martes, 28 de enero de 2014

Ladridos (cuento)

Ladridos
    
                                                             
                                                                  Somos nuestra memoria, somos ese quimérico
                                                                  museo de formas inconstantes,
                                                                 ese montón de espejos rotos.
                                                                  J.L.Borges

                                                               
Noches de soledad adentro y ladridos afuera.  Los perros corren, inquietos,  como si una amenaza invisible los conmoviera,  intermitente. ¿Qué los impulsa a esa insistencia? La mujer se asoma por los visillos de la ventana de una habitación, luego  de otra, observa los espacios abiertos desde diferentes ángulos, -el frente de la casa, los costados, el fondo que se abre a un  predio vecino-,  y no ve nada.  Enciende  luces que iluminan sectores oscuros del jardín, observa unos instantes,  y como no ve nada, apaga. Otros perros, quizá, se dice. Otras voces a las que ellos, -dos machos mestizos grandes y una ovejera castrada y amachonada-, estarán respondiendo.
 Pasan muchos minutos de un ladrar exasperante, hasta que, ocupada en el trajín de la cocina, entre el chorro del agua y el rezongo del calefón, se desentiende del ruido. Y luego, al ir hacia el dormitorio la mujer advierte que ha vuelto el silencio. Es un alivio. Ahora podrá concentrarse en la lectura sin que nada reclame su atención. Una pila de libros espera en la mesa de luz.
Abre la cama, mete entre las sábanas heladas el calentador  y se sienta en el borde. Mientras se descalza las botas de abrigo,  piensa cuál  elegir. Hay una novela de Thomas Hardy a medio leer, y otros en proceso de relectura. Una edición antigua de los primeros relatos de Chejov; un estudio sobre incesto y parentesco; un Paraíso Perdido, una antología de cuentos policiales,  una recopilación de viajeros a las pampas y un anotador propio con notas sueltas. Elige a Chejov, que siempre la hace feliz.  Ve la escena descripta en la narración y la acompaña. Mejor: está adentro, no solo del carruaje tambaleante a través del barro y la lluvia entre espantosos caminos nocturnos, sino adentro de las ideas y pesares del personaje, solitario y rabioso, convocado por un llamado del deber al que opone una rebelión tan inútil como absurda.  Allí va ella en empatía con el médico del cuento, consciente sin embargo del confort que disfruta  bajo el edredón de plumas, con los pies calientes y las almohadas acolchando su cabeza y hombros, cuando un estrépito de ladridos histéricos la sacude en un sobresalto. El libro, un ejemplar viejo y mal encuadernado, se  despatarra entre la cama y el piso.         

Irritada, la mujer corre a la ventana, abre los postigos, increpa a los perros. Qué pasa, les  repite, irracional, mientras los perros excitadísimos corren desorientados primero hacia ella, luego en disparada hacia adelante. La mujer trata de aguzar la mirada en la oscuridad. Todavía tiene los ojos  a ciegas por el velador.  Cree ver unas luces zigzagueantes sobre el camino. Parecen linternas. Desde la ventana está a unos cincuenta metros de la entrada y el cerco vivo, raleado en partes, le permite sólo una visión parcial. Le parece ver unos bultos que se mueven cercanos a un vehículo detenido sobre la banquina. Un auto, o una camioneta. Cierran una puerta o el capó, en todo caso un ruido metálico y seco. ¿La habrán oído gritarle a los perros?
Empieza a cerrar de a poco los postigos. Los asegura con el pasador. Se retira despacio hacia atrás. Apaga el velador y queda a oscuras, al borde de la cama. Los ladridos se hacen enloquecedores.  Se  llevan a alguien. Está segura, de pronto, que se trata de eso.  Han venido a llevarse a alguien y los perros los delatan. ¿Los matarán?
 Pasan minutos desesperantes en los que la mujer ruega que los perros sigan ladrando.   Espera. Sabe que pronto va a escuchar –si los perros se callan-, las órdenes, el chasquear de las armas, los golpes en la puerta  cuando logren forzar el portón de entrada al camino. O tal vez corten el alambre y entren por atrás, los perros entretenidos en el frente con los movimientos de otros. Hay muchas maneras de entrar por asalto a las casas y ellos las aplican en todas. ¿Por qué no allí, esta vez?
A oscuras, y mientras los perros no paran de ladrar, estira la cama como si no hubiera sido deshecha. Recoge las páginas sueltas del libro de Chejov y las empuja debajo del colchón. Después se mete ella. El piso está frío y áspero. Manotea uno de los cueros de oveja que usa de alfombra y se acuesta sobre eso. Va corriéndose hacia la mitad de la cama y ahí se acurruca, puede que si entran no la vean. La casa no tiene ningún aparato encendido, rememora. Nada que permita suponer que hay alguien. En el barrio la concebían como “casa de fin de semana”, así que no tienen por qué buscar debajo de la cama,  se esperanza.
 Los perros siguen con sus ladridos. Buena señal. ¿Cuánto puede aguantar un perro ladrando? ¿Tendrán agua en los baldes? Se siente un poco ridícula al observarse a sí misma en esa posición, el travesaño del elástico casi le roza la frente. Además, ha empezado a tener frío. Pero mejor esperar, mientras ellos ladren y ladren, estará segura. ¿A quién habrán venido a llevarse? Repasa los pocos vecinos que conoce. Los de enfrente,  un matrimonio mayor, aparentemente sin hijos. A esos no. No  hay muchas casas habitadas alrededor y apenas si se saluda con cuatro o cinco personas de las que nada sabe, salvo que hacen compras en el autoservicio cercano, con quienes intercambia los inevitables comentarios sobre el tiempo,  el mal estado de la calle,  el desmalezado de los baldíos. La atención de la mujer deriva ahora hacia las  voces y detalles fisonómicos de los vecinos, en un intento de acoplar la cara al probable riesgo actual.
No le da resultado, la distrae la necesidad de estar atenta  a la continuidad de los ladridos y a una especie de desfile de imágenes que se superponen a las caras de los vecinos, y también, como en ráfagas veloces, a una voz que le parece viene de lejos. Pero es el sueño, se dice. No puede ser la voz de él, aunque por un instante creyó haberlo oído. Qué le hubiera dicho él, si la encontrara así, tan asustada y absurda. Que se dejara de chiquilinadas, que ya era grande para esas cosas, dejarse llevar por la imaginación y miedos de acontecimientos pasados. Ya no pasan esas cosas, dejate de embromar, han pasado tantos años. Los perros ladran y vos en seguida pensás lo peor. Vamos, salí de allí. Ya casi no se los oye ¿ves?
Va saliendo de a poco, entumecida, segura de que en algún momento se adormiló y perdió el hilo de lo que estaba pensando. Los ladridos son ahora espaciados y más distantes, como si los perros se hubieran ido alejando del frente, o los que ladran fueran otros, no los de la casa. A oscuras, arrastra el cuero de oveja a los pies de la cama y después sube y se recuesta, floja, mientras se cubre con la colcha. De a poco recupera la tibieza y una  sensación de cobijo la va llevando hacia el sueño.
Entonces lo ve a él, es Germán, sí, que anda por allí, como siempre en las madrugadas, vistiéndose sin despertarla, guardando en los bolsillos lo que ha dejado a la noche apoyado en la cómoda. Casi no hace ruido. Apenas entra un poco de luz mortecina por los tréboles tallados en los postigos, y sin embargo él se arregla el cuello de la camisa ante el espejo, se peina, se pone un poco de colonia en las manos y se frota la cara. Tapa nuevamente el frasco. Levanta los lentes y alza el diario para mirar por un instante los titulares. Luego abre el placard, se estira hasta sacar del cartón en el estante de arriba, un atado de cigarrillos. Antes ha guardado el encendedor en el saco. Está a punto de salir pero se vuelve para decirle algo. Ella ya está de pie frente a él.
- Hay que llamar a…- pero no alcanza a oírlo.
 Los perros ladran furiosos, los golpes en la puerta, los vidrios de las ventanas que caen, los desconocidos que entran, ella que corre y grita... ¡No tiren que hay chicos! Una mano que le baja la cabeza ¿es la de él que la resguarda de los disparos que vienen de la calle? No, no es Germán, no puede ver quién, éste no le habla, no puede girar el cuello, la baja hasta dejarla de cuclillas en el piso, siempre con la cabeza presionada por una mano, en la otra ella alcanza a ver una manga azul de la que cuelga una pistola, apuntando hacia abajo. Se queda quietísima; el desconocido se aleja, ella espera, espera hasta la quietud total. Entonces lo llama. Silencio. Cuando se levanta va al comedor y ve los anteojos destrozados en el piso, las puertas a la calle y a la galería abiertas, los vidrios rotos que cubren el embaldosado. Sólo vidrios y astillas del ventanal. No hay sangre. Y Germán  no está.
 Se oye el motor de un auto o camioneta que arranca. De pronto se ve sentada  en  la cama. Tiene un galope de latidos en el pecho.  Se aprieta el lado izquierdo con las dos manos y escucha. De la calle no llega ahora ningún ruido. Nada. Nadie ha estado acá, ni afuera, ni adentro. Prende las luces. Está sola y está segura. Se aquieta de a poco el corazón. Va a servirse agua a la cocina. Repasa con la vista las habitaciones ordenadas, los objetos que de tan familiares casi se han hecho invisibles, la escalera a la bohardilla, el ventanal al jardín a oscuras y tranquilo. Es noche cerrada todavía.  Puede andar por la casa vacía de donde hace años emigraron los hijos, y recorrerla, arriba, abajo, que no encontrará más que silencio y recuerdos.

 Los perros han dejado de ladrar y se han echado a dormir. Nada saben del pasado.  Le alarman el sueño a veces.  La ayudan a mantenerse despierta.