Notas de biografía inconclusa
En aquellos mediados de
los sesenta, la calle de City Bell adonde habíamos ido a vivir, era de tierra
y, casi siempre, barro. Para tomar o bajar del ómnibus desde el camino Centenario, había que caminar
unos ciento cincuenta metros entre huellas y zanjones embarrados hasta llegar a
casa. A ambos lados de esta calle, había
terrenos baldíos, sin construcción alguna. En caso de patinada o chapoteada
caída, no había a quién recurrir por auxilio. Las calles de esa zona tenían,
curiosamente, nombres de estados norteamericanos. Así, compensando los lodosos
senderos y desolados pastizales, engalanaban esas miserias la Boston, la California, la Nueva York, la
Filadelfia, la Chicago, la Massachussets, etc. Entre los lugareños, algunos de
ellos inmigrantes, la forastera nomenclatura daba lugar a versiones novedosas:
para un vecino italiano, la última de las calles nombradas, se rebautizaba “Maestro Giuseppe”, lo cual, fonéticamente,
no estaba tan alejado del original. La primera vez que lo oí, me costó entender
que se refería a una calle, y no a un compatriota suyo. Otro inmigrante de los
alrededores, un electricista que vivía en un prolijísimo chalet, era un alemán
que había prestado servicios como mecánico del ejército alemán durante la
guerra. Estaba haciendo arreglos en la llave general de la luz en nuestra casa,
y con mucha alarma decía que si no se reparaba, podía suceder “una catastro”.
Estos y otros tropiezos lingüísticos eran motivos de risa en su ausencia. Lo
que no causaba en cambio ninguna gracia, eran sus comentarios despectivos sobre
un club de la colectividad judía a pocas cuadras de allí, lo cual le valió que
mi padre no volviera a recurrir a sus servicios después de algunos ásperos
intercambios sobre el tema. Frente a casa, vivía un matrimonio mayor de
italianos, sin hijos, pero con un perro enorme, ladrador y fiero, Nerón de
nombre, a quien su dueño se refería invariablemente con un “qué perro loco”. Nerón,
sin hacer distingos de propiedades, anunciaba cada salida y llegada de
cualquiera a su propia casa y también a la nuestra.
Hacia la derecha, la
casa que lindaba con la nuestra estaba habitada por gente que nos resultaba muy
extraña: sin intercambio social alguno con los vecinos, casi negados para el
saludo, provocaban la irritación de mi padre, a quien estas faltas de
urbanidad, sumadas a la poca elegancia de un apellido que resonaba a basura
putrefacta, lo dejaban anonadado. La casa de la izquierda estaba habitada por
un matrimonio joven de platenses, que se reproducía con frecuencia, dando lugar
a continuos llantos infantiles, impaciencias parentales que se traducían en
gritos, portazos, rotura de vajilla, y en mucho, mucho desorden. Detrás de
estos vecinos, pero lindando con los fondos del terreno de nuestra casa, vivían
los Terespalov, que oficiaban de caseros o cuidadores ocasionales del
matrimonio del frente. La señora, muy voluntariosa, Florinda de nombre, criolla
de pura cepa, trabajaba como doméstica, y era una mujer laboriosa y preocupada
por sus hijos. El marido, en cambio, de lejana y ya deshilachada ascendencia
eslava, un poco dado a la bebida y otro poco a la pereza, solía andar medio
perdido, buscando changas. El poco éxito de estas búsquedas y algunos vinos, lo
hacían ponerse agresivo, y hubo una vez que los gritos de auxilio de Florinda
la salvaron de una golpiza. Antes de que el matrimonio joven llegara a la
vivienda de al lado, recuerdo ahora que tuvimos de vecinas a una madre y su
hija, sin hombre permanente en la casa. La madre era la personificación de las
brujas de las pesadillas infantiles: vestida con una larga bata desteñida a
toda hora del día, los pelos canosos sueltos sobre los hombros, siempre
despeinada y gruñona, era el terror, pero también la burla de mis sobrinos. Las
diabluras o los simples juegos de los chicos, bastaban para que se acercara al
alambrado que separaba las dos casas, y
con su boca de temblequeante dentadura mascullara amenazas o reproches, nunca
se entendió bien lo que pretendía. Pero hubo una tarde memorable en que la
desagradable mujer tuvo un sorpresivo e inaudito gesto de generosidad. Se asomó
al jardín de casa y llamó a mis tres sobrinos, de 6, 5 y dos años: les prometía
convidarlos con “masitas”, si se portaban bien. Ansiosos por la excepcional
delicia de una tarde cualquiera (ya que las masitas sólo se ofrecían en
cumpleaños y otras fiestas familiares), los chicos vieron, minutos después, no
una bandeja de confitería, sino las manos de la vieja portando sendos paquetes
de “Criollitas”, las más vulgares e insalobres galletitas que jamás paladares
infantiles pudieran desear. La brutal frustración aumentó el odio contra la
anciana de quien buscaron vengarse con incontables y meditadas travesuras. La
hija de la vieja, maestra de grado en una escuela al fondo de la calle, llevaba un nombre muy raro para la época, más
parecido a un apellido. “Belkis” era grandota, de profusa cabellera renegrida,
maquillada con intensidad a toda hora, y de un andar taconeante y altanero. De
tarde en tarde recibía la visita de un hombre ceremonioso y atractivo que
estacionaba su modelo antiguo y coludo a pocos metros de la entrada de casa.
Tiempo después encontré a esta pareja dueños de una rotisería en la otra
esquina de la casa a la que fui a vivir cuando recién me había casado, ya en el
centro de la ciudad, lejos de los barriales de la Boston. Sin embargo, al
tiempo volví a habitar City Bell, pero
esto ya va en otro capítulo.
Nos mudamos de La Plata
a la Boston en City Bell, el año que yo
inicié mis estudios universitarios en Humanidades
(antes me había anotado en Rosario, en la Universidad del Litoral), y también
fue el año en el que estrenaba mi primer trabajo institucional. Empleada
administrativa en un colegio secundario de la órbita nacional, el ex Normal 2,
mi padre nos llevaba muy temprano a la mañana a mí y a mi madre que también tenía un cargo similar
pero en el ex Normal 1. Recuerdo la escarcha en los vidrios y techo del auto, y
los caminos y la hierba blanqueados por las durísimas heladas de aquellos
inviernos. Al mediodía, cuando terminaba la jornada laboral, muchas veces me
quedaba recuperando el tiempo que había dejado el puesto para ir a clases, sola
porque la tesorera, una jefa estricta y obsesiva de la que ya hablaré, y las
otras dos compañeras, se habían retirado. A mí me quedaba cumplir ese horario
y salir de allí para asistir a las
clases de la tarde. Jamás olvidaré la
felicidad de esas salidas. Doblar la esquina de la diagonal 78 y 57, y
enfrentar la rambla de la 73 para ir caminando hacia 6, donde estaba entonces
la entrada a Humanidades constituía para mí uno de los momentos de plenitud más
gozosa. Me liberaba de una prisión, el sucucho donde trabajaba en asuntos de nulo interés para mi espíritu
soñador y despreocupado, la paciencia y discreción para soportar a una mujer
llena de temores y prejuicios, el terror de equivocarme en una máquina Olivetti
eléctrica de carro inmenso que apenas dominaba, mi total indiferencia hacia
tareas carentes de significado, todo eso se anulaba al saberme libre y camino a
la Facultad, o al encuentro con Jorge, que algunas veces me esperaba a la
vuelta de la esquina.
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