Villa
Elisa, 14 de septiembre de 2012
Para El Día, de La Plata.
Hace pocos días
recibimos la noticia del fallecimiento de la Prof. Carmen Victoria Verde
Castro. En el plural asumo (en forma inconsulta pero seguramente consentida),
la voz de los que fuimos sus alumnos en las aulas de la Facultad de Humanidades
y del Instituto de Filología y Estudios clásicos, cuando este último funcionaba
en una antigua y hermosa casona de la avenida 44. Entre la segunda mitad de la
década del 60 y los primeros años de la del setenta, quienes compartimos las clases de Lengua y Cultura Griega en 3er. y 4to.
año del Profesorado en Letras impartidas por Carmen Verde Castro, tenemos un sello común: un amor incondicional
por los trágicos griegos, por Homero y sus versos eternos, por la hazaña de
Schliemann que se propuso descubrir Troya, por la cultura helénica toda, en fin.
Claro que este amor había comenzado antes, cuando en primer año, el bondadoso
Dr. Thiele, nos enseñaba, con infinita paciencia y simpatía, a declinar
sustantivos y conjugar verbos, o cuando en segundo año, el inolvidable Atilio
Gamerro nos seducía con sus traducciones y nos alivianaba las dificultades de
la sintaxis griega, además de trasladarnos al paisaje de la Acrópolis y de los
teatros cavados en las montañas donde se escucharían las voces de aquellos
“versos escandidos”. Y ya con los conocimientos gramáticos consolidados,
después de muchas horas de estudio, venían los cursos avanzados con Carmen
Verde Castro. Ahí llegaba el tiempo del
desafío: traducir e interpretar no ya fragmentos, sino obras enteras. Se nos
abrió el mundo de las estrategias políticas y militares, de los riesgos que
plantea el despotismo, con Tucídides. Se hizo fuerte en nosotros el concepto de
democracia y equilibrio en el poder, con el discurso de Pericles. Y ya en cuarto año, llegar a entender desde todos los ángulos
posibles de interpretación, qué implicaba el concepto de tragedia en Esquilo, qué
dimensión tenía para Sófocles el libre albedrío ante la decisión de los dioses,
por qué Eurípides lograba mayor profundidad en la psicología de los personajes.
Cada clase de la profesora Verde Castro
era un deslumbramiento: poseía una erudición inmensa sobre el mundo griego
conjugada con una pasión tal, que provocaba en quienes la oíamos, enorme admiración y respeto. Muchas veces, debo
confesarlo, al volver a mi casa después de una de esas clases, me abrumaba el
contraste con aquellas esferas de conocimiento que había estado vislumbrando, y
las necesidades de un hogar con niñas pequeñas, pañales, llantos , mamaderas y
horarios de comidas. El mundo se desbarrancaba un poco después de venir de
griego IV. Otras compañeras, libres de estos menesteres, se hicieron sus
discípulas. Pero era sumamente exigente: la misma exigencia que había tenido
para con ella misma, la misma pasión que se volcó en exclusividad, a los
estudios clásicos y que hicieron de ella una mujer solitaria y misteriosa.
Porque aquella
profesora que abría sucesivas pantallas de luz hacia el mundo sabio y profundo
de los griegos, era sin embargo, una persona de increíble modestia y hasta
timidez. En Harvard u Oxford podría haber dado cátedra y recibido distinciones,
dado el elevado nivel de sus conocimientos. Pero nunca quiso mayor
trascendencia que sus clases en nuestra Universidad.
Mis amigas, enteradas
por mí de la noticia, coinciden en la admiración y en la pena: valga este
tributo a la memoria de quien, como muchos profesores y científicos platenses
de nuestra Universidad, se brindan con tal dedicación y humildad que, en la grandeza
de esa entrega pasan sin embargo, desapercibidos y olvidados. Dejamos por
tanto, testimonio de nuestra gratitud y reconocimiento a la querida Carmen Verde
Castro, “con quien tanto quisimos”, como dijo el poeta.
María Elena Aramburú

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