Allá, al fondo del jardín, Arrinconados y en desorden
Se hermanan, en su espera
Los leños del invierno.
Los días y los soles
Que en ellos se detienen,
Van alivianando su peso,
Secando la médula y las venas
Haciéndolos cada vez más austeros
Más secos para el fuego.
Unos blanquean, otros enrojecen,
Y otros tiñen su verdor de manchones grisáceos
Como los que asoman
En rostros enfermos de amargura.
Los de cedro embriagan el aire
Con su resina aromática:
Un olor que es como un abrazo de recuerdos.
Otros liberan cortezas
Que inscriben en su anverso
Las cifras y las señas
De un libro inescrutable.
Testigos mudos
del tiempo, de los cielos
y de honduras
secretas de la tierra,
esperan, los leños esperan
el ardor, la luz
y luego la ceniza.

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