentos, tomaba grandes cantidades de té de tilo que le llevaban las asustadas  asistentas. Al no poder vengarse de los tramposos tejedores, maltrataba  a cualquiera que se le acercara. Después de dos días de furia y depresión, el tilo al fin empezó a ejercer su efecto benéfico sobre la delicada estructura anímica de la Magistrada. A solas, recordaba cuántas cosas desconocidas había visto huyendo como una mendiga. Recordaba , se asombraba y pensaba. Movía la cabeza para un lado y para otro, a cada idea nueva que se le ocurría.
Pocos días después, la Magistrada echó a todos los que la habían aplaudido, y  se compró una bicicleta y un equipo deportivo, para salir en las tardes a recorrer calles y barrios y  saber qué necesitaban los babiolondos y qué podía hacer por ellos.
 El Secretario de Versos y Discursos, ya sin trabajo, trata todavía de descifrar el mensaje de los tejedores. ¿A ustedes, lectores, qué les parece que quisieron decir?                 
                                               FIN                                 

María Elena Aramburú (Septiembre)

lunes, 3 de febrero de 2014

Poesías de canto y cuento



                   
                  Valdemar, señor de Transilvania y de las pampas

Es de noche,
noche de cielo violáceo.
Allí arriba en una rama
brillan ojos de topacio.
¿Has visto qué cara bruna, tan redonda, tan moruna?,
Es como una luna seria, cara de luna muy llena.

Pero no es la luna luna
Es el gran buho Valdemar,
Valdemar de Transilvania, centinela de un castillo
donde cuidaba a doncellas que temen a los vampiros,
a culebras, alimañas,  a las temibles arañas
y hasta al bueno y cantor grillo.

 Valdemar los ahuyentaba, con su mágico chistido.
Drácula mismo temblaba
Al oír aquel sonido.

De Transilvania a estas tierras llegó Valdemar de noche.
Siempre un misterio fue
Si vino en barco o en coche.

En la torre de la iglesia encontró una compañera:
Doña Arminda, gran lechuza de mirada seductora,


Garganta de terciopelo, pluma de suave perlado
Y un pico tan afilado como daga de Mallorca.
 
Un tiempo fueron felices, comieron buenas perdices
lauchas, ratones y cuises que a los dos los engordaron.
Obesos y satisfechos
¡Siempre juntos! se juraron.

Mas “siempre” no pudo ser...
Vestido siempre de oscuro, con su ceño muy fruncido,
Y esos ojos aguerridos,
el viudo chista en la rama.

Todos callan con respeto.
No hay murmullos,ni ruiditos.
Nadie quiebra una ramita.
Ni se mueve un esqueleto.

El viudo muy serio mira
atrás, abajo y  arriba.
La cabeza gira y gira. Valdemar mira que mira,
busca en vano en la llanura
a su lechuza querida.

sábado, 1 de febrero de 2014

Una lección libresca (cuento)

Una lección libresca


                                                                                        A  JHG, in memoriam    


    En su refugio al pie del valle de la montaña madre, el Maestro, en el temprano crepúsculo de una de las muchas tardes en que recibía al discípulo, le habló estas palabras:
    -Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que vengo soñando desde antes tal vez, de que mis pies hollaran los caminos de esta tierra.
    -Maestro, nunca me has hablado antes de tu proyecto. ¿Por qué ahora ...?-titubeó, temeroso, el ya no tan joven aprendiz.
    -Porque no era llegado el tiempo–.
 El hombre mayor levantó, en gesto calmoso, su mano derecha, aplacando la incipiente ansiedad del discípulo.
   -Ahora, con muchas primaveras blancas y grises inviernos ya contados, he decidido poner en práctica ese proyecto tenaz. Años de ejercicio y de dura disciplina, me habilitan a ello.
    El discípulo esperaba, transido de reverencial expectativa. Se oía el susurro del follaje y el lejano grito de los pájaros de la tarde. Los minutos pasaban y el joven no se animaba a ser él quien reanudara el río del habla.
    -Crees que me aproximo a mi desaparición física y eso te entristece- afirmó el Maestro-.
  El discípulo, muy a su pesar, asintió, con la cabeza gacha.
 -Sin embargo, sabes que no será así. He elegido. No moriré como otros, crucificado en angustias de abandono como el joven dios de los cristianos, ni con la razón extraviada y solitario, como el predicador persa. No moriré como hombre, ni volveré en animal cuadrúpedo o volátil ...-.
    El discípulo lo miraba con los ojos cada vez menos húmedos y más abiertos de estupor.
    - Me convertiré en libro– dijo finalmente el Maestro, cuya mirada parecía estar  atravesando el follaje y apuntando a las altas cumbres que enmarcaban el valle.
    -Pero ... Maestro ... el libro… el libro … no es un ser viviente. La doctrina ... nuestra fe ...-. El aprendiz vacilaba oyendo aquellas herejías de boca de su mentor.
    -El libro, por estar hecho de fibras vegetales, es también una cosa viviente. Quédate, serénate, mira más allá de la visión limitada, mira con los ojos de la sabiduría y verás...-.
    El discípulo miró, en la dirección que lo hacía el Maestro. Pero una especie de niebla mental, de sopor o somnolencia invadió su mente y le anubló el entendimiento.  Se libró de ella sacudiendo cabeza y miembros. Cuando sus ojos se despejaron, vio que estaba solo y que frente a él se abrían las páginas de un libro. Se agachó, y a la luz vacilante del ocaso leyó:
    “Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que vengo soñando desde antes, tal vez, de que mis pies hollaran los caminos de esta tierra.”



martes, 28 de enero de 2014

Ladridos (cuento)

Ladridos
    
                                                             
                                                                  Somos nuestra memoria, somos ese quimérico
                                                                  museo de formas inconstantes,
                                                                 ese montón de espejos rotos.
                                                                  J.L.Borges

                                                               
Noches de soledad adentro y ladridos afuera.  Los perros corren, inquietos,  como si una amenaza invisible los conmoviera,  intermitente. ¿Qué los impulsa a esa insistencia? La mujer se asoma por los visillos de la ventana de una habitación, luego  de otra, observa los espacios abiertos desde diferentes ángulos, -el frente de la casa, los costados, el fondo que se abre a un  predio vecino-,  y no ve nada.  Enciende  luces que iluminan sectores oscuros del jardín, observa unos instantes,  y como no ve nada, apaga. Otros perros, quizá, se dice. Otras voces a las que ellos, -dos machos mestizos grandes y una ovejera castrada y amachonada-, estarán respondiendo.
 Pasan muchos minutos de un ladrar exasperante, hasta que, ocupada en el trajín de la cocina, entre el chorro del agua y el rezongo del calefón, se desentiende del ruido. Y luego, al ir hacia el dormitorio la mujer advierte que ha vuelto el silencio. Es un alivio. Ahora podrá concentrarse en la lectura sin que nada reclame su atención. Una pila de libros espera en la mesa de luz.
Abre la cama, mete entre las sábanas heladas el calentador  y se sienta en el borde. Mientras se descalza las botas de abrigo,  piensa cuál  elegir. Hay una novela de Thomas Hardy a medio leer, y otros en proceso de relectura. Una edición antigua de los primeros relatos de Chejov; un estudio sobre incesto y parentesco; un Paraíso Perdido, una antología de cuentos policiales,  una recopilación de viajeros a las pampas y un anotador propio con notas sueltas. Elige a Chejov, que siempre la hace feliz.  Ve la escena descripta en la narración y la acompaña. Mejor: está adentro, no solo del carruaje tambaleante a través del barro y la lluvia entre espantosos caminos nocturnos, sino adentro de las ideas y pesares del personaje, solitario y rabioso, convocado por un llamado del deber al que opone una rebelión tan inútil como absurda.  Allí va ella en empatía con el médico del cuento, consciente sin embargo del confort que disfruta  bajo el edredón de plumas, con los pies calientes y las almohadas acolchando su cabeza y hombros, cuando un estrépito de ladridos histéricos la sacude en un sobresalto. El libro, un ejemplar viejo y mal encuadernado, se  despatarra entre la cama y el piso.         

Irritada, la mujer corre a la ventana, abre los postigos, increpa a los perros. Qué pasa, les  repite, irracional, mientras los perros excitadísimos corren desorientados primero hacia ella, luego en disparada hacia adelante. La mujer trata de aguzar la mirada en la oscuridad. Todavía tiene los ojos  a ciegas por el velador.  Cree ver unas luces zigzagueantes sobre el camino. Parecen linternas. Desde la ventana está a unos cincuenta metros de la entrada y el cerco vivo, raleado en partes, le permite sólo una visión parcial. Le parece ver unos bultos que se mueven cercanos a un vehículo detenido sobre la banquina. Un auto, o una camioneta. Cierran una puerta o el capó, en todo caso un ruido metálico y seco. ¿La habrán oído gritarle a los perros?
Empieza a cerrar de a poco los postigos. Los asegura con el pasador. Se retira despacio hacia atrás. Apaga el velador y queda a oscuras, al borde de la cama. Los ladridos se hacen enloquecedores.  Se  llevan a alguien. Está segura, de pronto, que se trata de eso.  Han venido a llevarse a alguien y los perros los delatan. ¿Los matarán?
 Pasan minutos desesperantes en los que la mujer ruega que los perros sigan ladrando.   Espera. Sabe que pronto va a escuchar –si los perros se callan-, las órdenes, el chasquear de las armas, los golpes en la puerta  cuando logren forzar el portón de entrada al camino. O tal vez corten el alambre y entren por atrás, los perros entretenidos en el frente con los movimientos de otros. Hay muchas maneras de entrar por asalto a las casas y ellos las aplican en todas. ¿Por qué no allí, esta vez?
A oscuras, y mientras los perros no paran de ladrar, estira la cama como si no hubiera sido deshecha. Recoge las páginas sueltas del libro de Chejov y las empuja debajo del colchón. Después se mete ella. El piso está frío y áspero. Manotea uno de los cueros de oveja que usa de alfombra y se acuesta sobre eso. Va corriéndose hacia la mitad de la cama y ahí se acurruca, puede que si entran no la vean. La casa no tiene ningún aparato encendido, rememora. Nada que permita suponer que hay alguien. En el barrio la concebían como “casa de fin de semana”, así que no tienen por qué buscar debajo de la cama,  se esperanza.
 Los perros siguen con sus ladridos. Buena señal. ¿Cuánto puede aguantar un perro ladrando? ¿Tendrán agua en los baldes? Se siente un poco ridícula al observarse a sí misma en esa posición, el travesaño del elástico casi le roza la frente. Además, ha empezado a tener frío. Pero mejor esperar, mientras ellos ladren y ladren, estará segura. ¿A quién habrán venido a llevarse? Repasa los pocos vecinos que conoce. Los de enfrente,  un matrimonio mayor, aparentemente sin hijos. A esos no. No  hay muchas casas habitadas alrededor y apenas si se saluda con cuatro o cinco personas de las que nada sabe, salvo que hacen compras en el autoservicio cercano, con quienes intercambia los inevitables comentarios sobre el tiempo,  el mal estado de la calle,  el desmalezado de los baldíos. La atención de la mujer deriva ahora hacia las  voces y detalles fisonómicos de los vecinos, en un intento de acoplar la cara al probable riesgo actual.
No le da resultado, la distrae la necesidad de estar atenta  a la continuidad de los ladridos y a una especie de desfile de imágenes que se superponen a las caras de los vecinos, y también, como en ráfagas veloces, a una voz que le parece viene de lejos. Pero es el sueño, se dice. No puede ser la voz de él, aunque por un instante creyó haberlo oído. Qué le hubiera dicho él, si la encontrara así, tan asustada y absurda. Que se dejara de chiquilinadas, que ya era grande para esas cosas, dejarse llevar por la imaginación y miedos de acontecimientos pasados. Ya no pasan esas cosas, dejate de embromar, han pasado tantos años. Los perros ladran y vos en seguida pensás lo peor. Vamos, salí de allí. Ya casi no se los oye ¿ves?
Va saliendo de a poco, entumecida, segura de que en algún momento se adormiló y perdió el hilo de lo que estaba pensando. Los ladridos son ahora espaciados y más distantes, como si los perros se hubieran ido alejando del frente, o los que ladran fueran otros, no los de la casa. A oscuras, arrastra el cuero de oveja a los pies de la cama y después sube y se recuesta, floja, mientras se cubre con la colcha. De a poco recupera la tibieza y una  sensación de cobijo la va llevando hacia el sueño.
Entonces lo ve a él, es Germán, sí, que anda por allí, como siempre en las madrugadas, vistiéndose sin despertarla, guardando en los bolsillos lo que ha dejado a la noche apoyado en la cómoda. Casi no hace ruido. Apenas entra un poco de luz mortecina por los tréboles tallados en los postigos, y sin embargo él se arregla el cuello de la camisa ante el espejo, se peina, se pone un poco de colonia en las manos y se frota la cara. Tapa nuevamente el frasco. Levanta los lentes y alza el diario para mirar por un instante los titulares. Luego abre el placard, se estira hasta sacar del cartón en el estante de arriba, un atado de cigarrillos. Antes ha guardado el encendedor en el saco. Está a punto de salir pero se vuelve para decirle algo. Ella ya está de pie frente a él.
- Hay que llamar a…- pero no alcanza a oírlo.
 Los perros ladran furiosos, los golpes en la puerta, los vidrios de las ventanas que caen, los desconocidos que entran, ella que corre y grita... ¡No tiren que hay chicos! Una mano que le baja la cabeza ¿es la de él que la resguarda de los disparos que vienen de la calle? No, no es Germán, no puede ver quién, éste no le habla, no puede girar el cuello, la baja hasta dejarla de cuclillas en el piso, siempre con la cabeza presionada por una mano, en la otra ella alcanza a ver una manga azul de la que cuelga una pistola, apuntando hacia abajo. Se queda quietísima; el desconocido se aleja, ella espera, espera hasta la quietud total. Entonces lo llama. Silencio. Cuando se levanta va al comedor y ve los anteojos destrozados en el piso, las puertas a la calle y a la galería abiertas, los vidrios rotos que cubren el embaldosado. Sólo vidrios y astillas del ventanal. No hay sangre. Y Germán  no está.
 Se oye el motor de un auto o camioneta que arranca. De pronto se ve sentada  en  la cama. Tiene un galope de latidos en el pecho.  Se aprieta el lado izquierdo con las dos manos y escucha. De la calle no llega ahora ningún ruido. Nada. Nadie ha estado acá, ni afuera, ni adentro. Prende las luces. Está sola y está segura. Se aquieta de a poco el corazón. Va a servirse agua a la cocina. Repasa con la vista las habitaciones ordenadas, los objetos que de tan familiares casi se han hecho invisibles, la escalera a la bohardilla, el ventanal al jardín a oscuras y tranquilo. Es noche cerrada todavía.  Puede andar por la casa vacía de donde hace años emigraron los hijos, y recorrerla, arriba, abajo, que no encontrará más que silencio y recuerdos.

 Los perros han dejado de ladrar y se han echado a dormir. Nada saben del pasado.  Le alarman el sueño a veces.  La ayudan a mantenerse despierta.