Habiendo creído dormir
una larga noche, me despierto y apenas si son las 2 a.m. Pero el tiempo que
dormí en el sueño me parecía largo, muy largo. Un sueño en el que el tiempo de
las experiencias, o posibilidades de variación, como podrían ser las semanas, o
los meses, aparecía en líneas horizontales, separadas por puntos (algo así como
las direcciones de mail, una tras otra), pero tal variación era casi
inexistente, o al menos había sido borrada. De modo que era uniforme, no se
podía alterar casi nada, salvo la vivencia de una instalación de Federico
Peralta Ramos, en el Centro Cultural Recoleta, que, en la realidad, habré
visitado allá por los 80 y pico, acabada la dictadura cuando aquel viejo asilo
de ancianos se transformó en lugar de exposiciones. Allí, el singular Federico
de patricio apellido y desprejuiciado gesto, se había instalado en un pequeño
reducto cerrado entre paredes blancas, sentado cuan largo era en un sillón, los
pies estirados, ante una mesita ratona en la que creo había una botella de
champagne y una copa, o vaso. No hacía nada (o tal vez fumaba), no miraba al
curioso que se asomaba y lo descubría, sólo estaba ahí sentado, como quien
espera pero sin demasiado interés. Pasé, lo miré, me pregunté qué habría
querido hacer, no me despertó curiosidad ni tampoco simpatía (más bien
impaciencia de ver alguien así de quieto, dejando correr el tiempo, y un poco
de sorna también, pensando qué exhibición de vanidad superflua), pero lo
recordé, comenté, no recuerdo si había ido con Jorge, mi hermana, qué amigas,
me reí, y… aunque uno sabía de las
excentricidades de aquel famoso grupo de la Galería del Este con sus happenings
y obras originales, y que Federico Peralta Ramos era uno de ellos, el único
recuerdo de algo hecho por él que me queda, es su autoexhibición sentado y
esperando en aquella salita. El resto de los salones eran fotos, pinturas,
instalaciones, de todo un poco.
Ahora, lo singular es
cómo aparece en mi sueño: la única opción del tiempo en las líneas horizontales
de dirección, era esa inmovilidad. Se podía entrar, o pasar por allí. No por el
Centro Cultural, sino por la quietud del artista inmóvil, en continua espera.Y
todo lo demás era peligroso, o nadie había intentado ni se podía, intentar.
Todos nos repetíamos. Los que no lo habían hecho, no estaban. Era gente o
espacio-tiempo borrados. Y aun la experiencia de Federico Peralta Ramos estaba
como opción algo desdibujada, no era una salida luminosa o abierta. Flotaba la
sensación de un peligro latente en salirse de esas líneas seriadas de
repeticiones.
Ciertamente, en el ir
de a poco despertando, me dije que me había instalado en los tiempos de la
dictadura (para la vida onírica la cronología no cuenta), cuando había que
cumplir y obedecer y no aventurarse, y el tiempo se había congelado. Tuve esa
sensación. Y seguramente es un reflejo de aquellos años, pero toda materia de
sueños es compleja y múltiple, y habla también de experiencias presentes y
hasta futuras, todos lo sabemos. La enfermedad, con su falta de variedad, con
las noches insómnicas yendo “de la cama al living”, oyendo el sordo ladrar del
perro vecino, aburrido y clamando libertad, con mis súbitos deseos de cítrico,
o dulces, con mi asomarme por los postigos para ver siempre el jardín nocturno
desolado, también son esas líneas obligadas. Borges, en sus muchas experiencias
de insomnio, cuenta cómo lo pueblan batallas, sagas nórdicas, artículos de
enciclopedias, noches de Palermo, amores que lo dejaron, viajes y lecturas
infinitas. Lo cansaba a Borges el insomnio tan tumultuoso. Clamaba por el
olvido, por ser otro, dejar de ser Borges.
Mi insomnio, menos
problemático, es más bien kafkiano, sin tanto espesor de culpa, pero repetitivo
y exigente. Lo convoca un tórax que respira dentro de una caja que dice “no me
olvides, mirá que aquí estoy, teneme en cuenta”. Y las horas pasan, con esa
resonancia rebelde, y entonces, en una de esas, me siento a escribir estas
cosas o a retornar a La montaña mágica
donde al menos sopla un aire más fresco.
3.25 p.m 1/9/2015.

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