De la conducta en las ferias

Con el buen tiempo, florecieron en la ciudad, tan repentinamente como esas florcitas blancas silvestres olorosas a cebolla que crecen en todas partes, las ferias urbanas. En un solo día se celebran
- De las colectividades, en Plaza Moreno
- de la Cerveza artesanal, en el Islas Malvinas
- del Alcaucil, en la estación Meridiano V
- del Inmigrante, en Berisso (pero esta abarca varios días)
- gastronómica en City Bell.
A esta última fui. Silvina exponía sus productos de La Teodora, y yo me encontraría allí a almorzar con Pelusa, cosa que hicimos en Thionnis, sentadas afuera y demasiado abrigadas para el solazo del mediodía.
La gente tardó en llegar a recorrer la Plaza Belgrano donde se desarrollaban 2 ferias: en el corredor central, la gastronómica, y en el semicírculo que da hacia El León Blanco, la artesanal de todos los sábados. A las 4 había poca gente y pocos puestos de la gastronómica estaban organizados. A las 6 la cosa empezó a funcionar. Como se trataba de comidas, muchos puestos ofrecían "degustaciones", incluida La Teodora
Y aquí la notable conducta del público visitante: como posesos, y sin atender cartelería ni explicaciones, la gente se apretuja para recibir ya un bocado dulce de higos y almendras, ya una pizzeta desbordante de muzzarella y salame, antes unos turrones de miel y hierbas, más allá un vaso de cerveza, enfrente alfajores de semillas de amaranto, oleosas aceitunas negras, pancitos con chimichurri, lo que venga si es de arriba. La gratuidad conduce a indiscrimanción gustativa. Silvina se esforzaba en explicar las diferencias de cada trozo ofrecido, sin recibir -casi nunca- la recíproca atención o la mínima cortesía de "degustar" el obsequio en su presencia. Como los perros callejeros al obtener algún inesperado hueso, algunos se alejaban en seguida, masticando apurados por llegar al próximo puesto donde se calentaban las pizzas o las rodajas de chorizos. Juan, convertido en adiestrado vendedor, elogiaba los "regalos empresariales" y la "tradición eslava" de las celebradas tachtel maceradas en oporto, a señoras despistadas que poco y nada escuchaban (algunas no entendían el término, otras se espantaban, otras rumiaban "tachen, tachen") mientras miraban con avidez la bandeja esperando con ansiedad que ese joven o la madre, les alcanzaran el bendito bocado gratuito sin tantas explicaciones.
Y aquí la notable conducta del público visitante: como posesos, y sin atender cartelería ni explicaciones, la gente se apretuja para recibir ya un bocado dulce de higos y almendras, ya una pizzeta desbordante de muzzarella y salame, antes unos turrones de miel y hierbas, más allá un vaso de cerveza, enfrente alfajores de semillas de amaranto, oleosas aceitunas negras, pancitos con chimichurri, lo que venga si es de arriba. La gratuidad conduce a indiscrimanción gustativa. Silvina se esforzaba en explicar las diferencias de cada trozo ofrecido, sin recibir -casi nunca- la recíproca atención o la mínima cortesía de "degustar" el obsequio en su presencia. Como los perros callejeros al obtener algún inesperado hueso, algunos se alejaban en seguida, masticando apurados por llegar al próximo puesto donde se calentaban las pizzas o las rodajas de chorizos. Juan, convertido en adiestrado vendedor, elogiaba los "regalos empresariales" y la "tradición eslava" de las celebradas tachtel maceradas en oporto, a señoras despistadas que poco y nada escuchaban (algunas no entendían el término, otras se espantaban, otras rumiaban "tachen, tachen") mientras miraban con avidez la bandeja esperando con ansiedad que ese joven o la madre, les alcanzaran el bendito bocado gratuito sin tantas explicaciones.
Pero hay que ser justos: algunos se interesaban. Claro que ese interés, en muchos, venía con presunción de conocimiento: "¿son brownies, no"? ¿"los pan dulces, cuánto cuestan"? "Se hacen sin harina". "Tienen chocolate". Y Silvina, aguantando estoicamente, repetía, machacona, los cinco sabores diferentes, la elaboración con frutas secas y oporto, la durabilidad y calidad de los ingredientes. Pero no hay virtud en ello: no es la paciencia ni la tolerancia lo que la lleva a ese didáctico proceder, sino un refinado y sádico ánimo vengativo. Los concurrentes se agolpan, curiosean, se impacientan: los aguijonea el deseo.
Ella, inclaudicable, los somete a implorante espera.
Ella, inclaudicable, los somete a implorante espera.

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