viernes, 26 de junio de 2015

Cuentos de nuevo invento



Cabritas graciosas  y un lobo desafortunado

Muchos años atrás vivían en una casa a la entrada del bosque, una madre cabra con sus siete cabritas. Todas eran muy vivarachas y bromistas. Como salían poco, porque la mamá tenía miedo a los ataques del lobo, las cabritas se entretenían inventando juegos y haciendo manualidades y experimentos con lo primero que encontraban  a mano (o a pata). También les gustaba hacerse bromas de miedo entre ellas o a las visitas que recibían.   En la parte de atrás de la casa, tenían la huerta, y al fondo, bajo un cobertizo, dormitaba casi todo el día el abuelo de la madre cabra y bisabuelo de las cabritas, un macho cabrío muy grandote, de gruesos y largos  cuernos. De tan viejo que era, estaba medio sordo y casi ciego y  sin dientes, aunque guardaba en un tarro una enorme y amarillenta dentadura postiza. Toda la familia comía las verduras de la huerta y así no tenían necesidad de salir a hacer compras. Pero una mañana madre cabra tuvo que salir a buscar leña al bosque, y les dijo a sus hijas que podía aparecer el lobo, así que debían cuidar de no abrirle la puerta por nada del mundo. También les advirtió que era posible que el lobo quisiera engañarlas con algún truco. Luego de muchas y repetidas recomendaciones, la señora cabra partió. Cuando las cabritas oyeron la palabra “truco”, se les despertó la imaginación y ni bien la mamá se alejó, comenzaron a hacer planes y prepararse para la llegada del peligro.
Lo primero que hicieron fue ir a despertar al bisabuelo. Las dos cabritas mayores con la ayuda de las dos que le seguían, trajeron al macho cabrío con gran esfuerzo al centro de la sala. Las más chicas lo cepillaban y le abultaban la larga y oscura  pelambre. Como el viejo no se bañaba desde hacía años, apestaba bastante, pero las cabritas se aguantaban el olor  y lo mantenían de pie. Estaban colocándole la dentadura a la que le habían agregado un raro sabor y color, cuando llamaron a la puerta.
La cabrita más pequeña se asomó por la pequeña ventana del frente y vio que era el lobo. No le preguntaron nada y dejaron que llamara dos veces más. A todo esto el viejo macho cabrío, estaba impacientándose de tener que estar ahí y con la dentadura puesta, y empezó a protestar. Entonces lo empujaron hasta quedar bien cerca de la entrada, apagaron las luces, abrieron apenas la puerta y Laurelina, la cabrita segunda, le dio un pinchazo al bisabuelo en las nalgas, justo cuando el lobo miró para adentro. El viejo macho cabrío dio un alarido horrible y al abrir la boca los dientes relucieron como si tuvieran fuego. El lobo,  al enfrentarse a  ese animal monstruoso, dio un salto y un aullido de terror, y salió disparando patitas pa’ que te quiero.
Las cabritas festejaban de alegría el gran susto que le habían dado al lobo, y el bisabuelo, por primera vez en años, también se rió mucho y les perdonó el pinchazo.(Los viejos son así, achacosos y gruñones, pero cuando saben que han sido útiles, se alegran y divierten como chiquilines).  Lo llevaron de vuelta al cobertizo cuando se cansó, pero antes le sacaron la dentadura que tanto lo molestaba. Es que la cabrita mayor, Cordelina, había hecho un menjunje con fósforo y témpera roja, que le daba el aspecto terrorífico que tanto espantó al lobo.
Este, muy avergonzado por su cobardía, no volvió a aparecer ni ese día ni otro por los alrededores de la aldea. Con mucha rabia, se paseaba solitario y hambriento por lo más profundo del bosque preguntándose  cómo enfrentar al poderoso enemigo que vivía en la casa de las cabras. Daba vueltas y vueltas recordando con temor aquellas fauces de fuego. Distraído y caviloso, en una de ésas llegó a las lindes del bosque. Se asomó entre los árboles y vio  que por la avenida central  pasaba el carromato de un entierro muy popular, a juzgar por la mucha gente que lo acompañaba con cantos y arcos con  flores, mientras un grupo de jóvenes iba bailando al son de las flautas. Esa noche se enteró, en la taberna, que había muerto el gran Armando Cornelio, el macho cabrío abuelo de la madre cabra, personaje famoso en la aldea por las grandes conquistas de su juventud y lo bravío de sus cornadas. ¡Ah, qué alivio sintió el lobo!
- En la primera oportunidad que las cabritas se queden solas, vuelvo a ir, -se dijo-, y se relamía por anticipado saboreando el rico gusto de la carne joven.
Esperó, espiando la casa, y una mañana vio que madre cabra volvía a salir llevando una canasta en una mano, y el monedero en la otra. Está de compras, tardará en volver- se dijo el lobo-, y cuando la vio perderse en un recodo del camino, fue a golpear al llamador de la casa.
-         ¿Quién es? –preguntó Teodolina, la tercera de las cabritas.
-Soy mamá, ábranme, me olvidé una cosa.
-         Qué vas a ser mamá, ella no tiene esa voz tan gruesa. Sos el lobo y no te abriremos- le dijeron a coro las siete cabritas.
El lobo, al darse cuenta de que con su voz no las engañaría, fue a buscar una docena de huevos y a hacerse gárgaras con las claras. Estuvo en eso un rato. Las cabritas sabían que podía regresar, así que en seguida imaginaron cómo prepararse para la próxima visita y hacer que al lobo no le quedaran ganas de volver nunca más. Revisaron febrilmente toda la casa, y buscando en  la alacena de la cocina, Laurelina, la segunda de las hermanas, que era muy ingeniosa y organizada, les dijo:
-Ya está. Usaremos el aceite. Mamá se enojará un poco al entrar, pero en seguida nos disculpará. Reganila, tú toma el garrote. Teodolina,  busca la estatuilla de mármol de  la abuela. Franelina, ten las velas y fósforos a mano. Nemorosa, tú que eres la más fuerte, tirarás del cordel de la puerta. Ve, rápido, átalo al picaporte.  Ahora, todas, arrimemos hacia la entrada estos muebles y después corramos a esperar desde la escalera.
Cuando el lobo volvió a llamar al poco rato, con la voz suavizada por las claras de huevo, Cordelina, la mayor, fingió que le creía.
-Bueno mamita, ya te abrimos, estamos a oscuras porque se cortó la luz y no encontramos las velas. Pero ya va, ya va.
El lobo esperó unos segundos y de pronto vio que la puerta se abría. Entró rápido y cerró. Pero adentro estaba todo muy oscuro. Quiso volver a abrir la puerta para tener luz pero dio dos pasos y se patinó. Trató de agarrarse de algo, aunque no veía nada y cuando a duras penas pudo levantarse, se volvió a patinar y a dar la cabeza contra algo duro. Aulló de dolor, y trató de pararse, pero sentía las patas resbaladizas y el pelo humedecido con algo untoso. No entendía qué  pasaba y estaba desconcertado y furioso, cuando  se encendió a lo lejos una vela, una luz muy débil. El lobo alcanzó a ver a su alcance, una pata de cabra joven. Se estiró a darle con todo su ímpetu  un gran tarascón pero sus dientes dieron contra algo muy, muy duro. ¡Qué dolor! Se llevó la mano derecha  al hocico y comprobó que se había quedado sin los dientes. ¿Era posible?  Además no podía erguirse de tantas patinadas que daba. La vela se había apagado y él no veía a las cabritas, aunque podía olerlas. Esto le enfurecía aun más, y daba vueltas y vueltas en el piso, golpeándose contra superficies duras o pinchudas cada vez que intentaba levantarse. Todo lo lastimaba; de pronto sintió un golpe muy fuerte  en la cabeza y perdió el conocimiento.  En ese momento se abrió la puerta y madre cabra se quedó en el umbral, sorprendida de lo que veía: el lobo estaba despatarrado entre los muebles con  la boca abierta y desdentada y la cabeza llena de chichones,  mientras las cabritas, subidas a la mesa, sostenían una, un garrote; otra un rastrillo; otra un azadón; todas tenían alguna herramienta y parecían estar esperando el despertar del lobo. Madre cabra, que comprendió en seguida la situación, le quitó las tijeras de podar a una de las cabritas, y se  puso a cortarle las garras al lobo, aprovechando su desmayo.
Cuando el maltrecho lobo se despertó, estaba tirado en las afueras de la casa, hasta donde lo habían arrastrado las cabritas y los vecinos que vinieron a ayudarlas.
-         Señor lobo -le dijo la madre cabra-,  vaya a lavarse que está lleno de aceite, y después venga si quiere, lo invitamos a almorzar una papilla de arvejas, ya que ahora usted tendrá que hacerse vegetariano. Lamento decirle que no le quedan a usted dientes, ni garras con que atrapar cabritas ni corderos-.
Al lobo se le llenaron los ojos de lágrimas al mirar sus patas mochas y sentir la lengua  sobre sus encías  llenas de agujeros. Un solo colmillo roto le quedaba. Más muerto de vergüenza que nunca, se alejó con la cola entre las patas, a bañarse en el río. El agua fría le alivió los chichones, el mareo y la sed. Pero no el apetito. Pasó todo esa tarde a orillas del río chupando unos yuyos, pero era tanto el hambre, que antes de que se hiciera de noche, volvió a la aldea, golpeó con humildad en la casa de las cabras, y pidió si por favor le daban un poco de papilla. “De la que coman ustedes”, agregó.
Desde ese día, el lobo, inofensivo y tristón, se convirtió en la mascota vegetariana de la aldea. Las cabritas jugaban con él, como antes con el bisabuelo, y un día, cuando se hizo viejo, le dieron hospedaje en el cobertizo donde no hacía más que dormir y soñar.
 Era en sus sueños – pero sólo en los sueños- cuando volvía a ser el  temible animal salvaje y carnicero de su feroz y lejana  juventud.

lunes, 22 de junio de 2015

poesía infantil



El  cantar del sapo y y la cascada                                            
sapos.jpg
Gabriela Herrera, ilustración para esta poesía
                                        

Canta la cascada un canto
que hay que sentarse a escuchar
bajo la lluvia de plata
que hace el agua al salpicar.

Vino un sapo muy contento, y allí se puso a croar.
-Callate sapo panzudo-
dijo una garza al llegar,
-callate y no hagas más ruido
yo aquí vengo a descansar.

-¿Quién serás para mandarme, flaca, zancuda, ojerosa-?
Preguntó el sapo ofendido
sin dejarse acobardar.

-Yo soy el ave más bella, mirando podrás juzgar.
Mi plumaje es seda y nieve,
mi silueta un alamar,
mi cuello largo y curvado
y mi cresta señorial.
Garza real es mi nombre y se me dice “Majestad”.

-Majestad, reina o princesa, nadie a mí me hace callar
al agua le canto y canto
y el agua conmigo está-.
El sapo infló su papada cuando terminó de hablar.

La cascada, al escucharlo,
Se puso a salpicar más,
Y cro cro cro...¡ranas y sapos se han juntado a festejar!
Con la música del agua
Y la banda del croar
Meta baile, meta canto, está a pleno el recital.

La garza muy altanera, de reojo mirando está.
Un renacuajo sin cola ella acaba de cazar.
Vuela, vuela, satisfecha,
Vuela vuela y ya se aleja
 su serena Majestad.


*

Capítulo de biografía inconclusa



Notas de biografía inconclusa

En aquellos mediados de los sesenta, la calle de City Bell adonde habíamos ido a vivir, era de tierra y, casi siempre, barro. Para tomar o bajar del ómnibus  desde el camino Centenario, había que caminar unos ciento cincuenta metros entre huellas y zanjones embarrados hasta llegar a casa. A  ambos lados de esta calle, había terrenos baldíos, sin construcción alguna. En caso de patinada o chapoteada caída, no había a quién recurrir por auxilio. Las calles de esa zona tenían, curiosamente, nombres de estados norteamericanos. Así, compensando los lodosos senderos y desolados pastizales, engalanaban esas miserias  la Boston, la California, la Nueva York, la Filadelfia, la Chicago, la Massachussets, etc. Entre los lugareños, algunos de ellos inmigrantes, la forastera nomenclatura daba lugar a versiones novedosas: para un vecino italiano, la última de las calles nombradas, se rebautizaba  “Maestro Giuseppe”, lo cual, fonéticamente, no estaba tan alejado del original. La primera vez que lo oí, me costó entender que se refería a una calle, y no a un compatriota suyo. Otro inmigrante de los alrededores, un electricista que vivía en un prolijísimo chalet, era un alemán que había prestado servicios como mecánico del ejército alemán durante la guerra. Estaba haciendo arreglos en la llave general de la luz en nuestra casa, y con mucha alarma decía que si no se reparaba, podía suceder “una catastro”. Estos y otros tropiezos lingüísticos eran motivos de risa en su ausencia. Lo que no causaba en cambio ninguna gracia, eran sus comentarios despectivos sobre un club de la colectividad judía a pocas cuadras de allí, lo cual le valió que mi padre no volviera a recurrir a sus servicios después de algunos ásperos intercambios sobre el tema. Frente a casa, vivía un matrimonio mayor de italianos, sin hijos, pero con un perro enorme, ladrador y fiero, Nerón de nombre, a quien su dueño se refería invariablemente con un “qué perro loco”. Nerón, sin hacer distingos de propiedades, anunciaba cada salida y llegada de cualquiera a su propia casa y también a la nuestra.
Hacia la derecha, la casa que lindaba con la nuestra estaba habitada por gente que nos resultaba muy extraña: sin intercambio social alguno con los vecinos, casi negados para el saludo, provocaban la irritación de mi padre, a quien estas faltas de urbanidad, sumadas a la poca elegancia de un apellido que resonaba a basura putrefacta, lo dejaban anonadado. La casa de la izquierda estaba habitada por un matrimonio joven de platenses, que se reproducía con frecuencia, dando lugar a continuos llantos infantiles, impaciencias parentales que se traducían en gritos, portazos, rotura de vajilla, y en mucho, mucho desorden. Detrás de estos vecinos, pero lindando con los fondos del terreno de nuestra casa, vivían los Terespalov, que oficiaban de caseros o cuidadores ocasionales del matrimonio del frente. La señora, muy voluntariosa, Florinda de nombre, criolla de pura cepa, trabajaba como doméstica, y era una mujer laboriosa y preocupada por sus hijos. El marido, en cambio, de lejana y ya deshilachada ascendencia eslava, un poco dado a la bebida y otro poco a la pereza, solía andar medio perdido, buscando changas. El poco éxito de estas búsquedas y algunos vinos, lo hacían ponerse agresivo, y hubo una vez que los gritos de auxilio de Florinda la salvaron de una golpiza. Antes de que el matrimonio joven llegara a la vivienda de al lado, recuerdo ahora que tuvimos de vecinas a una madre y su hija, sin hombre permanente en la casa. La madre era la personificación de las brujas de las pesadillas infantiles: vestida con una larga bata desteñida a toda hora del día, los pelos canosos sueltos sobre los hombros, siempre despeinada y gruñona, era el terror, pero también la burla de mis sobrinos. Las diabluras o los simples juegos de los chicos, bastaban para que se acercara al alambrado que separaba las dos casas,  y con su boca de temblequeante dentadura mascullara amenazas o reproches, nunca se entendió bien lo que pretendía. Pero hubo una tarde memorable en que la desagradable mujer tuvo un sorpresivo e inaudito gesto de generosidad. Se asomó al jardín de casa y llamó a mis tres sobrinos, de 6, 5 y dos años: les prometía convidarlos con “masitas”, si se portaban bien. Ansiosos por la excepcional delicia de una tarde cualquiera (ya que las masitas sólo se ofrecían en cumpleaños y otras fiestas familiares), los chicos vieron, minutos después, no una bandeja de confitería, sino las manos de la vieja portando sendos paquetes de “Criollitas”, las más vulgares e insalobres galletitas que jamás paladares infantiles pudieran desear. La brutal frustración aumentó el odio contra la anciana de quien buscaron vengarse con incontables y meditadas travesuras. La hija de la vieja, maestra de grado en una escuela al fondo de la calle,  llevaba un nombre muy raro para la época, más parecido a un apellido. “Belkis” era grandota, de profusa cabellera renegrida, maquillada con intensidad a toda hora, y de un andar taconeante y altanero. De tarde en tarde recibía la visita de un hombre ceremonioso y atractivo que estacionaba su modelo antiguo y coludo a pocos metros de la entrada de casa. Tiempo después encontré a esta pareja dueños de una rotisería en la otra esquina de la casa a la que fui a vivir cuando recién me había casado, ya en el centro de la ciudad, lejos de los barriales de la Boston. Sin embargo, al tiempo volví a habitar  City Bell, pero esto ya va en otro capítulo.
Nos mudamos de La Plata  a la Boston en City Bell, el año que yo inicié  mis estudios universitarios en Humanidades (antes me había anotado en Rosario, en la Universidad del Litoral), y también fue el año en el que estrenaba mi primer trabajo institucional. Empleada administrativa en un colegio secundario de la órbita nacional, el ex Normal 2, mi padre nos llevaba muy temprano a la mañana a mí y  a mi madre que también tenía un cargo similar pero en el ex Normal 1. Recuerdo la escarcha en los vidrios y techo del auto, y los caminos y la hierba blanqueados por las durísimas heladas de aquellos inviernos. Al mediodía, cuando terminaba la jornada laboral, muchas veces me quedaba recuperando el tiempo que había dejado el puesto para ir a clases, sola porque la tesorera, una jefa estricta y obsesiva de la que ya hablaré, y las otras dos compañeras, se habían retirado. A mí me quedaba cumplir ese horario y  salir de allí para asistir a las clases de la tarde.  Jamás olvidaré la felicidad de esas salidas. Doblar la esquina de la diagonal 78 y 57, y enfrentar la rambla de la 73 para ir caminando hacia 6, donde estaba entonces la entrada a Humanidades constituía para mí uno de los momentos de plenitud más gozosa. Me liberaba de una prisión, el sucucho donde trabajaba  en asuntos de nulo interés para mi espíritu soñador y despreocupado, la paciencia y discreción para soportar a una mujer llena de temores y prejuicios, el terror de equivocarme en una máquina Olivetti eléctrica de carro inmenso que apenas dominaba, mi total indiferencia hacia tareas carentes de significado, todo eso se anulaba al saberme libre y camino a la Facultad, o al encuentro con Jorge, que algunas veces me esperaba a la vuelta de la esquina.