Hoy vino el experto a colocarle las vejigas energizantes al aguaribay, árbol delantero. El pobre venía algo triste, como desfalleciendo de alguna plaga o mal de amores, vaya uno a saber. Tan, pero tan poco es lo que sabemos de los árboles. Por ejemplo, la sorpresa de hoy.
El hombre hizo unas pequeñas perforaciones en el tronco, las tapó con una especie de boquillas cortas, y en éstas aplicó luego lo que podría describirse como "bombitas de carnaval", sólo que de material mucho más grueso y alargadas. Dos eran azules, otras dos, verdes. Viendo que colgaban paralelas al tronco y que estaban al alcance de las curiosidades dañinas de Ulrik, le sugerí al experto tomar algún recaudo para evitar las mordidas y consiguiente rotura de las ampollas o vejigas, con el probable resultado, además, de una intoxicación del curioso. Me pidió unos palos o cañas para rodear el árbol con soga o alambre. Fui en busca de esos elementos y cuando volví, con dos palos de escoba y una varilla que supo sujetar las guías de tomates, el experto estaba sorprendido del rápido vaciamiento de una de las vejigas verdes. "Suelen tardar días en absorberse", me dijo, y ahí mismo me hizo observar y sentir en la palma de la mano, la vibración de la que estaba siendo, en ese momento, bebida por el árbol. Así era: la ampolla de goma se iba adelgazando, como si dentro del árbol, algo estuviera chupando su contenido. Muy misterioso. El hombre lo atribuyó a la juventud del árbol, a su avidez de nutriente. A mí me quedó una impresión extraña, la extrañeza que se siente siempre ante una manifestación de vida insospechada. He visto cómo los árboles lagrimean con grandes gotas, o escupen salivazos espumosos y blancos, pero nunca había pensado que bebían así, como si tomaran mate.
Ahora, más despacio, quizás menos sediento o saboreando mejor, el joven y vigoroso aguaribay le está dando a las azules, que no recuerdo si tenían caña o grapa. Con el vermouth acabó de dos tragos.
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