Es un blog donde incorporo textos escritos por mí, o de otros. Es esencialmente literario, con contenidos de poesías de humor para chicos, de otro humor para grandes y de ficción o mentiras verdaderas, en general.
miércoles, 17 de octubre de 2012
jueves, 11 de octubre de 2012
Cierta mirada
OJOS
Había una mirada de singular fiereza
Ajena y abismada
Aunque a veces
Dulce.
Y ése era el fuego.
Se extinguió.
Una mirada que agitaba mareas
Y serenaba tembladerales.
Un surtidor de lumbre
En las tinieblas del túnel.
Un fanal de abrigo
En la estepa desolada.
Se apagó.
Los tigres o
los gatos,
Cualquier gato, los mismos
Ojos insondables de extrañeza
u ojos dóciles de presa en espera.
Pero ya no está.
Un fuego que se apaga
Entre huesos ardidos
Combustión de memoria
Estragada de ausencia.
Ofrenda
A
otros se les da por la física cuántica
A
algunos, por los platos gourmet
Por
las teorías de Hegel o los delirios de Rimbaud.
Avistar
pájaros, descifrar jeroglíficos
Extraer
el zumo de caléndulas y jazmines
Sumergirse
en las honduras de las aguas
o
los cielos
en las huellas de las ruinas, en maxilares y
vértebras de fieras antiguas.
A
otros se les da por aventurarse en las cimas del Himalaya
Arrojarse
al vacío del espacio
O
abrazarse para siempre a los caminos del dolor:
En
fin, a tal variedad de incontables tareas (nobles, mezquinas, grandiosas, y
pequeñas
Efímeras
casi todas y algunas apenas perdurables)
Fuimos
lanzados cuando llegamos al suelo de esta tierra,
Solos,
solísimos, en eterno silencio de respuestas.
Señor
¿por qué?______________________________________
Señor
¿para qué? ______________________________________
En
el altar de aquel santuario de la infancia, leíamos, en letras doradas:
Ad majorem gloriam Dei.
Y
ésa era, así de sencilla, la respuesta.
Puede ser. ¿Por qué no?
(Quien
lo negase, sería tan simple como quien lo afirma)
Sea
cierto o no, ahí está el leñador de un lado
Y
quien recoge el fruto de su esfuerzo
Para
hacer fuego, del otro.
Y
aquí sin saber por qué ni para qué
estoy
frente al fuego que siempre enciendo y cuido, alimento, arrimo y acomodo,
y
por él me desvelo y abandono otros deberes:
un
pequeño cosmos de energía, Señor, que me da oficio y abrigo.
Mientras
otros llegan con libros y teorías,
Sinfonías,
cartapesta y catedrales
Yo
sólo tengo el fuego, Señor, para ofrecerte. Mi fuego.
martes, 18 de septiembre de 2012
Homenaje a una pasión
Villa
Elisa, 14 de septiembre de 2012
Para El Día, de La Plata.
Hace pocos días
recibimos la noticia del fallecimiento de la Prof. Carmen Victoria Verde
Castro. En el plural asumo (en forma inconsulta pero seguramente consentida),
la voz de los que fuimos sus alumnos en las aulas de la Facultad de Humanidades
y del Instituto de Filología y Estudios clásicos, cuando este último funcionaba
en una antigua y hermosa casona de la avenida 44. Entre la segunda mitad de la
década del 60 y los primeros años de la del setenta, quienes compartimos las clases de Lengua y Cultura Griega en 3er. y 4to.
año del Profesorado en Letras impartidas por Carmen Verde Castro, tenemos un sello común: un amor incondicional
por los trágicos griegos, por Homero y sus versos eternos, por la hazaña de
Schliemann que se propuso descubrir Troya, por la cultura helénica toda, en fin.
Claro que este amor había comenzado antes, cuando en primer año, el bondadoso
Dr. Thiele, nos enseñaba, con infinita paciencia y simpatía, a declinar
sustantivos y conjugar verbos, o cuando en segundo año, el inolvidable Atilio
Gamerro nos seducía con sus traducciones y nos alivianaba las dificultades de
la sintaxis griega, además de trasladarnos al paisaje de la Acrópolis y de los
teatros cavados en las montañas donde se escucharían las voces de aquellos
“versos escandidos”. Y ya con los conocimientos gramáticos consolidados,
después de muchas horas de estudio, venían los cursos avanzados con Carmen
Verde Castro. Ahí llegaba el tiempo del
desafío: traducir e interpretar no ya fragmentos, sino obras enteras. Se nos
abrió el mundo de las estrategias políticas y militares, de los riesgos que
plantea el despotismo, con Tucídides. Se hizo fuerte en nosotros el concepto de
democracia y equilibrio en el poder, con el discurso de Pericles. Y ya en cuarto año, llegar a entender desde todos los ángulos
posibles de interpretación, qué implicaba el concepto de tragedia en Esquilo, qué
dimensión tenía para Sófocles el libre albedrío ante la decisión de los dioses,
por qué Eurípides lograba mayor profundidad en la psicología de los personajes.
Cada clase de la profesora Verde Castro
era un deslumbramiento: poseía una erudición inmensa sobre el mundo griego
conjugada con una pasión tal, que provocaba en quienes la oíamos, enorme admiración y respeto. Muchas veces, debo
confesarlo, al volver a mi casa después de una de esas clases, me abrumaba el
contraste con aquellas esferas de conocimiento que había estado vislumbrando, y
las necesidades de un hogar con niñas pequeñas, pañales, llantos , mamaderas y
horarios de comidas. El mundo se desbarrancaba un poco después de venir de
griego IV. Otras compañeras, libres de estos menesteres, se hicieron sus
discípulas. Pero era sumamente exigente: la misma exigencia que había tenido
para con ella misma, la misma pasión que se volcó en exclusividad, a los
estudios clásicos y que hicieron de ella una mujer solitaria y misteriosa.
Porque aquella
profesora que abría sucesivas pantallas de luz hacia el mundo sabio y profundo
de los griegos, era sin embargo, una persona de increíble modestia y hasta
timidez. En Harvard u Oxford podría haber dado cátedra y recibido distinciones,
dado el elevado nivel de sus conocimientos. Pero nunca quiso mayor
trascendencia que sus clases en nuestra Universidad.
Mis amigas, enteradas
por mí de la noticia, coinciden en la admiración y en la pena: valga este
tributo a la memoria de quien, como muchos profesores y científicos platenses
de nuestra Universidad, se brindan con tal dedicación y humildad que, en la grandeza
de esa entrega pasan sin embargo, desapercibidos y olvidados. Dejamos por
tanto, testimonio de nuestra gratitud y reconocimiento a la querida Carmen Verde
Castro, “con quien tanto quisimos”, como dijo el poeta.
María Elena Aramburú
Los leños
Allá, al fondo del jardín, Arrinconados y en desorden
Se hermanan, en su espera
Los leños del invierno.
Los días y los soles
Que en ellos se detienen,
Van alivianando su peso,
Secando la médula y las venas
Haciéndolos cada vez más austeros
Más secos para el fuego.
Unos blanquean, otros enrojecen,
Y otros tiñen su verdor de manchones grisáceos
Como los que asoman
En rostros enfermos de amargura.
Los de cedro embriagan el aire
Con su resina aromática:
Un olor que es como un abrazo de recuerdos.
Otros liberan cortezas
Que inscriben en su anverso
Las cifras y las señas
De un libro inescrutable.
Testigos mudos
del tiempo, de los cielos
y de honduras
secretas de la tierra,
esperan, los leños esperan
el ardor, la luz
y luego la ceniza.
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