A JHG, in memoriam
En su refugio al pie del valle de la montaña madre, el Maestro, en el
temprano crepúsculo de una de las muchas tardes en que recibía al discípulo, le
habló estas palabras:
-Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que vengo soñando desde antes tal
vez, de que mis pies hollaran los caminos de esta tierra.
-Maestro, nunca me has hablado antes de tu
proyecto. ¿Por qué ahora ...?-titubeó, temeroso, el ya no tan joven aprendiz.
-Porque no era llegado el tiempo–.
El hombre mayor levantó, en gesto calmoso, su
mano derecha, aplacando la incipiente ansiedad del discípulo.
-Ahora, con
muchas primaveras blancas y grises inviernos ya contados, he decidido poner en
práctica ese proyecto tenaz. Años de ejercicio y de dura disciplina, me
habilitan a ello.
El discípulo
esperaba, transido de reverencial expectativa. Se oía el susurro del follaje y
el lejano grito de los pájaros de la tarde. Los minutos pasaban y el joven no
se animaba a ser él quien reanudara el río del habla.
-Crees que me aproximo a mi desaparición
física y eso te entristece- afirmó el Maestro-.
El discípulo, muy a su pesar, asintió, con la cabeza gacha.
-Sin embargo, sabes que no será así. He
elegido. No moriré como otros, crucificado en angustias de abandono como el
joven dios de los cristianos, ni con la razón extraviada y solitario, como el
predicador persa. No moriré como hombre, ni volveré en animal cuadrúpedo o
volátil ...-.
El discípulo lo miraba con los ojos cada
vez menos húmedos y más abiertos de estupor.
- Me convertiré en libro– dijo finalmente
el Maestro, cuya mirada parecía estar
atravesando el follaje y apuntando a las altas cumbres que enmarcaban el
valle.
-Pero ... Maestro ... el libro… el libro …
no es un ser viviente. La doctrina ... nuestra fe ...-. El aprendiz vacilaba
oyendo aquellas herejías de boca de su mentor.
-El libro, por estar hecho de fibras
vegetales, es también una cosa viviente. Quédate, serénate, mira más allá de la
visión limitada, mira con los ojos de la sabiduría y verás...-.
El discípulo miró, en la dirección que lo
hacía el Maestro. Pero una especie de niebla mental, de sopor o somnolencia
invadió su mente y le anubló el entendimiento.
Se libró de ella sacudiendo cabeza y miembros. Cuando sus ojos se
despejaron, vio que estaba solo y que frente a él se abrían las páginas de un
libro. Se agachó, y a la luz vacilante del ocaso leyó:
“Tengo un proyecto íntimo. Un proyecto que
vengo soñando desde antes, tal vez, de que mis pies hollaran los caminos de
esta tierra.”


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